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Árbol de la Vida

Publicado el 27 septiembre 2011 por Guchi77 @gustavomurillo7

Toda mi vidadesee ejercer el oficio artesano de poeta. En este las palabras se enhebrancomo cuentas, ubicadas según su musicalidad, y así se va tejiendo verso a versouna idea que se vuelve verdadera solo por su belleza. Conquistar ese don deengaño fue todo mi afán, lo repetiré cuantas veces me lo pregunten, desde niño.Mientrasatravesaba los cortos años de mi juventud la realidad pudo desencantarme y comprendíque mis delicados y falaces versos nunca verían la luz de los salones literariosdonde el derecho a la palabra es un privilegio otorgado por la sangre o un caroplatillo con el que pueden deleitarse las elites que conquistan, junto al ritmode los versos, una renovadora sensación de profunda humanidad que no puedecomprarse en ningún otro sitio, por exclusivo que este sea.En mi oscurabúsqueda de la belleza tuve, extrañamente, certeza del instante en que elegíese camino. Cavilé largamente sobre el principio de mi amor por las palabras. Fueen mi infancia, luego del día en que mis analfabetos padres supieron que todassus tierras habían sido escrituradas a nombre de un sobrino del escribano en quienhabían confiado… Aunque parezca contradictorio, íntimamente admiré la capacidadcreadora de las palabras de los hombres. Un destino, en un segundo, cambia dedueño, un escrito desata la tragedia en unos, obsequia prosperidad a otros. Esafue mi primera visión de la dramática fuerza que anida en la palabra y esaexperiencia selló mi amor por la poesía.Añostranscurrieron. Cansado ya de rondar oficinas municipales y despachos deprósperos empresarios. Tanto tiempo había perdido tratando de interesar a lasalmas sensibles en mis versos… Hasta que, ya harto regresé un día a mi casa,tan cabizbajo y humilde como había salido, humillado y con el cuello de lacamisa y los sobacos embebidos en sudor. Abrí la puerta y, con voz alta eimperativa, anuncie a mi mujer y mis dos hijos que abandonaríamos la ciudad. Nosinstalaríamos en las pocas tierras que se habían salvado del robo sufrida pormis padres.Años antes, latraición o más bien la conciencia de su irreparable ignorancia, (tal fue eldiagnostico con ambición de epitafio enunciado por mi madre)  había dañado tanto física como moralmente ami padre que murió de un infarto, luego de una breve y onerosa internación. Enun acto incomprensible, el sobrino del escribano me donó una parcela, pequeña,sin fuentes de agua ni edificación alguna. La generosidad del joven fuelargamente reconocida. Yo, tras años de negarme a pisar ese suelo, regresaría aél.Aunque laconciencia del poder de las palabras me llegase desde una voz violenta ydestructiva, ya de niño me había llenado de asombro la magnífica poesíaencerrada en la soledad de la tierra. No hay mejores poetas que los humildeshombres que bautizan parajes y comarcas. Esa es mi opinión aun hoy. Quién sabesi por la exquisita combinación de soledad y esperanza que se dan en esoslugares (sitios convertidos en fugaces paginas donde el hombre escribe suverdad), quien sabe si por el valor de los pioneros que se atreven a dejarlotodo para fundar algo nuevo… No lo sé. Cuando decidí llevar a mi joven familiaa ese exilio interior, no se me ocurrió ningún nombre mejor para mi pequeñaparcela que “La Vida” y soy consciente de mi falta de originalidad y talento.El míseroterreno no tenía nada relevante. Solo un par de quebrachos negros, varias vecescentenarios, esa variedad había sido diezmada hasta su casi completa extincióndurante la fiebre de explotación de la madera. Quizás estos fueran los últimos ejemplaresde su especie y entre ambos, buscando la protección de su sombra, construí unrancho. El suelo del pequeño campo era de arena y piedra, unos pocos arbustos grisessobrevivían como podían en el páramo. Sin agua era difícil pensar que nadiepudiese sobrevivir allí. Dicen que los desiertos son los lugares donde nacenlos hombres a la sabiduría de las visiones, yo me interné allí y, mientrastrataba de ensimismarme para no escuchar los reclamos y quejas diarias de mimujer y mis hijos, busqué mi epifanía. Acompañados por una cabra que exagerabanuestra facha de eremitas. Perro, allí no hubo, porque tan rápido como royó lasoga que lo sujetaba escapó de nosotros y del hambre. Tuvimos días buenoscuando la tormenta rompía el cielo y los dos árboles que nos cubrían parecíansostener apenas el negro firmamento sobre nosotros, meciéndose casi hasta el sueloen su esfuerzo.Yo no halléinspiración alguna en ese suelo yermo. Sé que los versos notariales que escribícuando joven, en la ciudad, no merecen más que olvido. Pero en esa etapa podíaexcusarme mi juventud y lo poco inspirador del lugar que me oprimía (si, podíajactarme de poseer inspiración pero sofocada). En medio de la soledad perdíesta excusa falaz. Aun podía pensar que era mi compañía la que me impedíaescuchar a las musas. Mis hijos solo se preocupaban por comer. Sus flacoscuerpos eran solo barriga y solo con ella parecían pensar. Mi mujer mereclamaba que allí no tendrían futuro ni educación, olvidaba que estabandefendiendo la única tierra que aun poseíamos. La tierra es el valor másprofundo sobre el que puede apoyarse un hombre. La tierra es lo único sólido.No me comprendieron a pesar de que ejercí toda la autoridad que un hombreposee. No me obedecieron aunque mis fundamentos eran sagrados. Huyeron de mí.Mis últimosrecuerdos de ellos son tristes. Mi hija menor volaba de fiebre, y, habiendoesperado inútilmente un par de días a que recobrase su salud, finalmente debísalir en busca de un médico. Mi mujer, a mis espaldas consiguió que un vecinola llevase, con mis dos hijos, de vuelta a la ciudad. Supongo que ha de haberserefugiado en la casa de su familia. No lo sé con certeza, porque decidí nobuscarlos para no forzar su retorno. Me han abandonado pero en mi soledad, yo reino.Estoy en mi propiedad y aquí busco mi voz.Pasaron años yni mis recuerdos, ni la observación de la tierra y el cielo me han dado elcanto que aún se persigo. Ya no me atrevo a intentar versificar. Mis borradoreshan ido derivando decimas gauchescas. Me siento un extranjero por usar esostérminos estrafalarios que inventaron los señoritos del siglo XIX paradisimular la lejanía extrañada con que observaban su país. No puedo evitarexpresarme así. Ese quizás sea nuestro dialecto para comunicar la soledad y elexilio.Árbol de la VidaTratando de olvidarmi extravío y buscando con que ocupar mí tiempo, me dediqué a observar la pocanaturaleza que me rodea. La gata de mis hijos esta vieja pero aún conserva sudestreza cazadora. Sin esa astucia ella ya hubiese perecido. He pasado díasobservando como acecha pequeños pájaros en los quebrachos que rodean mi rancho.Una mañana intervine en sus actividades movido, quizás, por el aburrimiento. Largo ratoestuvo vigilando silenciosa un pequeño Cardenal que buscaba insectos entre las másdelgadas ramas del árbol. Cuando la gata se sintió segura, se arrojó concertera experiencia sobre el pájaro que consiguió levantar vuelo justo antes queel felino cayese sobre él. Pero, ante un segundo y rápido ataque el ave se elevócon tanto ímpetu que se atravesó a si misma sobre una rama rota, afilada comouna pica y quedo allí cantando su agonía. Antes de que la gata alcanzase supresa la corrí a pedradas. No tanto por piedad hacia el animal herido sinoporque deseaba escuchar ese canto postrero, hasta su última nota. Me quedéhasta el atardecer. Luego debí irme a dormir. La gata ya no volvió a acercarseal pequeño empalado. No pude dormir esa noche. A la mañana siguiente el pájarocontinuaba cantando su inconclusa muerte.He ocupado variosdías en observar el inacabable ocaso del infortunado animal. Es innegable quesu agonía guarda relación con el árbol que lo hiere pero al mismo tiempo losostiene prisionero de la vida. Mi primera hipótesis fue que de algunamilagrosa manera estaba clavado sin que se hayan dañado ninguno de sus órganosvitales. La manera más sencilla de comprobarlo hubiese sido desprenderlo de larama que lo lastimaba. No quise liberarlo pues podía desgarrarlo en la acción yde esa manera quebrar su raro equilibrio entre la vida y la muerte. Día tras díaescuché sus indescriptibles cantos dolorosos, agónicos, aterrados por la vidaque conservaba, y pude observar que no tuvo alimento ni agua para beber y aun asíno murió. Al décimo día, aturdido por su frenético lamento me acerqué para desprenderlo.El pájaro me atacó con toda la violencia que pudo oponerme desde su inmovilidad,picoteándome las manos. Creo que le hería tanto la vida, como temía la muerteque lo invadiría cuando perdiese contacto con la madera viva del quebracho quele contagiaba esa rara persistencia vital. Tal como esperaba, murió en mi manouna vez que pude separarlo de la afilada madera que lo sostenía.Luego de esteincreíble fenómeno he razonado sin llegar a ninguna conclusión definitiva, más alláde las evidencias que debo aceptar por su contundencia. La maldita o benditapropiedad que poseen estos quebrachos solo existe en el árbol vivo. He cortado sumadera y aguzado con ella pequeñas agujas para atravesar con ellas pequeñosanimales y estos murieron inmediatamente, como es natural. Solo cuando quedanunidos al árbol mismo son sustraídos de su fin. Padecen hambre y sed y, seguramente,el dolor de su herida pero no pueden morir ni se atreven a desprenderse por símismos. Para confirmar mi descubrimiento sacrifiqué a la vieja gata ahorcándolacon un lazo unido a una rama. El animal aulló de pavor durante todos los días ylas noches de un mes entero. Luego, cuando no me quedó ninguna duda de laveracidad del prodigio, la descolgué para que descansase en paz. No sé quépensar, sin embargo, sé que los pueblos aborígenes consideraban que ciertos árbolesse conectaban con lo divino y eran dadores de vida. Los quebrachos negros queme rodean dan prueba de que no estaban errados en su fe. Estoy casi seguro deque este par de árboles son por completo excepcionales. No tengo motivos parapensar que sus propiedades sean extensivas a su especie. Aunque tal vez meequivoque porque su especie está casi extinta y fueron arrasados con talcodicia e ímpetu que quizás nadie se haya detenido jamás a observarlos condetenimiento. Solo se los taló y se los convirtió en madera.Trepándome comopude, recorrí ambos arboles hasta sus copas para ver si podía encontrar algoextraño que explicase el fenómeno. Son arboles completamente vulgares en suapariencia exterior de añosos patriarcas. En el que está situado a la derechade la entrada del rancho encontré una maraña de pieles que se envolvían como unextraño capullo. Con paciencia me senté en una rama y fui desenvolviéndolo,ayudándome con un cuchillo. En el centro de las pieles encontré una serpienteblancuzca. No sé a qué especie pertenecerá, vieja y descolorida, como dormidaen su eternidad momificada. Este animal ha de haber quedado atrapado por lapropiedad perenne del árbol y quedó envuelto y atrapado por sus propias pieles,una más cada año, hasta que yo lo encontré. Aunque me causo pena suinmovilidad, su encierro, sin siquiera aire ni luz, decidí dejarla allí talcomo la encontré, tratando de devolver su capullo a su forma original.Ignoro cuantas décadasde agonía tendrá ese pobre ser. He pensado en regresar y simplemente arrojarladel árbol y luego despenarla a machetazos, pero sentí miedo del resentimiento yagresividad que podría haberse incubado en su encierro.Pocas nochesdespués del triste hallazgo de la serpiente estalló una tormenta apocalíptica,llena de rayos y truenos. Mi pequeña morada ha resistido pero cuando salí porla mañana a observar los daños descubrí que un rayo destruyó uno de los árboles,aquel en que estaba depositada la serpiente. Alguien ha de haber tenido máspiedad y valor que el que yo demostré. Me alegro por el fin de su pobre vida.La destrucciónde uno de mis quebrachos me hizo caer en cuenta que a pesar de estar tan cercade esta extraña inmortalidad puede estar cerca también mi fin en la másabsoluta soledad.En el silenciode estos años de retiro, el secreto del quebracho fue, en un sentido profundo,una advertencia. La vida puede ser una sucesión de soledades inconsolables, deprivaciones, una prisión sin más barrotes que el transcurso del tiempo, juez yverdugo. Los animales que observé o con los que experimenté, no fueron capacesde poner fin a su tormento. Sé que muchos hombres toman esa decisión, pero nome parece una salida posible, más aun en este aislamiento. Aquí hasta loselementos demuestran día a día valor para resistir su destino. Cada ser y rocaen este paramo persisten dando testimonio de grandeza encarnada en miseriaeterna, frente al sol y a la noche del olvido. He de sobrevivir. Es laoportunidad que me es ofrecida.Durante un parde meses maquiné un plan para reencontrarme con los míos. Fingirme muerto,hacérselos saber y ocultarme hasta su llegada, eso era imprescindible. Después,quizás liarnos todos a las ramas del quebracho donde estaríamos siempre vivos,presentes los unos con los otros. La eternidad seria, en algún sentido,confortable en la compañía que nos daríamos. Dante se equivocó. Solo hayinfierno en la soledad y en el silencio. El resto son solo extrañas configuracionesdel destino.Árbol de la VidaHe preparado lassogas necesarias para sostenernos. Anoche sacrifiqué la vieja cabra que me haacompañado durante todos estos años y me he agasajado con su carne. Hoy subípor el ancho tronco del quebracho para disponer la trampa en que atravesaremosinmóviles la eternidad. Durante mi trayecto sentí varias veces el roce del rabode mi gata en las piernas. Bajé la mirada y nunca hubo nada. Quizás el viento agitando las ramas más delgadas. Alcoronar la alta copa me sobrecogió ver frente a mí un extraño ser en el quereconocí a la vieja serpiente que creía muerta tras la última tormenta. Solo meobservó en silencio con sus pequeños ojos de arena reseca. En ese momento, enmedio del horror del encuentro, decidí mi destino. Blandiendo mi hacha destruítodas las ramas que me hubiesen permitido abandonar el árbol. Una vezdesbaratada cualquier posibilidad de retorno me aseguré a mí mismo lo másfirmemente que pude a la copa del árbol para evitar precipitarme en tierra enmedio del sueño o en los días de desesperación que seguramente atravesaré.Ha pasado eltiempo y aun pasara mucho más. Siento que mi cuerpo ya es parte de la duracorteza del quebracho. Nada importa, ni la sed ni el hambre, ni la oscuridadque me ha envuelto quien sabe hace cuantos años pues la inmovilidad me fuequitando los sentidos, empezando por la visión. Sé que perdurare, que el tiempocontiene todo en su seno pero todo lo confunde y lo trastoca. He de transcurriry habrá aun otro tiempo en que batiré alas y cantaré, libre, himnos sencillosal sol, -lo sé aun cuando ya no lo veo- que se levanta y se pone todos los díassobre mí.

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