Revista Literatura

Caminando entre muertos

Publicado el 02 noviembre 2011 por Eduardo Ferrón

Caminando entre muertos

 

La luna se erguía por encima de los árboles, cuyas copas parecían acariciar la superficie brillante. El asfalto resplandecía como el metal y las piedras a un lado del camino se animaban con las sombras proyectadas, dando la impresión de ser cientos de sapos que estaban observándonos.

Habíamos pasado la víspera del día de muertos con unos amigos que vivían fuera de la ciudad. El camino estaba desierto, solamente grillos nos acompañaban en nuestro regreso a casa. Grillos, colinas y unas cuantas haciendas abandonadas. Todo había estado bien, hasta que el auto se detuvo. Así nada más, sin ningún aviso, totalmente muerto. No había señal en el teléfono móvil, para variar, y habíamos dejado muchos kilómetros atrás la última estación de servicio.

Pasamos unos minutos sin decir algo, sintiéndonos observados.

–No te bajes –me pidió Vera, mi esposa, sus ojos expresaban preocupación.

No le hice caso, estaba cansado y deseaba llegar a casa cuanto antes.

Me bajé del vehículo y liberé la tapa del cofre. El ruido metálico que produjo reverberó en la oscuridad, regresando a nosotros de forma siniestra. La levanté e intenté escudriñar en su interior. La luz proyectada por la luna era intensa, mas resultó poco efectiva contra la oscuridad que envolvía al motor. Con un poco de esfuerzo dí una revisada, mas no encontré fallas aparentes. Teníamos suficiente combustible, los niveles de líquidos estaban en orden, tenía que ser la batería. Sin herramientas a mano, lo único que se me ocurrió fue colocar los dedos en ambos polos y… Nada.

Ya que Vera no sabía conducir, le pedí que me ayudase a empujar el automóvil, sería la única forma de echarlo a andar, pero ella se negó rotundamente. Recitó no sé que y luego gritó no sé que más, pues mi coraje me obligó a alejarme antes de gritarle de vuelta alguna tontería. Estaba claro que yo solo no podía empujarlo y además arrancarlo, necesitaba ayuda y pensé que cerca la podría encontrar. No muy lejos, las luces danzantes de lo que parecía una ventana se apreciaban entre el espeso follaje. Lucían curiosas, como si me invitaran a acercarme.

Decidí darle una oportunidad. Miré para atrás y alcancé a observar a Vera haciéndome señas a través del panorámico, pero no le hice caso, nada malo podía pasarnos. Estábamos salvados.

Avancé acaso un kilómetro y llegué a la entrada de una hacienda que tenía un arco de piedra tallada, el cual resplandecía como si estuviese hecho de plata. En la parte superior, desmoronado tal ves por efecto del tiempo, alcancé a distinguir las letras “Xib b’a”. Detrás, un camino angosto descendía hasta una explanada que parecía tener una cabaña en el centro. Esta era nada especial, no era pequeña pero tampoco muy amplia, no tenía aspecto macabro ni parecía abandonada. Agucé el oído y percibí los gritos de una mujer y otros sonidos más que no alcancé a identificar.

Atravesé el arco de piedra y me interné pues en el angosto camino que llevaba hasta dicha cabaña, con la hierba muy alta a mis costados, la imagen del edificio en el fondo y la luna reposando sobre el tejado. De pronto, escuché un ruido que hizo que los pelos de la espalda se me erizaran: un perro comenzó a ladrar. Lo escuché a la distancia, tal vez a un kilómetro, pero se acercaba. El ladrido era cada vez más fuerte y jadeante, me electrizaba el corazón, me hacía temblar. ¡Nunca antes había sentido un terror igual! Creí que me destrozaría, que estaba acabado. Intenté gritar pero no alcancé a emitir sonido alguno, me quedé paralizado del horror. En un instante sentí su aliento justo en mi pierna derecha, tan caliente como una plancha hirviendo, mas no le podía ver. Me gruñía de una forma horrible, pero no me hizo daño. Tan solo eso, me ladraba.

Me tomó unos minutos recobrarme del susto y otros más decidir que lo mejor que podía hacer era ignorarlo y retomar el camino hacia la cabaña. Avancé lento e inseguro, escuchando los ladridos a mi espalda cada vez más distantes. Me sentía helado y las piernas me comenzaban a temblar.

Finalmente llegué hasta la puerta, había un gran alboroto en el interior: una mujer gritaba desesperadamente, golpes, trastes que caían al suelo y alguna que otra risotada. Estuve a punto de darme la vuelta, pero me convencí de continuar.

Respiré profundo y golpeé dos veces. Un eco respondió a mi llamada e inundó el lugar, el cual de pronto pareció abandonado. Por unos instantes nada ocurrió, luego percibí algunos cuchicheos y un mueble que era arrastrado. Entonces la puerta se abrió, lentamente, emitiendo un quejido agudo y prolongado.

En el interior encontré una chimenea derruida, cuyos carbones encendidos alumbraban la estancia y le daban un aspecto macabro. La luz era escasa y las sombras revoloteaban en las paredes, dando la impresión de tratarse de diversos entes que salían de las llamas para escapar a la oscuridad de la noche, saliendo por las ventanas. Había pocos muebles y un par de cuadros adornaban las paredes. Percibí un sonido extraño y un intenso olor a sangre y orina. Cerca de la chimenea, dos niños me observaban sonrientes. Detrás, una mujer de cabello largo y blancuzco, con los brazos llenos de cicatrices, hacía exactamente lo mismo. Tenía la boca fija en una especie de mueca y noté que ese extraño ruido provenía de sus entrañas. Me pareció que se reía. Había un brillo muy raro en sus ojos que me provocó escalofríos.

Dí las buenas noches pero no contestaron, por lo que decidí entrar.

La madera del suelo chilló bajo mi peso, era como si la casa se quejara de mi presencia. Apenas había dado un paso en el interior cuando percibí junto a mí a un hombre bajito y calvo, con una sonrisa que le abarcaba casi todo el rostro. Este levantaba un enorme cuchillo y se lo llevaba a la espalda. El metal resplandeció al llegar a la parte más alta y trazó una línea escarlata cuyo final yacía en mi pecho. Me eché para atrás en el último instante, creo que del puro miedo, y caí sobre mi espalda. Cuatro carcajadas espantosas se me echaron encima, giré en el piso como nunca había hecho y salí corriendo.

No me siguieron, podía escuchar los gritos desvaneciéndose a mi espalda y para cuando llegué al auto dejé de escucharlos por completo. Estaba tan asustado que no reparé en que ese endemoniado perro no vino a mi encuentro. Tan asustado, que me subí al vehículo sin pensarlo e intenté arrancarlo.

No funcionó.

Busqué a Vera y la sangre se me fue a los pies: no estaba.

Revisé desesperado por todos lados. Le grité, mas no respondió. Las piezas fueron cayeron lentamente en su lugar y me dí cuenta de que aquella mujer torturada era mi esposa. ¿Cómo demonios no me había dado cuenta?

Intenté correr de vuelta a la casa y solamente logré tropezar y caer dando tumbos, golpeándome el rostro con una piedra. Pude sentir la sangre correr y resbalar hasta mis labios. La cabeza me daba vueltas, me faltaba el aire, el suelo se movía bajo mis pies. Grité, grité tan fuerte como me fue posible. Otra vez, nadie contestó.

Logré levantarme, el cuerpo me pesaba pero aún así tomé el camino que llevaba hasta la cabaña. Me arrastré entre las piedras y la hierba, no me importó el maldito perro, no me importó nada lo que me pudiera pasar, tan solo deseaba llegar hasta ese lugar, hasta Vera.

Para cuando lo hice ya no había luces, ni risas o trastes rotos. Ya no había gritos o golpes, ya no había nada. Estaba todo oscuro y lucía viejo y abandonado.

Golpeé la puerta y esta cedió, con el mismo sonido sepulcral de un rato atrás.

La chimenea estaba apagada y fría, los pocos muebles hechos pedazos. Los cuadros seguían en las paredes, la mujer y los niños estaban en ellos, sonrientes. Recorrí las habitaciones pateando puertas y ventanas. Le habré dado tres vueltas revisado todos los rincones. Nada, ni rastros de mi mujer. Me paré frente a la chimenea, con los ojos llenos de sangre y lágrimas. Ya no sabía que más hacer ni donde buscar. Acudieron a mi mente aquellos gritos, ese olor a muerte, la agonía de mi preciosa Vera. Me arrodillé y comencé a llorar.

Para cuando se me secaron los ojos, la luna aparecía en el horizonte y se colaba por una de las ventanas iluminando una pieza de madera empotrada en la pared. El mueble que arrastraron, eso tenía que ser. Logré arrancarlo de su escondite y descubrí que se trataba de un viejo arcón. Un candado oxidado me impedía ver el interior. Localicé una barra de acero entre las cenizas y la utilicé como palanca para forzar el cerrojo, requirió muy poco esfuerzo para que este se partiera en dos.

Dentro del arcón encontré a mi querida Vera.

Tenía los brazos llenos de sangre, producto de diversos cortes, y el cuerpo lleno de rasguños y moretones. Le hacían falta mechones en el cabello y le habían arrancado tres de las uñas en sus manos. Su corazón latía débil, apenas respiraba, estaba inconsciente.

La saqué del arcón y la deposité en el suelo, su piel estaba fría.

El sol aparecía ya tras una colina, entró a la casa por la puerta principal y nos envolvió con su calor matinal. Me sentí renovado, aunque con gran esfuerzo cargué a mi esposa hasta el auto colocándole en el asiento trasero. Le dí un beso en la frente, su piel recobraba el calor habitual. Tomé mi lugar al volante y activé la marcha, este se encendió como si nada hubiese ocurrido. Sin pensarlo dos veces, retomamos el camino a casa.

Admito que tuve curiosidad en observar la hacienda una vez más. Intentaba localizar un letrero de advertencia o algo parecido, pero ya no la encontré. El arco de piedra no estaba más, ni el camino, ni la cabaña. Con el paso del tiempo hemos contado esta historia a nuestros conocidos y gente de la región, unos aseguran que ese lugar no existe y otros que tuvimos suerte. De cualquier forma, ellos no estuvieron ahí, no sé si a eso podría llamarse suerte.


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