Revista Literatura

Caperucita Roja para leer y escuchar.

Publicado el 18 diciembre 2014 por Cristina Sanjosé @DecoraDecoraes
Claro que tenía otro nombre, pero a Caperucita Roja la llamaban Caperucita Roja porque se abrigaba siempre con una pequeña caperuza roja a juego con un gorro del mismo color.
Caperucita Roja para leer y escuchar.
Un día, mientras jugaba con dos piedras y discutía con las valientes ardillas que se atrevían a acercarse a su casa, Caperucita Roja oyó a su madre llamándola:
- Caperucita Roja, tienes que llevarle esta cesta a tu abuelita que vive al otro lado del bosque. Camina con cuidado, no te salgas del camino y sobre todo, NO TE PARES A HABLAR CON NADIE.
Caperucita Roja tomó firme del asa la cesta y casi sin despedirse de su madre, corrió hasta perderse de vista entre los árboles el bosque.
Por el camino, Caperucita no pudo evitar la curiosidad y miró dentro de la cesta. Un pastel y una botella de vino es lo que le llevaba a su abuelita.
En eso estaba, recolocando la botella de vino en la cesta cuando oyó una voz profunda y extraña.
- ¿Dónde vas niña?
Caperucita, sin terminar de colocar bien la botella dentro de la cesta, levantó la vista buscando el origen de tan profunda y extraña voz.
- ¿Dónde vas niña? - oyó de nuevo.
Caperucita vio entonces los ojos más oscuros y aterrantes que jamás había visto, claro que Caperucita aún conocía pocos ojos.
- ¿Qué eres? - preguntó la niña como hacen los niños curiosos.
- Soy un lobo niña - respondió el dueño de los oscuros y aterrantes ojos - ¿Y tú dónde vas niña?
Caperucita, sin sentir que unos ojos oscuros y aterrantes podían no responderse, dijo:
- voy a casa de mi abuelita que vive al otro lado del bosque, a llevarle esta cesta con vino y pastel.
- ¿Vas por este camino al otro lado del bosque niña? ¿No sabes que ese otro camino es más corto y seguro? - dijo el lobo señalando un camino distinto al que Caperucita conocía.
Caperucita miró el nuevo camino y aunque no le pareció ni más corto, ni más seguro, ni todo lo contrario, no tenía por qué dudar de un lobo aunque este tuviera ojos aterradores y oscuros.
- No conozco ese camino lobo - dijo Caperucita al tiempo que veía dibujarse media sonrisa en la boca del animal.
- Ve niña ve, ve por ese camino y tu abuelita tendrá ese vino y ese pastel antes de lo que espera.
Caperucita se despidió del lobo y tomó el camino sugerido por este, sus aterradores y oscuros ojos y su nueva media sonrisa.
Cuando la niña aún desaparecía por el camino largo, el lobo corrió por el camino realmente más corto y no paró hasta ver una casa justo al otro lado del bosque; la casa de la abuelita de Caperucita.
Toc, toc, toc - el lobo hizo sonar su mano cerrada contra la puerta de la casa.
- Adelante - apenas se escuchó una voz lejana y débil en el interior de la casa - la puerta está abierta.
El lobo, con una sonrisa que había crecido de media a entera durante el camino hasta la casa de la abuelita, empujó la puerta, andó por un suelo de madera cruciente hasta llegar al dormitorio para avalanzarse hacia la cama y comerse en pocos minutos a la abuelita.
Cuando el lobo aún se relamía, Caperucita empujaba la puerta tras llegar a casa de la abuelita por el camino más largo y difícil.
- ¿Abuelita? - llamó la niña sin obtener respuesta.
No había respuesta porque el único que estaba ahora en la casa era el lobo que recogió rápidamente el camisón y gorro que la abuelita usaba para dormir y se vistó con ellos para meterse aún más rápido entre las sábanas y mantas de la cama.
- ¿Abuelita? - rellamó la niña.
- Aquí estoy - escuchó Caperucita la voz que salía del dormitorio.
No sin cierto reparo, Caperucita andó por el suelo de la casa hasta la puerta del dormitorio que empujó poco convencida.
La niña se aceró hasta la cama viendo asomar por entre las sábanas a un a abuelita que no recordaba.
- Abuelita... qué orejas tan grandes tienes - le dijo Caperucita a la falsa abuelita.
- Son para oirte mejor Caperucita - dijo el lobo.
- Abuelita... qué ojos tan grandes tienes - siguió advirtiendo la niña.
- Son para verte mejor Caperucita - dijo el lobo.
- Abuelita... qué boca tan grande tienes - dijo la niña finalmente.
- ¡¡ES PARA COMERTE MEJOR CAPERUCITA!! - gritó el lobo abriendo al mismo tiempo esa gran boca y tragando a la niña de un solo bocado.
El lobo, satisfecho, hizo lo que todos los lobos satisfechos hacen después de una gran comilona, dormir la siesta. Pero ese fue el gran error del lobo porque un cazador que pasaba por allí, oyó los ronquidos del sueño desde la puerta de la casa que aún quedaba abierta.
El cazador, que reconocía los ronquidos de un lobo desde hacía años, empujó suavemente la puerta preguntándose por qué un lobo dormía en aquella casa que sabía que pertenecía a una buena abuelita.
El valiente cazador caminó hasta donde el lobo dormía y al verlo con la panza llena, no se lo pensó dos veces. Levantó su hacha, abrió la panza del lobo y sacó de ella a Caperucita y a la abuelita.
Los tres, corrieron a llenar la panza del lobo con piedras para que este no notara que ahora estaba vacía y escaparon de allí.
Cuando el lobo despertó, las piedras en la panza le convencían de que nada había pasado pero también le dieron tanta sed, que tuvo que caminar hasta el río cercano para beber agua. El lobo se inclinó para beber del río y el peso de las piedras lo empujó hasta el fondo del río que se encargó de ahogarle.
Caperucita, la abuelita y el cazador, vieron lo que sucedió desde donde no muy lejos se habían esondido. Al verse librados del lobo de aterradores y oscuros ojos, salieron riendo, cantando y bailando y la abuelita preparó una buena merienda para los tres aquella tarde en la casa al otro lado del bosque.

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Caperucita Roja para leer y escuchar.

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