Revista Talentos

El cacique

Publicado el 24 abril 2017 por Ana Ana Vázquez @AnaVazquez39

Durante ese tiempo convulso don Ataulfo falleció, por fin. Arrastraba una mala salud de hierro y una noche de verano, en el transcurso de una discusión familiar durante la cena, se alteró tanto que tuvo una cuarta apoplejía y la palmó rojo de ira, abotargado y farfullando que había que matar a todos los rojos de este país y no dejar a ninguno vivo. Y murió como había vivido, echando espumarajos por la boca, cabreado y odiado por todos, incluida su propia familia. Tal vez la única persona que le profesó algo de cariño fue su nuera, a la única a la que no gritaba, a la que respetaba de un modo que nadie podía comprender, porque era un ser soberbio y arrogante al que le podían las malas formas. Doña Cristina se ganó su respeto sin dar gritos, sin insultos, pero no se dejó avasallar jamás, le tenía miedo, pero su orgullo era más fuerte.
Don Ataulfo despreciaba a la familia de su nuera. Eran de sangre azul, con mucha tontería y sin un duro. Y para él no tener dinero denotaba vaguería, falta de ideales y motivaciones. Porque, otra cosa no, pero a trabajador no le ganaba nadie. Explotaba a todo el mundo, pero curraba como el que más. Se levantaba al amanecer y se iba el último a casa. También es verdad que nunca tenía prisa por volver al hogar, porque no soportaba a su mujer ni a su hijo, al que sometió a una presión brutal para hacerle un “hombre”.Cuando conoció a su futura nuera se le cayó el alma a los pies. La melindrosa era muy guapa, muy fina y muy elegante. Tocaba el piano y tenía unas manos blancas perfectas, pero era estrecha de caderas. No tenía ni culo ni tetas, que estaría muy bien para lucir modelitos de alta costura y pasearse por salones enmoquetados, pero parir, lo que se dice parir, tenía toda la pinta de que ni siquiera le entrase una polla; de alumbrar varones recios, sanotes y viriles, como los de su familia, de eso ya ni se le ocurría opinar. Y sí, la familia era de rancio linaje, alto abolengo, grandes de España, estirpe de sangre azul, por los siglos de los siglos, pero flojos, todos unos flojos, que no servían ni para estafar al más inútil, como habían hecho los López-Bravo, que para eso estaban forrados, porque eran los más listos, ágiles como halcones acechando el momento, la hora, el minuto, el segundo… tenían pasta porque se la sabían ganar. Y Doña Cristina, tras la vuelta de viaje de novios, le dijo a su marido que no estaba dispuesta a vivir bajo el mismo techo que su suegro, lo que dio lugar a la primera discusión de recién casados. Era algo que ya se había hablado antes de la boda, ella quería vivir solamente con su marido, del que estaba muy enamorada, pero sabía que llevaba adherida a la chepa, como una lapa, la presencia del padre, y no estaba muy segura que pudiese hacerse con él. Lo que sí tenía clarísimo era que no estaba dispuesta a consentir que le faltase al respeto, temblaba solamente con imaginarse la primera vez que le tuviese que poner firme, porque no era valiente, la habían educado en la sumisión absoluta, las mujeres de su clase social estaban en el mundo para satisfacer los deseos de sus maridos, padres e hijos, lucir resplandecientes y saber manejar al servicio, nada más. Y ella no estaba muy segura de poder o saber hacerlo. Le fastidiaba la intendencia hogareña. Le daba igual si la casa estaba limpia, recogida y ordenada. Comía lo que fuese, con tal de no tenerse que preocupar de si había huevos en la nevera o si el pescado era lo suficientemente fresco. Ella lo que quería era tocar el piano, escuchar música clásica y leer. Y al fin y al cabo, ser ama de casa no se lo impedía, pero le fastidiaba enormemente tener que ocuparse de cosas mundanas.Pero lo que realmente le daba miedo era su suegro y supo, desde el minuto cero, solamente con verle, que iba a ser duro de pelar. Don Ataulfo tenía aspecto de agricultor. Vestía ropa inglesa que compraba en el extranjero, pero su pelo amarillento del sol, las arrugas y el color aceitunado, delataban su vida al aire libre, algo que detestaba su familia, que se levantaba a mediodía, no salía de su palacete hasta bien entrada la tarde y que trasnochaban hasta el amanecer.
La familia de doña Cristina le apodó “el agricultor”, estaba forrado, pero era un paleto. Pero ella intuyó que tras la fachada de hombre duro, hecho a sí mismo, tras la cortina de altanería y el escudo de arrogancia, se escondía una falta absoluta de amor. Y, a pesar de no estar dispuesta a pasarle ni media, se hizo el propósito de darle al padre de su marido, un poquito de ese amor que a ella le sobraba y que repartió toda su vida entre padres, hijos, marido, criados y vecinos. Porque doña Cristina fue una mujer excepcional sin duda alguna.

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