Revista Talentos

El don

Publicado el 15 enero 2016 por Aidadelpozo

Cuando descubrí lo que yo llamo el don, había quemado, estadísticamente hablando, más de la mitad de mi vida. Lo cual me daba vértigo, no voy a negarlo, pues así me sentí, haciendo equilibrios sobre la cuerda floja, con un palo largo que sujetaba entre mis manos y sin atreverme a mirar al vacío que se cernía bajo mis pies. No veía el suelo porque ni siquiera deseaba enfrentarme a mis circunstancias. Y como me negaba a hacerlo, no sólo no miraba hacia abajo, sino que me hallaba resignado a caminar eternamente por esa cuerda floja parecía estar suspendida en el aire. Aunque miraba hacia adelante, con cierta esperanza, no divisaba el final del precipicio y, todas las ocasiones en que miraba atrás, tampoco veía factible regresar al punto de partida. Consciente de que el pasado no iba a regresar, por su propia condición de pretérito y de que la metafórica ladera de la montaña no existía o no se dejaba ver, borrada por cientos de nubes grises, no lo era así de que no me quedaba otra que mirar hacia abajo. Tal vez, si lo hubiera hecho antes, hubiera descubierto que el suelo no estaba a mil metros sino a un salto. De ese modo, habría alcanzado este y comprobado que un mullido colchón de flores me aguardaba. Pero no lo hice. Seguí en la cuerda floja, quejándome de mi suerte. Cuarenta aňos me separaban del suelo y no era distancia pues, sino resignación.
Así las cosas, aquel día me vi en un nuevo café, pidiendo un capuchino y no uno solo doble y con una novela de hojas amarillos en mi cuerda de funambulista. "¡Vaya usted a saber!", hubiera contestado a quien me hubiese preguntado por qué aquella tarde hice tantos cambios en mi rutina. Pero ahí estaba yo, capuchino en mano y leyendo un libro que había rescatado de mis lecturas adolescentes. Otro cambio a aňadir en mis costumbres.
De repente, comenzó a llover. Un aguacero de primavera que ocultó el radiante sol de la tarde tras un denso manto de nubes plomizas. La lluvia golpeaba los cristales del establecimieto con tal furia, que ningún cliente se atrevía a abandonarlo. De pronto, empezó a granizar. ¡Granizo del tamaño de pelotas de golf! Así el panorama, no vi cómo ella llegó hasta mi mesa y menos aún, cómo se sentó a mi lado y cogió la novela que yo leía. De pronto, oí su voz. Leyó un pasaje de Cien aňos de soledad, la novela rescatada de la estantería de mi salón. Con cara de sorpresa me gire para mirarla y ahí estaba ella, como aparecida de la nada. Hermosa, con el pelo empapado y cayéndole varias gotas de agua por la frente. Sonrió. Un café en la mesa y, al lado, una porción de tarta de arándanos. "Quieres un trozo? Perdona que me haya sentado aquí, es que no hay mesas libres y tú eres el único hombre que no tiene cara de huraňo. No sé si te has dado cuenta. pero somos las dos personas más jóvenes de la cafetería. Y tú rondaras ya los cuarenta y cinco. A la mayoría de la gente mayor se les transforma el rostro y no porque tengan arrugas sino porque comienzan a carecer de ilusión. Bueno, además no te he dicho nada porque estabas absorto mirando caer el granizo. No podía pedirte permiso para sentarme, pues hubiera roto la magia del momento. No se ve granizar todos los días y menos de esta manera. Me ha sorprendido la lluvia gracias a que encontré esta cafetería y pude refugiarme aquí, que si no, uno de estos pedruscos hubiera acabado descalabrándome. Por cierto, maravillosa elección, García Márquez. Me gusta para un día de lluvia."
No supe qué decir. La miré embobado y me sentí hechizado por el timbre de su voz. "Estás aquí sin saber bien por qué has acabado en esta cafetería. Esta es la primera vez que vienes. No lo intuyo. Lo sé",comentó sin dejar de sonreír. Noté que me observaba, que me estaba estudiando y que sonreía mientras lo hacía para disimular su curiosidad. Estaba realizando un estudio profundo de mi persona. Yo también era buen observador. Aquella enigmática mujer se presentó cuando debió considerar que el estudio había concluido.
La puse nombre en cuando la vi, aún en el limbo contemplativo en que me había sumido su belleza. Mara. Mara es un nombre que siempre me ha gustado porque siempre sentí que así debía llamarse la mujer ideal según mis preferencias. Mujer que, por otra parte, jamás encontré en la vida real. Y ahí estaba ella, mi Mara. Salvaje, animal, de primitiva belleza. Facciones casi perfectas, mandíbula firme, dientes blancos, mirada profunda y cautivadora, ojos color verde aguamarina, cabello negro y ondulado, como siempre imaginé que tendrían las sirenas, cejas anchas pero bien dibujadas en su atractivo rostro, labios rojos y carnosos, como fresones maduros. Aún sentada, intui una figura provocadora y unos senos maravillosos, bajo su ajustado y escotado vestido de punto rojo.
"Tengo frío", comentó, "llévame a casa..."
Lo que sucedió en ese momento es que miré abajo, salté y caí en mi suelo alfombrado de flores. Mullido y acogedor. A casa.
En el trayecto, conduciendo más rápido de lo que tenía por costumbre y temeroso por si aquello no era más que un sueňo, quise contarle sobre mi. Yo no sabía nada de Mara, ni siquiera su verdadero nombre, pero no me atrevía a abrir la boca por si me despertaba. De pronto, me miró y me dijo: lo sé todo de ti pero ahora nada de lo que eres o fuiste importa. Lo que en realidad deseo saber es si eres el compañero de viaje que llevo tanto tiempo buscando. Pronto lo averiguaré. Y no, no sueňas, soy real. Me tocarás y lo comprobarás." Entonces acerté a decir: "¿cómo te llamas? ¿Quién eres?" A lo que ella sonrió y contestó: "me llamo Mara y soy tu destino."
Desarmado frente a su seguridad, temblé cuando, ya en mi dormitorio y sin preámbulos ni preliminares, Mara se desnudó y dejó que la mirara durante un buen rato mientras se paseaba distraída por la alcoba y hacia preguntas sobre los cuadros, las fotos, los libros de las estanterías, los adornos... Ahí estaba yo, inmóvil al lado de la cama, completamente vestido y respondiendo a sus preguntas. De repente, Mara se giró hacia mí y lanzó una sonora carcajada.
"¡Marcos, relájate, a ti no voy a comerte! Bueno, un poquito sí, pero no como acostumbro. A ti deseo amarte."
En ese instante recordé que no me había presentado. Sin embargo, Mara sabía mi nombre... "Lo sé todo de ti, te he estado observando, agazapada en las sombras, desde hace mucho tiempo... no me temas, no he venido aquí para hacerte daňo pues nunca lastimaré a quien siempre busqué. ERES TÚ, Marcos. Sin tocarte, sin tocarte, aquí y ahora ya no lo intuyo. Ahora lo sé. "
Se acercó a mi, moviendo sus caderas. Su cabello se había secado ya y pude comprobar el brillo y suavidad de este cuando la tuve casi pegada a mí. Es lo único que intuí que deseaba que hiciera, tocar su pelo mientras Mara me desnudaba. Enredado aún en mis dedos, desnudo ante ella, presa casi de la fiebre del deseo, muriéndome por tocarla, Mara comprobó con una sonrisa mi erección. Y por primera vez en la vida, sentí pánico. Mi cabeza me decís que Mara era una mujer exigente y ahí estaba yo, aturdido, confuso, muerto de miedo y sin llegar a procesar en mi mente cómo había llegado hasta ese instante. Frente a Mara, todo era una alfombra de flores pero también un misterio. Y, de pronto, Mara me besó, cogió mi mano y la llevó a su sexo. Éxtasis. Pegado mi cuerpo al suyo, mi sexo rozando su suave piel y mi boca bebiendo de la suya, crei que iba a tocar el cielo. Un flash vino a mi pensamiento: Cuando esté dentro..., ¿qué pasará cuando esté dentro?
En ese momento Mara se separó de mi con cierta brusquedad y sin darme tiempo a reaccionar, me llevó hasta el espejo del armario. "Mírate, Marcos." Y entonces me vi, con una enorme erección, el rostro enrojecido por el deseo y... ¡mis ojos! ¿Qué les pasaba a mis ojos? No eran ya humanos aunque conservaban su color miel. Parecían los de un felino, rasgados y fascinantes. "¿Ves, Marcos?, no necesitaba tocarte. Lo vi." Desnuda frente al espejo y a mi lado, estaba Mara. Sus ojos también habían cambiado. Verdes, rasgados como lo estaban los míos, ojos de pantera.
"Tienes el don, Marcos. El don de ver la vida con otros ojos, de caminar sin miedo, de hacerlo al lado de alguien y de sonreír. No deseo parar aquí y marcharme pero he de advertirte que no es mi elección sino la tuya. El don que posees está latente en tu interior hasta que lo despiertes. Si hacemos el amor, saldrá a la luz. Yo quiero que me ames pero no puedo pedírtelo, debes quererlo tú. Y no hablo solo de hacerme el amor, hablo de amar. ¿Lo entiendes, Marcos? Entiendes lo que te digo? "
Sus ojos brillaron, su frente se perló con diminutas gotas de sudor. "Mara, cómo no amarte si siempre te he llevado en mi cabeza?" Y entonces la llevé a la cama y la tiré en ella casi con violencia. Mara sonrió y me mostró sus dientes blancos. Su rostro comenzó a cambiar pero no me importó pues intuí que el mio también lo estaba haciendo. Mordí sus labios y arranqué de ellos su primer gemido. "Marcos, esto va a dolerte pero después todo será placer y una vida nueva."
Nos amamos, gozamos mientras nuestros cuerpos ardían y se transformaban. Sí, lo reconozco, fue dolorosa aquella mutación que convirtió mi cuerpo en el de otro ser. Y mientras cambiaba y veía a Mara hacerlo también, di al fin con el sentido de mi vida: estar unido a mi sueňo, para siempre. Y mi sueňo siempre había tenido nombre de mujer. Vi mi piel en el suelo, mi antiguo rostro tirado en la imaginaria alfombra de flores y mi nuevo cuerpo poseyendo el de Mara. Su piel de mujer había quedado en el suelo al lado de la mía y ahora, una nueva Mara entregada a mí, rugía...
Tener el don es maravilloso. Llego a la oficina y siento que el nuevo Marcos tiene un vigor tal, que me hace capaz de enfrentarme a cualquier problema con decisión y fortaleza. Mara y yo vivimos juntos. Hemos trasladado nuestra residencia a las afueras de Madrid, alejados de curiosos y gente que carece del don. Es un preciado tesoro que hay que tenerlo salvaguardado de quienes son grises y funambulistas sin camino de ida, anclados solo en el que recorrieron. Por eso Mara y yo vivimos ahora en el campo, en una casita de cuento, rugimos de noche, amamos de noche y cazamos de noche. Y cuando nos desprendemos de nuestros cuerpos y, a pesar de que el de Mara raya la perfección, somos felices. Mara es mi pantera y mi mujer. Negra, sigilosa, amante, entregada, a veces hambrienta, en ocasiones cruel pero, sobre todo, mía. Y yo soy suyo. Para siempre. Es lo que tiene poseer el don.

EL DON

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