Revista Literatura

La muerte del pintor

Publicado el 27 marzo 2012 por Arweneressea @spica_89
Miró el lienzo una vez, pensativo. Siempre se le hacía difícil comenzar; poner el primer punto, el primer color. Hundió el pincel en el oleo, como quien toma arcilla húmeda entre sus manos. Esta sería una gran obra, una pintura fantástica y perfecta, digna de ser nombrada en la historia de la humanidad, o al menos así se infundía de ánimos el joven pintor.
Tal vez un pequeño soldado temeroso, con ojos grandes y labios delgado, una nariz frágil y un rostro alargado, sería el que invadiría el reino blanco de los sueños. ¿O sería, quizá, una valiente mujer con una sonrisa desafiante y una mirada segura? ¿O mejor un viejo sabio con la experiencia de años escrita sobre su piel y el cabello blanco como las nubes? Estos y miles de personajes más se esbozaban en su mente, más rápido de lo que su mano podía moverse.
Desfilaban ante el pintor, cado uno con su propio carácter e historia y él los contemplaba fascinado. No había nada que admirara más que el poder creador de su dios y como éste se había esmerado al crear a la humanidad. ¡La variedad! Era una delicia para los ojos. Las texturas de la piel, las formas de los huesos, la pigmentación, lo complementario del cabello, vello, bigote y barba, la misteriosa profundidad de los ojos, la suavidad o dureza de los labios... En fin, todo.
Podría haberse quedado contemplando aquellas figuras durante toda la eternidad, y en la posición exacta en la que estaba: parado, con un pincel sobre el lienzo, hasta que no quedaran ni las cenizas de su cuerpo. Sin embargo sus personajes no opinaban igual. Al principio habían estado esperando y ahora cuchicheaban algunos más impacientes que otros. Y finalmente el silencio se rompió con la violencia de un trueno, cada uno quería ser elegido le decían esto al pintor quien cegado por su asombro no escuchaba nada.
Las voces se elevaban cada vez más alto, reclamaban atención a gritos y a llantos, en plegarias y demandas. Sonaban como gotas de lluvia en un tremendo aguacero. Y ahora peleaban entre ellos, pero esto sólo sirvió para asombrar más al pintor, pues el movimiento de sus esculturas lo maravillaba.
Entonces alguien grito: -¡El pintor nos ha engañado, no ha escogido a nadie!
Y la multitud enfurecida de personajes reaccionó: el pintor los había engañado, les había prometido a cada uno de ellos llevarlos al reino blanco e inmortalizarlos en su pieza maestra. Los más sensatos trataron de explicar que el pintor no les había prometido nada que sólo había estado pensando, pero ya era demasiado tarde. Y él indeciso hasta el final no pudo hacer nada más que contemplarlos mientras lo mataban.
Su cuadro se volvió famosísimo, fue su verdadera obra maestra. Aunque lo único que pintó fue la mancha roja del comienzo.

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