Revista Literatura

Mariela y el mal de amor X

Publicado el 30 abril 2011 por Felipepostigo

Mariela y el mal de amor X
Bajo despacio, atento al polifónico lamento de los peldaños de madera, tanteando el vertiginoso balanceo de la barandilla que, como un suicida indeciso, coquetea y coquetea con el abismo abierto hacia el enlosado del patio. Una bombilla, única, pende del cable en cada rellano y su luz, naranja y exigua, potencia la impresión general del abandono: telarañas, paredes y techos de blancura asolada, grietas, desconchados y una gruesa capa de polvo en todo lo que no es estrictamente mi zona de paso. En cada puerta que me encuentro, un día verde Oxford, un remiendo y una doble cerradura dan fe de la tragedia de viejos asaltos, y del otro lado, sólo silencio; testigo miserable de un voluntario desapego con la memoria. El eco de mis pasos sube hasta el tragaluz del ático y luego baja tranquilamente, detrás de mí, guardando la distancia. Al pie de la escalera me detengo y oigo como se detiene a la altura de la entreplanta. Siento que se me eriza la nuca y vuelvo la cabeza, pero, como fantasma residente, no descubro más que a este familiar y rancio olor a café y pan tostado de antiguos desayunos que aun lo invade todo. Mientras cruzo el patio, no dudo que se trata del custodio de las almas, que antes de mí, vivieron y murieron en este número seis de la rue Dezobry. El portal ha encallado otra vez.

Maldigo. Forcejeo y pienso, con algo de sorna, que si se materializaran mis miedos, aquella sería la trampa definitiva, y entonces un escalofrío imprevisto me recorre de abajo a arriba y me deja rígido. En un último esfuerzo, hago que la puerta ceda y se abra con un bramido de búfalo. De un salto me planto en el umbral y con dos pasos apresurados alcanzo la acera salvadora, sin preocuparme por el estado de la hipotética inundación. Al instante miro mis zapatillas de tenis; posadas sobre seco. Una anciana, a la que casi atropello, me mira como si fuera tonto y sigue acera arriba meneando la cabeza. No llueve, apenas se aprecian charcos aquí y allá, el tráfico fluye y no quiero poner por ahora un título infame a Matthieu. Compruebo que no he olvidado el tabaco, enciendo un cigarrillo sin hacerme preguntas y empiezo a caminar serpenteando entre la corriente de peatones que se me hecha encima, sopesando seriamente la posibilidad de cambiar de domicilio. –La casa entera es un desastre- me digo una y otra vez –Creo que el ruido de la otra noche, se debió al desplome de un trozo del tejado. No estoy seguro, por que todavía no he subido al desván-  Este asunto me molesta: cuando quedé como único inquilino, hace ya casi un año, y renegocié el alquiler con monsieur Roustan, acepté una rebaja de ciento veinte euros a condición de encargarme de la limpieza de la escalera y de estar al tanto de los desperfectos del inmueble. -No se que pasará cuando el viejo vuelva de España  ¡Pero que coño! Una casa con fantasmas no es alquilable en la práctica y por el momento, nadie paga tan poca renta en pleno Saint Denis…- a los pocos pasos pienso en lo que acabo de decir y me rió. Es gracioso. Este horizonte ético sería propio de Raúl Mercader- lo medito mientras espero en un semáforo -O eso es lo que me ha gustado siempre decir a mí. No. No hay similitud entre nosotros- aseguro en el momento que doblo por Marcel Sembat y la humedad apestosa del muelle me llena los pulmones sin avisar –No digo que en los últimos tiempos no me domine cierta obsesión por él, pero su permanente desafío vital, no forma parte de mis expectativas. Él, por ejemplo, no viviría en mi casa, fuera cual fuera el alquiler, ni viviría de un trabajo de mierda; supongo que a estas alturas ya se estaría enganchado a una élite social y hasta es más que posible que hubiera encontrado a quien corriera con sus gastos.


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