Revista Diario

Mendigos digitales

Publicado el 01 marzo 2021 por Karmenjt

Esta mañana he tenido que ir al banco, en persona, algo raro en esta era telemática, y hacer cola para entrar, algo que se ha vuelto habitual en cualquier proceso que implique entrar en un espacio cerrado, pero eso no me ha importado mucho, de vez en cuando agradezco tener alguna excusa para salir al exterior y tomar el aire fresco. Lo que me ha hecho abrir una página en blanco en este sitio que tengo abandonado desde hace años es la indignación ante el trato que se da por parte de las entidades bancarias a algunos de sus clientes, sobre todo ancianos, que no tontos, solo desfasados en estas nuevas tecnologías que algunos manejamos sin problema, casi sin darnos cuenta y que para ellos es un quebradero de cabeza.

Tenía que cancelar una cuenta que llevaba inactiva desde hacía 8 años, saldo 0, muerta, hasta que la sucursal donde se abrió cerró y la entidad trasladó la cuenta a otra oficina. En ese momento la reactivan y deciden cobrar comisiones. Culpa mía, por confiar en que moriría por si misma, no lo hizo, así que antes que los números rojos crecieran más había que finiquitarla. Y a eso he ido, llevo dinero en efectivo para saldarlos y cerrarla. Primer problema: la oficina donde ahora está la cuenta no tiene caja. Porque ahora los bancos tienen oficinas con y sin caja, en algunos puedes ingresar y en otros informarte y contratar servicios, pero las dos cosas en la misma oficina no se pueden. No entiendo como puede haber bancos sin dinero. Debo ser una antigua.

No pasa nada, el amable bancario me indica donde está la oficina más próxima con servicio de caja y me voy hacía allí, todo sea por acabar hoy. Otra cola para mostrador, donde la amable bancaria me indica que los ingresos menores de 600 euros se hacen directamente en cajero (sigo sin entender esa política de desatención al cliente), y cola de nuevo para acceder a uno de los tres cajeros que hay situados en el exterior. Mientras espero mi turno veo un señor con una carpetita apretada contra su pecho que se acerca a cada uno y le pregunta algo, nadie le contesta, creo que lleva deambulando entre los que esperan ya un rato, doy por supuesto que está pidiendo limosna o algo así, cuando se acerca a mí me dice que si le puedo ayudar a hacer un ingreso en el cajero, que él no sabe, y abriendo la carpetita me enseña una cuartilla donde tiene dibujados con cuadraditos y flechas los pasos a seguir en el cajero. Alguien le ha hecho un esquema de los pasos a seguir, pero no se aclara. Le digo que claro, sin problema, y después de hacer mi ingreso hago el suyo, “es día 1, tengo que pagar el alquiler” me dice, con suave acento argentino “y no sé usar estas máquinas”.

Cuando vuelvo a la primera oficina, la sin caja, le comento al bancario lo que ha pasado, y que me parece fatal que no se atienda a las personas mayores o que no saben en persona, sobre todo si son clientes de ese banco. “Pues sí, – me dice – pobres, lo que tienen que hacer es domiciliarlo todo, a los bancos no les interesa ese tipo de clientes” me dice tan tranquilo mientras canturrea mirando a la pantalla.

Salgo del banco sin haber cancelado la cuenta, hay un bloqueo que no puede (o no sabe) quitar, me promete llamarme mañana e informarme.

Me viene a la cabeza el discurso de la abuela de Years and Years.. “todo es culpa vuestra…” y si, todo será culpa nuestra.


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