Revista Diario

Ni siente ni padece

Publicado el 15 mayo 2013 por Nmartincantero

He tenido varias visitas recientemente. Lo bueno de las visitas, además de que te traen pastillas Juanola y latas de mejillones, es que a su lado vuelves a ver las mismas cosas como por primera vez. Es decir, como uno debería aspirar a verlas siempre. A diferencia de los visitantes que tuve en, por ejemplo, Brasil, cuando alguno llegó a perder su vuelo a Europa por darse un último baño en la playa, los que han llegado hasta aquí no deseaban alargar la estancia, principalmente porque es cierto que el país se te mete bajo la piel, pero no de aquella manera sino de esta: 

Contaminacion

De "poco saludable" a "peligroso". Este es el aire nuestro de cada día. 

Lo bueno de visitar a alguien en Pekín es que, a la vuelta, Madrid se convierte en el paraíso, ese lugar donde el aire es puro, las mujeres fueres, los hombres guapos y los niños listos. O, por lo menos, esto: 

Madrid

El caso es que, contaminación y curiosidades aparte, mis visitas han coincidido en una observación sobre los chinos que podría resumirse de forma muy políticamente incorrecta así: ni sienten ni padecen.

No sabría decir.

Constato que estamos a 35 grados y muchos motociclistas todavía no han quitado de sus vehículos los guantes y mantas protectoras que usan en invierno, cuando la temperatura es gélida. De hecho, mucha gente sigue llevando prácticamente la misma ropa (ya entonces, a su vez, me parecía raro que no se abrigasen más). No estoy segura de si esto tiene que ver con el “ni sienten ni padecen” o con la tradición/superstición que indica que todavía estamos en primavera y, por tanto, no hace calor, diga lo que diga el termómetro. O con las dos cosas al tiempo.

Constato,  también, que nunca he visto ningún asomo de reacción ante la maléfica cantidad de combinaciones de lujo / miseria que se observa en esta ciudad. No se sabe de ningún aparcacoches con su uniforme al que siempre le falta un botón que le haya hecho un corte de mangas a la pija de 20 años que llega con su Porsche a tomarse un latte con leche de soja con sus amigas a media mañana.

En tercer lugar, “Zhongguoren bupasi”: “los chinos no tienen miedo a morir”. Es una frase que el autor de Malamente hecho en China escuchaba a menudo, según relata en su libro, y que podría explicar la manera suicida y descuidada, como si su propia vida les importase un pimiento, de cruzar la calle que tiene tanta gente.

Dice el activista ciego Chen Guancheng en esta entrevista que la sociedad civil china está “perdiendo el miedo”. Si él lo dice, será. Desafortunadamente, la educación que reciben los chinos desde pequeños, donde la primera norma que se les enseña en la escuela es “Amar ardientemente a tu patria, amar ardientemente al pueblo, amar ardientemente al Partido Comunista” no facilita la participación y la organización social, sino la obediencia. Cuando uno es obediente, importa menos lo que siente. 


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