Revista Literatura

Ocho años

Publicado el 03 enero 2011 por Chaimon
Cada vez que me pongo a pensar en lo difícil que es para un hombre hablarle a una chica, recuerdo mis 8 años. A ese edad le conté con total desparpajo a una chica (nena en este caso) que me gustaba.
Estaba en el patio del colegio, yo era "el nuevo" y estaba acostumbrado a serlo, ya que por el trabajo de mi viejo era "el nuevo" todas las escuelas cada año, por lo tanto no me amedrentaba esa situación.
Con mis compañeritos varones me ayudaba mucho jugar bien a la pelota. Entendí la importancia de ese deporte en la vida de los hombres. Según como uno juegue u opine, los hombres juzgan a otros hombres. Sobre todo cuando uno es niño.
A los 8 con jugarlo bien me bastaba. Luego con el tiempo descubrí que no me gustaba tanto como creía, me aburría mucho mucho ver un partido de fútbol. Sí me entretenía conversar, discutir sobre fútbol pero luego ni eso. Cada vez que en soledad me ponía a ver un partido, terminaba muteando la tele y escuchando un disco. Me entusiasmaba una final, un clásico, pero hasta ahí. Ni siquiera me parecía un gran plan, lo disfrutaba y fin. A la distancia creo que era un modo de relacionarme con mi viejo. Un amante empedernido de Boca Jrs.
La cuestión es tenía 8 años, jugaba bien al fútbol y me gustaba mucho una nena de pelo color castaño, ojos marrones y pelo lacio apenas más largo de lo que tiempo después supe se denominaba "carré".
Yo estaba sentado en un banco al costado del patio del colegio, esperando el turno de mi equipo para ingresar a ese estadio de fútbol que suelen ser los patios del colegio a los 8 años.
Me predispuse a mirar a la que para mí, era la chica más linda de mi grado. Luego de sostenerle la mirada más de tres interminables y entrañables segundos, caminó hacia dónde yo estaba, me encaró y me preguntó ¿qué me mirás?; y lo hizo con esa impronta que tienen las mujeres, ya de nenitas, de disfrutar el hecjho satánico de amedrentar a los hombres.
Dudé en hacerme el tonto, mirar para otro lado, o mirar por sobre el hombro de ella, simulando ver algo que estaba a su espalda. Pero eso duda me duró muy poco. La miré con mucha vergüenza, a los ojos pero con pudor,  y sin saber que debía hacer luego, le dije te miro porque me gustás.
Sus mofletudos cachetes tomaron una tonalidad rojiza y yo hasta muy grande, no tuve idea lo importante que había sido decirle a la chica que me gustaba, que me gustaba.

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