Revista Literatura

Profecía

Publicado el 08 agosto 2012 por Gonzaloalfarofernández @RompiendoV
Un barniz de desahucio patina los frescos, desconchados, hasta rascarles el esqueleto. Es como si el áspero aliento del abandono, en un desesperado intento de fuga, arañase lastimeramente las paredes. La hierba crece, salvaje, entre las baldosas; el polvo, estratificado en centurias, amortigua los pasos de los pocos valientes que desafían la prohibición, privándoles del eco de espejos rotos que promete la particular disposición laberíntica del edificio. Junto a la ventana de la sala principal un hombre sostiene entre sus manos uno de los libros vedados mientras observa, estoico, a una manada de hombres sucios y harapientos acercarse al edificio portando antorchas en las manos. 
   No siente miedo. Ni siquiera tristeza o compasión.
   Al cabo de media hora el edificio, consumido por las llamas, se desploma. La Biblioteca ya es historia. Algunos héroes, calcinados, transmigran a sus cenizas. Pero uno de ellos, el último lector, ha sido sacado a rastras por la multitud fanatizada. No entiende el lenguaje de los brutos y calla. Yace tendido en un charco de sangre y rabia, abrazado al libro como uña y carne. Las bestias se mofan de él, ignorantes, desconociendo qué penosa es su condición de vencedores.
   El último estrépito del edificio arranca a los cimientos un terrible gemido que les hiela la sangre. Los sobrecoge entonces un silencio mortal. Un inesperado remordimiento los estremece. Las sangres de sus ancestros, cabalgando reproches, les lastiman las venas. Y justo en ese momento el lector, alzando el libro, grita con una voz desgarrada, extranjera y mortal, sus últimas palabras: ¡Otro mundo es posible!
   Que sean felices...

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