Revista Literatura

Un dragón verde y pequeño.

Publicado el 18 diciembre 2014 por Cristina Sanjosé @DecoraDecoraes
En un pueblo muy pequeño, tan pequeño que sólo tenía una calle y unas pocas casas construidas a los lados, vivió una vez un niño.
El niño del pueblo era un niño muy especial. Pero no era especial porque fuera más listo que otros niños de su edad, que no lo era. Tampoco era un niño especial porque tuviera más dinero que la demás gente del pueblo o porque viviera en la mejor zona del lugar, pues ninguna de esas cosas era cierta. Y mucho menos, porque Rodrigo que así se llamaba el niño, fuera guapo o tuviera alguna rara habilidad que provocara la admiración de la gente. No, no era por eso. Rodrigo era especial porque se hizo amigo de un dragón.
El dragón que fue amigo de Rodrigo, no era una dragón muy grande. Sólo superaba por poco el tamaño del niño. Os puede parecer que un dragón del tamaño de un niño de 8 años es un dragón bastante grande. Pero no os lo parecerá, si sabéis que se conoce la existencia en el oriente lejano, de dragones del tamaño de un tren con dos coches.
Pero aún así, tener a un dragón como amigo, ya fuera grande o pequeño, con cuatro o dos patas, verde o rojo, o supera nadar o no; estaréis de acuerdo conmigo, de que hacía de Rodrigo un niño muy especial.
Sé que algunos de vosotros estaréis pensado que me lo estoy inventado, que los dragones no existen y que por eso Rodrigo no pudo nunca haberse hecho amigo de uno. Por eso, aunque no es importante, os diré cómo era el dragón de Rodrigo. Os contaré cómo era sólo para que podáis creer en él. Porque no se puede describir algo que no existe.
Pues bien, empezaré contando cómo conoció Rodrigo a su amigo dragón.
Fue un día soleado de otoño. Rodrigo paseaba entre enormes eucaliptos, recogiendo algunas hojas y frutos del árbol para esconderlos por su casa y conservar el buen aroma que esparcen. Cuando, después de recoger una hoja pequeña y larga, levantó la cabeza hacia un claro que formaban los árboles, allí estaba, sobre una solitaria roca y mirándolo con unos ojos rojos y brillantes.
El dragón se había dado cuenta hacia un rato de la presencia de Rodrigo. Pero sobre aquella roca, con el Sol calentando suavemente su lomo, estaba tan a gusto, que no tuvo ganas de esconderse del niño. Además, no le pareció que un niño que recogiera frutos de eucalipto pudiera hacerle daño.
El que si hubiera querido correr a esconderse fue Rodrigo y eso que era un niño muy valiente. Pero como el susto lo paralizó, no consiguió moverse del sito desde el que vio al dragón. No os riáis, a vosotros os hubiera pasado lo mismo, podéis estar seguros.
Gracias a que Rodrigo no se movió, pudo ver detenidamente al dragón, al menos cuando los latidos de su corazón dejaron de hacer tanto ruido.
Al principio, Rodrigo no pudo dejar de mirar los ojos del dragón. Estos le miraban fijamente y sin parpadear ni un solo segundo, pero solo porque los dragones no tienen párpados. El niño se enteró más tarde de que estos animales, igual que otros de la misma especie, siguen con los ojos abiertos incluso cuando duermen.
Después de conseguir liberarse del extraño poder de la luz roja que los ojos del dragón reflejaban, pudo ver otras partes del cuerpo del animal.
El dragón tenía la cabeza alargada, y de ella colgaba una gruesa y abundante barba de color azafrán. La barba, junto con la cresta del mismo color azafrán que el dragón tenía sobre la cabeza, hizo pensar al niño que no era un dragón muy joven. Aunque claro, no pudo fijar una edad porque no sabía exactamente cuanto sería joven para un dragón.
Encima de la cabeza, el dragón también tenía dos orejas protegidas por detrás con el mismo pelo anaranjado de la barba y de las dos anchas cejas que se arqueaban sobre los ojos. El morro del bicho acababa con la nariz, que no eran más que dos grandes y profundos agujeros que se movían casi imperceptiblemente con la respiración.
Rodrigo pudo darse cuenta entonces del color verde oscuro de la cabeza, el cuello y la espalda del dragón. Solo en la zona de la garganta ese oscuro color verde se hacía más claro para seguir hasta el vientre del animal.
Finalmente el niño pudo notar las dos alas, casi invisibles por estar pegadas al tronco y disimuladas con las escamas que envolvían todo el cuerpo del dragón.
La cola, larga y anillada, terminaba en una punta estrecha y con forma de horquilla.
Tan quieto y dejando escapar reflejos dorados por el Sol, a Rodrigo le pareció por un momento, una figura metálica y uno un animal vivo como era.
Tras haber atravesado con la mirada al dragón de punta a punta, este seguía allí, inmóvil. Es más, el dragón solo movía los ojos para mirar de punta a punta a Rodrigo.
El niño empezó a relajarse y el peligro a desaparecer.
Cuando se le pasó el mido, aunque no la prudencia, despacio y sin mirarlo directamente, Rodrigo decidió caminar hacia la roca donde el dragón seguía estático. El animal, al ver que el niño se movía, lo siguió con la mirada desconfiado. Tanto se acercó Rodrigo, que acabaron los dos, el niño y el dragón, mirándose de reojo.
Era una situación tan cómica, que a Rodrigo le pareció que el dragón se puso a sonreír. Sí, es cierto, un dragón que sonríe es algo más raro que ver un dragón sobre una roca en un claro del bosque. Rodrigo también pensó eso mismo, pero ahora que volvió un poco más la cabeza lo vio claro, el dragón se estaba riendo.
La risa del dragón no le sentó nada bien al niño. A vosotros tampoco os hubiera gustado que un dragón en una roca se riera de vosotros.
-¿Qué es lo que tiene tanta gracia? -preguntó, aunque claro sin esperar respuesta de un tonto animal.
Para sorpresa del niño, el dragón comenzó a reírse más. Fuertes carcajadas que hasta irritaban a Rodrigo sonaban del dragón.
Era el colmo. Rodrigo había topado con un dragón que sonreía, se reía y sólo faltaba que se tirara por el suelo retorciéndose de esa misma risa. Pero eso sí que hubiera sido demasiado.
El dragón se dio cuenta de lo poco que le estaba gustando a Rodrigo su risa. Por eso, sin poder parar de reír, intentó contestar la pregunta del niño.
-Lo que pasa, ja, ja,ja... -intentó explicar el dragón- es que, ja, ja, ja... -su risa sonaba fuerte y gruesa sin dejarle terminar la frase.
Rodrigo intentó, aún sorprendido porque el dragón hablara además de reírse, entender lo que decía. Pronto se encontró a sí mismo arrimando la cabeza al dragón, todo lo que le permitía el no mover los pies del sitio. Y eso, eso sí que fue gracioso para el chico que comenzó a reírse entonces.
La risa de Rodrigo se mezcló y se confundió con la risa del dragón. Y no os lo vais a creer, pero rieron tanto, que el dragón llegó a saltar de la roca y a revolcarse por el suelo de la risa.
Después de aquello, como se podía esperar, los dos; el dragón y el niño, llegaron a ser muy buenos amigos. Y fue una amistad muy especial porque nunca la habrían conseguido si solamente hubieran hablado, aunque lo hubieran hecho horas y horas.
A partir de aquel momento, Rodrigo fue a encontrarse con el dragón todos los días. Iba allí, a aquel mismo claro del bosque donde se conocieron.
El otoño siguió su curso y el frío llegó pronto, justo cuando empezó a escasear el alimento para el dragón. Por eso, Rodrigo empezó a llevarle comida al dragón cada día con su visita. Un día le llevó dos manzanas, otro día unas lechugas... cosas que comen los dragones. Pero lo que más le gustaba al dragón, era cuando Rodrigo le llevaba leche. La leche le encantaba, y tened seguro que es muy difícil para un dragón conseguir este alimento. Es lo que le contó a Rodrigo un día que acababa de beberse un cubo lleno de leche recién ordeñada.
-Es muy difícil para un dragón conseguir leche. En realidad es muy difícil para un dragón conseguir buenos alimentos -le contó el dragón.
Otro día Rodrigo pudo saber más sobre la forma de alimentarse de los dragones.
-Las arañas y los mosquitos están bien -le dijo el dragón a Rodrigo provocando una mueca de desagrado en el chico-, pero si quiero una dieta más variada tengo que buscarla en las granjas de los humanos. Además de animales, allí tienen árboles frutales y huertos. No vayas a pensar que me llevo la comida sin pagar -siguió explicando el dragón al ver una expresión de sorpresa en el niño. Cuando cargo algunas frutas y verduras, luego dejo dos o tres de mis escamas a cambio de ellas.
El dragón no sabía que los hombres desconocían el enorme valor de las escamas de un dragón. Por eso hasta hoy día, siguen contándose historias de dragones que asustaban animales y robaban granjas.
-Para conseguir leche -le contó el dragón al niño- tengo que acercarme a las ovejas y a las vacas para pedírsela. Pero al hacerlo, empiezan a gritar para avisar a su amo. Antes de que pueda convencerles de que no les voy a hacer daño, aparece el granjero dispuesto a acabar conmigo. Entonces tengo que correr para esconderme.
-No tenía ni idea de eso -dijo Rodrigo-, realmente es muy difícil ser un dragón, o al menos es más difícil ser un dragón que un niño.
El tiempo pasó hasta que llegó el invierno.
Un día de aquellos, Rodrigo fue a buscar a su amigo al claro del bosque y lo encontró encogido, junto a la roca, esperándole, pero enrollado hasta casi parecer una bola.
-Pareces una bola triste -le dijo el niño.
-Llega el frío -explicó el dragón-, tengo que marcharme a mí cueva, allá, lejos en las montañas. Debo refugiarme hasta que vuelva el calor de nuevo.
y sí, el dragón estaba triste. Estaba triste porque le gustaba mucho estar con su amigo, y en mucho tiempo no lo iba a poder ver y se perdería las charlas, las risas y la complicidad con Rodrigo. Esa fue la primera vez, aunque tenía más de quinientos años, que tenía un amigo humano, y ahora entendía el dolor de la separación.
Rodrigo no dijo nada entonces, pero una idea empezó a formarse en su cabeza.
-Bueno, tengo que irme -le dijo al dragón-, pero tú, tú ven mañana aún, no te vayas todavía a tu cueva.
De camino a casa, Rodrigo le dio vueltas a la idea que había tenido. Se preguntó si su abuela, porque era con quien vivía, estaría de acuerdo con esa idea que cada vez le parecía más real. Se le ocurrió que tal vez su abuela pudiera tener miedo. Rodrigo sabía que muchas personas temían a los dragones, él mismo les había tenido miedo. Pero ahora que conocía a uno, no tendía el temor.
-Avo -le dijo a la vieja cuando cenaban los dos aquella noche- ¿tú tienes miedo a los dragones?.
La pregunta soprendió a la abuela que le miró sin contestar.
Cualquier persona hubiera respondido que no podía temer a los dragones porque los dragones no existen. Pero la abuela de Rodrigo no era cualquier persona.
La abuela de Rodrigo sabía muchas más cosas de lasque sabía la gente común. Sabía, por ejemplo, cómo debía curar a Rodrigo cuando notaba picor en la garganta. La vieja sabía recoger plantas y utilizarlas de diferentes formas. Sabía además cosas como que las piedras hablan y ella podía escucharlas. También sabía que hay muchas más cosas en el mundo que las que conocemos, pero que por eso no podemos dejar de creer en ellas.
-Yo no les tengo miedo, avo -continuó Rodrigo al ver que su abuela no decía nada.
La mujer supo que su nieto quería contarle algo. Terminaron de cenar y después de recoger la mesa, la vieja llenó su pipa y la encendió. Se sentó en una silla mecedora dispuesta a escuchar, así que Rodrigo le contó cómo conoció al dragón y por qué estaba triste. Le dio todos los detalles mientras la mujer escuchaba atentamente. Luego Rodrigo le contó su idea.
-Nosotros tenemos una casa grande y una chimenea que la calienta.
-Esta bien -dijo la abuela, pero como no creo que se lo hayas preguntado a él, te pido que te asegures de que la idea le gusta.
Rodrigo
Un dragón verde y pequeño.

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