Revista Literatura

Vendrá la muerte y será lo mismo

Publicado el 13 febrero 2013 por Katevary

 

Adriana corrió todo cuanto pudo sin mirar atrás, hasta que el palpitar del pecho la tumbó en medio de la calle. Un hombre que fumaba la vio desde su ventana tropezar, embarrarse e intentar huir de nuevo. Vio cómo quedaba tirada bajo el chorro de luz del poste que hacía perceptible una minúscula llovizna, rezago del aguacero que acababa de terminar. Miró por la avenida, hacía atrás de ella, y no vio a nadie: el murmullo de la noche sola, el ruido del agua cuando ha dejado de caer. Adriana no volvió la cabeza, se quedó ahí viendo las luces tambalear, el cielo hacerse más negro y a las estrellas caérsele encima. Se hundió en la prisa y en la esperanza de no ser alcanzada.

Santiago Sarracena sabía de antemano que rescatarla de la noche, le aseguraría un pedazo de ella para siempre. Un héroe no podía exigir menos. Bajó sin prisa los cuatro pisos por la escalera dejando la puerta del apartamento a medio cerrar. A esa hora no había nada a qué temer. Llegó junto a Adriana que aún respiraba agitada a pesar de la inconsciencia. Se untó barro en la cara, en la camiseta y el pantalón de algodón  que usaba y dio dos puños suaves al asfalto mojado, apenas con la suficiente fuerza para hacerse unas raspaduras en los nudillos. Metió las manos bajo las piernas  y la espalda de ella y la levantó sin mucho esfuerzo. Adriana ya casi ni pesaba. Si la hubiese levantado seis meses atrás, quizás Santiago habría tenido más dificultades para llevarla en brazos, pero no ahora, no en ese momento exacto de su vida, donde la huida cotidiana terminó por hacer de ella una pieza rota de lo que era.

Caminó despacio, pisando suave para que ella no despertara. Subió las escaleras, tenía miedo al ascensor. Empujó la puerta con el pie y la puso sobre la cama desecha de las vueltas del insomnio. El televisor encendido sin volumen pasaba una película vieja. Un cenicero lleno junto a la almohada. Las sábanas manchándose de barro. Se arrodilló junto a ella y contempló su cuerpo minúsculo bajo el vestido inapropiado para la huida, sus pies descalzos y cortados. La llamó con voz suave, le dijo: «¡Oye, tú!», la golpeó con suavidad en las mejillas… cuando estuvo seguro de que no despertaría, le quitó el vestido dejando al descubierto un cuerpo blanco y limpio, unos senos pequeños de pezones rojo oscuro y templados de frío. La ropa interior del mismo color indefinido del vestido, un color que a él le pareció justo para la noche, pero no para correrlo por una avenida mojada. Del vestido caían pedazos de barro, que a la luz del televisor parecían estrellas sobre el firmamento de medianoche del faldón. También él se desnudó. Apretó con suavidad sus senos, recorrió con su palma abierta la piel erizada hasta que hasta posarla completa sobre su pubis. Metió los dedos, descorrió la tanga… se demoró mirando el sexo afeitado del mismo color de los pezones. Se masturbó  sin tocarla, dejando la ropa interior corrida, eyaculó sobre ella. La arropó. Fue al sofá y se quedó dormido sin ducharse.

Adriana sintió en medio de la inconsciencia las manos de Santiago. No pudo abrir los ojos ni moverse. No sintió el semen caliente ni escuchó sus jadeos. Cayó antes en una oscuridad quieta y más negra que todas las noches sin sueños que recordaba. Ya no sentía la agitación de la prisa. Quiso haber tenido fuerzas para abrir los ojos y correr otra vez. Estaba segura que Hernán la había alcanzado y fue él quien la desnudó. Le extrañó no haberlo sentido dentro moverse sobre ella. Le extrañó que no le hubiese dolido nada la muerte.

 

A las doce sonó el timbre. Santiago dormía. La sala estaba oscura. Las cortinas cerradas no dejaban pasar la luz del mediodía de afuera. Sonó otra vez. Una vez más. Hasta que él giró sobre el sofá y adormilado fue hasta la puerta. No esperaba a nadie. Abrió. La señora… no recordaba el nombre pero la había visto por los pasillos, llevaba un tarro metálico forrado con una imagen de un Cristo crucificado y unas frases de salvación por caridad. Sin dejarla pronunciar palabra, le lanzó la puerta en la cara y murmuró desde dentro: «¡Parásitos!». La mujer en su cama seguía dormida. Acercó su oreja a su boca, puso su cabeza en medio de los senos: el sonido de su corazón acompasado lo tranquilizó. Afuera escuchó el timbre del apartamento contiguo. Se sentó junto a Adriana dándole la espalda. Recordó a Matilde.

Desayunó con café y unas galletas, no tenía más. Buscó en la billetera y encontró lo suficiente para comprar pan y otro tarro de café. Se vistió y salió dejando una nota pegada a la puerta:

 

«Matilde, ya regreso. Fue por pan y café. Te amo.»

 

Pasó los tres seguros de la puerta. Bajó por las escaleras cruzando frente a la portería desierta como la noche anterior.  En la tienda compró el tarro de café más barato y un paquete de pan. Regresó. Era domingo, dos de la tarde, quizás nadie saliera ese día de sus casas, pensó. Cuando abrió la puerta la nota cayó al suelo. En la habitación, Adriana seguía dormida.

 

El amor da miedo. El amor duele. El amor destruye. El amor pesa. El amor eras tú, Hernán. El amor era tu mano fuerte, era mi cara sangrando. El amor eras tú, amor. El amor éramos los dos. El amor es el imán que acerca los opuestos. El amor es no preguntarse qué es lo que nos mantiene juntos. El amor cuidad de sí mismo, no de ti ni de mí. El amor ya no muere de muerte natural. Me mataste. Me terminaste de matar luego de haberme cercenado el pasado. Me libraste de la tiranía del yo, de la tiranía del otro, de la tiranía del nosotros. Entonces me quedé sola. Todo terminó.

Cansada de las muertes que me infringiste sin poderte acusar, cansada de ti que nunca decías nada e ibas por mi vida eliminando mis amores, inocente de tu máscara, me abrazaba a tu mentira. Iba de tu mano a los funerales, de tu mano asesina e inocente, porque nunca pude probar nada… me dejaste sola. Hui. Corrí. La verdad ciega, ensombrece. La verdad era como tu amor, amor.

 

El lápiz se movía firme sobre la hoja ocre. Matilde dormida para siempre en los trazos de Santiago. Adriana que dejó de existir. Matilde inventada. «Matilde de mi corazón», «Matilde de nuestro azar»., recitaba Santiago. «¡Volviste!» y la besó en la frente y la tocó otra vez dormida y la vistió de amor perdido con la ropa de la Matilde de antes, la de verdad. Entonces cambió la cara de los trazos y se pareció más Matilde que a Adriana. Todo fue perfecto, como antes. Quiso volver a pintar. Trajo lienzos  que templó en los marcos: pintó la noche y la llovizna, pintó el vestido y la fortuna del azar, pintó al amor con cara de mujer muerta recostada en una cama. Llegó otra vez la noche y Santiago seguía pintando presa de un entusiasmo que no se le veía desde hace más de ocho meses. Luego, Santiago ya tenía tres dibujos a lápiz, tres cuadros a medio terminar y un nombre escrito con pintura azul sobre una tabla que amartilló a la cabecera de la cama: «Matilde»

A la mañana siguiente despertó muy temprano. Puso la oreja otra vez contra el pecho de Adriana, sintió la respiración de su boca que le pareció dulce a pesar de tener un fuerte olor a fluidos estomacales enredados en los dientes. Escudriñó las pinturas resecas dentro de los tubos. Se esforzó para hacerlas útiles para poder terminar los cuadros. Siguió pintando las formas sinuosas de su Matilde completamente desnuda sobre la cama. La acomodó de costado, de tal forma que pudiera verse su sexo insinuado apretado entre las piernas cerradas. Terminó los cuadros anteriores y esbozó otro. No le alcanzó para más, no había más pintura dentro de los tubos. Llamó. Una hora más tarde, guardaba lo que pintó y salió rumbo al café cerca a su casa pegando a la puerta la misma nota del día anterior. Esta vez, además de pan y café, pensaba traer legumbres y carnes, hortalizas y frutas y un Tiramisú para Matilde… si todo salía bien.

Ramiro ya había llegado, siempre llegaba temprano a todo. Bebía vino y fumaba leyendo un libro. Una copa servida a la mitad y otra vacía junto a la botella. Cuando Santiago se sentó, vio la copa medio llena. Ramiro las llenó ambas hasta el borde. Santiago se acomodó en la silla y desenvolvió con cuidado los cuadros que le pasó por encima de la mesa. Ramiro observó detenidamente: girando el lienzo, mirándolo a la luz y a la sombra, pasando los dedos sobre la pintura, aún no seca del todo, para sentir la rugosidad y la dirección de la pincelada.

—No te aseguro nada, maestro.

—Un adelanto.

—¿Cuánto?

—Un millón por este —señaló La noche y la lluvia. —Uno y medio por este —señaló a Matilde muerta. —Uno por La fortuna y el azar y doscientos por cada dibujo.

—Te doy dos millones, me los llevo todos y si los vendo te completo. Mira… el de la mujer y los dibujos los compro yo por los dos millones. Los otros para la galería y ahí cuadramos luego.

—¿Efectivo?

—Pero no ahora. Luego. Ahora transferencia, no voy con dos millones por ahí.

—No tengo cuenta. Estoy mal, necesito la plata ya.

—…

—¡¿Efectivo ya?!

—Espérame.

Pasaron unos minutos.

—Toma —le extendió un sobre abultado.

—Te lo agradezco, de verdad. Gracias.

—Nada, nada. Ya sabes, subiré los precios.

—Ok.

—Me alegra mucho Santiago, me alegra de verdad… ya sabes.. hacía tanto…

—Matilde volvió.

—¡Brindemos!

Chocaron las copas.

—Me voy. Matilde me espera. Gracias Ramiro.

—Pintas bien…, volviste a pintar. Las gracias son al contrario. Si hay más, llámame.

—Habrá más.

Bebió la copa entera de un solo trago y fue a la tienda.

 

¿Mamá?, sé que estás ahí. Tengo miedo de tanta oscuridad. ¿Mamá? ¿Papá?… suenan tan suave que no los escucho.

Si ya todo terminó, ¿por qué sigo sola? Perdónenme, por favor. Uno no decide a quién querer. No hay cómo escoger el objeto del amor. Tuve mala suerte. Perdónenme. Yo pensé… perdónenme, por favor, ¿sí?

Si hubiera sabido, lo habría matado yo primero. Pero era tan hermoso todo: sus brazos siempre firmes, su sonrisa puesta en mí como bálsamo, sus manos que sostenían las tristezas y las ponían lejos de mí. Su amor como no conocí otro.

Me acabé de enterar, yo no sabía, nadie sabía. Y corrí lejos, lejos, lejos… pero ya era tarde. Tanta oscuridad que no suena. Me lo dijo él, mamá, él mismo, con esa voz tan profunda que ya no se me hizo dulce sino abisal, porque caí allá, mamá. Todo fue porque lo iba a dejar, le dije que ya no, que no más, que me dolía el alma desde que ustedes no estaban y Hernán me miró, me sostuvo del cuello, me dijo que me amaba y apretó fuerte. Lo siento, Hernán, pero no puedo con la tristeza. Mamá, no podía, Le hablé de ustedes, de papá y tú, de los demás, de esa extraña sucesión de muertes a destiempo. Él sonrió y me dijo que la coincidencia es otra forma de llamar al destino. El destino no es azaroso, Adriana… el destino soy yo, me mostró todos los dientes blancos. Te sobraba amor, Adriana. Te sobraba pasado, muchos recuerdos entorpecían nuestro destino. Tú eres para mí, solo para mí, sin nadie más… y entendí, entendí todo, mamá, perdón, dígale a papá que perdón. ¿Papá?, ¿me oye?, yo no sabía, yo no sabía. Pero entendí todo y morí por dentro y corrí y ahora, aquí y ya, creo que ya morí también por fuera cuando me alcanzó. No pude correr rápido y aquí estoy, pidiendo perdón. ¿Mamá? ¿Papá?… ya todo terminó, no quiero estar sola, no más… ¡¿Alguien?!… ¡no más!… Perdón.

 

—A veces no entendemos, ¿verdad?

—[…]

—No digas nada, lo sé. Volviste, sólo eso importa.

—[…]

—Encontraste en el silencio la forma de permanecer. Mira, volví a pintar, ¿ves? Me eras indispensable. Te lo dije, te lo repetí antes de que todo pasara. Pero tú cerraste la puerta sin decir más. Ni una mirada o la cabeza vuelta para dejarme una sonrisa. Quise perseguirte, correr tras de ti como tantas otras veces antes lo había hecho. ¿Recuerdas?

Ella se movió de modo imperceptible en la cama.

—¿Recuerdas? Yo siempre iba tras de ti. Lloraba abrazado a tus piernas. Fruncías el ceño, mirabas a otro lado. Escuchabas cada palabra como si te hablara desde dentro de un pozo. Me rescatabas con tus ojos, con tu mano que acariciaba mi pelo dándome aprobación como el cachorro que he sido siempre bajo tu falda. ¿Recuerdas, Matilde? Hoy compré tiramisú para ti, sé cuánto te gusta… vendí unos cuadros. Sonrío porque volví a pintar. Toma, ¡cómelo! No has comido nada desde que te recogí en la calle. Serán ya dos días, ¿cierto? Tanto silencio. ¿Sigues molesta?

—[…]

—Sí, lo sé. Lo siento por todo… perdón… también te perdono por todo. Qué mal me queda esta sonrisa estúpida… te perdono, Matilde, ya no hay por qué no decir nada.

—[Fue tu culpa, Santiago.]

—Lo sé.

—[Yo te amaba.]

—Lo sé.

—[Pero no podía más.]

—Lo sé… lo supe luego. Lo importante se entiende tarde, cuando ya no sirve para nada. Entonces, ya no fue útil lanzarme de rodillas a tus pies y te escribí ese poema…

Sé la medida exacta del amor,/ la extensión difusa del abandono,/ la envergadura de lo perdido./ Te odio./ Te odio solo./Abre las manos y descóseme las  alas,/empújame/que yo ya di el último paso:/Caí.

…y te reíste. Soltaste esa carcajada que fue como una pedrada y yo agaché la cabeza, levanté la cabeza y te odié tanto. No fui capaz de decir nada, no quería que te molestaras. Por dentro sentía bullir la rabia contenida de todas esas veces que te reíste de mí: como cuando vendí un cuadro que decías que parecía hecho por tu hermanito o como cuando me caí en la calle junto al colegio femenino o como cuando te dije por primera vez que lo eras todo para mí. Me era imposible acoplar el momento de la risa a la trascendencia del poema, al menos para mí la tenía. No podía conciliar tu risa con la sensación de frustración que metiste en mí. Te grité que estabas muerta, que te iba a matar por tu burla, que nadie se reía de mí. Lo grité para adentro porque temía que me abandonaras molesta. Y reí yo también, ahora sí para fuera, para que te quedaras. Me sentí estúpido, pero reí porque eso era lo que debía hacer para que no te fueras.

—[Era un pésimo poema.]

—Lo sé.

—[Fue lindo el gesto, pero el poema era una mierda.]

—Perdón. Yo no sé escribir, perdón.

—[No te disculpes. ¡No llores! Creo que me iré otra vez.]

—Perdón… no te vayas. Imagínate conmigo… imagínate que todo resulta bien, que nos amamos y ya nos perdonamos. Imagínatelo, por favor… que caminas de mi mano. Te amo, Matilde, no te vayas otra vez. ¿No te cansas de jugar al péndulo? ¿De dejarme hecho mierda?

—[Levanta la cabeza y no llores. Me asquea que llores tanto. Te lo dije muchas veces: eres débil. ¡Que no llores, estúpido!]

—Perdón.

—[Mejor, ¿no te cansas tú de ser tan pusilánime? ¿De tener todo y seguir fracasando? ¡No llore, maricón! Fue mala idea regresar, creo que me voy.]

—¡Espera! Ya, mira, no lloro más. Es que me da tanta alegría volverte a ver. Lloro de ti y de los dos, en serio. Mira, compré más tubos de pintura. Voy a pintar toda la noche. Voy a usar mi talento para que no te vayas. Verás que ya no habrá más miserias, verás que ya sé cómo ser un mejor yo, que ya te sé, que te quiero y que no puedes irte… no, no, no puedes irte… ya no, ¡nunca más!

—[No confíes en mí. No soy una mujer de fiar. Siempre te fui infiel, Santiago. Lo hice con cualquiera que me ofreciera un pedacito de luz, una sonrisa, una salvación momentánea. No como tú, que sólo tenías condenas y oscuridad y esa sonrisa de dientes chuecos. Era para compensar. Equilibrar, bien o mal, pero equilibrar. Pero ningún pedazo de luz ajena me libraba de tu pesadez, de tu oscuridad. Siempre, desde el principio, te fui infiel Santiago.]

—Lo sé.

—[«Lo sé, lo sé, lo sé, lo sé»… di algo más, ¡carajo!... y no llores otra vez.]

—Siempre lo supe, Matilde. Llegabas a mí con la boca llena de otras bocas. Al desnudarte, podía sentir cómo se pegaban a mi cuerpo los jadeos que traías untados en la piel. Tu sexo demasiado laxo. Tu voz cansada de gemir. Abrías el cuerpo como quien cose botones a las diez de la noche. Te asías a mi espalda con desgano y veía tus ojos puestos en el humo de tu cigarrillo. En las volutas que tocaban el techo y regresaban. Siempre en silencio. Hecha de piel fría de poros imbricados. Lo intentaba con toda la fuerza de lo que te amaba: quería darte un orgasmo… pero tú venías hastiada de placer.

—[Venía hastiada de ti. Desde antes, desde siempre. No podía abandonarte. ¿Qué hubiera sido de ti? Ese ha sido siempre mi defecto: la compasión. Como aquella vez que la señora lanzó ese gato desde la azotea y lo vimos caer haciendo piruetas en el aire. Piruetas de vida, dijiste cuando lo recogimos y no teníamos para llevarlo al veterinario y entonces tú…]

—…ya me sé esa historia.

—[Bueno, eso es: tú eras la pirueta, no el gato.]

—Tú eras la señora, yo la pirueta y el gato que no pudo caer de pie. La azotea fue el tiempo que estuvimos juntos.

—[No eras tú al único a quien lanzaba para obligarlo a luchar por caer de pie. Había otros, muchos otros. Pero ellos saltaban solos. Intuían mis intenciones y saltaban para demostrarme que tenían ganas de vivir por mí. Ellos sí caían de pie. Eres débil… eso podía perdonarlo, pero no que fueras cobarde. Los cobardes aquietan el mundo, empozan todo, y a todos, los que lo rodean.]

—Sí, lo sé. Ibas con otros hombres para fluir. Eso me decías cada vez que te era difícil ocultar las marcas del deseo en el cuerpo. Algunos nacemos como agua muerta y nadie quiere nadar dos veces en la misma podredumbre. Te entiendo, tal cual lo hice entonces, cuando te dije que no importaba, cuando te dije que te necesitaba revoloteando por encima de mi quietud, cuando te dije que el viento de tus alas ondeaba la superficie muerta y viscosa de mí. Te necesitaba. Te necesito, por favor.

—[¡Suplica!]

—No.

—[Entonces me voy.]

—No.

—[Suplica, a eso regresé.]

—Por favor, te amo, por favor.

—[Aún escucho el estruendo de la ventana. Los pedazos de vidrio atravesarme el cuerpo. De mi cabeza no se ha ido el silbido que me dejó el estrellón contra el suelo. ¡16 pisos! Nunca se me dio la gimnasia, ¿sabes? Nunca antes nadie me obligó a hacer piruetas y yo no sabía ser gato. Aprendí luego, cuando ya no fui Matilde, cuando ya no fui. Mi sexto sentido me decía que íbamos a terminar así. Pero ¿cómo dejarte solo? ¡Cómo si yo te amaba! No podía, fui una tonta… debí empujarte primero yo por la ventana. Al fin y al cabo en eso consiste el amor: en empujar primero. Al fin y al cabo, yo era la señora y tú un animal estúpido que tampoco sabía caer de pie.]

—Perdón, lo sé. Perdón. No te vayas otra vez.

 

Adriana seguía dormida. No escuchó nada de lo que Santiago dijo. Apenas se movió un poco sobre la cama. Un movimiento pequeño, involuntario. Mientras él hablaba, ella buscaba a su mamá y a su papá, los buscaba al otro lado, donde sabía estaban desde que Hernán los mató. Primero a él, los recuerdos ahora eran claros. Antes no sabía, ni siquiera cuando Hernán se confesó. Ahora sin saber cómo, podía ver cada escena como en un televisor que iluminaba la oscuridad. Primero él, ella no estuvo ahí. Subieron al carro, Hernán al volante, su papá de copiloto. Iban para la finca a verlas a ellas. Su mamá preparaba el almuerzo para recibirlos, Adriana leía a Borges y escuchaba música. El sol estaba alto y se metía en la cocina. Adriana vio a su mamá moverse de un lado para el otro, mirando el reloj de pared cada tanto. Apresurada porque iban a ser las dos y aún le faltaba mucho. La miró con los audífonos puestos, el libro abierto en las manos. Hernán aceleró, aceleró, aceleró. Su papá ni se dio cuenta, iba embelesado hablando de cómo harían para el matrimonio. Entristecido en parte, pero feliz en serio. Esa tarde, montados en el carro, Hernán le dijo a su suegro que al llegar a la finca, le propondría matrimonio. A toda velocidad le mostró el anillo. Lo encontraron en el bolsillo de su chaqueta despedazada cuando sacaron el carro del fondo del abismo. Hernán contaría luego que don Manuel salió disparado por el panorámico porque no se había ajustado bien el cinturón. ¡Falso!, él siempre se abrochaba el cinturón, pero entonces ella no se percató de eso, no lo recordó. Ve: Hernán entrega el anillo, Manuel lo guarda en la chaqueta, Hernán le corta el cuello: corte brusco, con un pedazo de aluminio afilado; desgarrado. Lo amarra con el cinturón y acelera. Cuando el carro cayó al abismo, Manuel agonizaba escupiendo sangre y jadeando, se le veía muy asustado. Hernán suelta el cinturón, se lanza antes: rueda un poco, se corta la cara, una mano torcida; nada de gravedad. Su mamá, dos meses después, murió luego de que Hernán la llenara hasta las orejas de tranquilizantes. Se suicidó, es normal en estos casos, le dijeron los médicos. Ella les creyó, era normal en esos casos.

De las demás muertes supo por voz a voz. También había sido Hernán. Lo vio pagar por asaltar a sus exnovios con la condición de más dinero si no quedaban vivos. Adriana no sabía y se dejó llevar de su mano a todos los entierros. «Yo soy el destino», le dijo seis meses atrás. Ella corrió en vano, él seguía acechándola. Lo veía desde la ventana de la casa de sus papás estacionado en frente. Esperaba a estar seguro de que ella lo había visto para irse. A la salida del trabajo, igual. Los fines de semana, también. Una madrugada se mudó, no se llevó nada más que su maleta con la ropa del siguiente día. Fue a donde su amiga quien la acogió porque la veía siempre muy nerviosa. Hernán apareció también allá. Ahí sí llamó a la policía y lo demandó por acoso, sólo por eso porque por lo demás no podía, no tenía el dinero suficiente, el poder necesario; Hernán, sí.

No tenía a quien recurrir. Su amiga, al ver que no sirvió de nada la restricción —Hernán seguía apareciéndose todos los días—, le aconsejó enfrentarlo, hablar con él. Ella sabía que no podía, que no tenía qué decirle, que no lo podría perdonar. Su amiga se lo dijo porque no conocía toda la historia, sólo veía la parte del acoso. Esa noche Adriana se puso el vestido azul medianoche, una tanga a juego sin brasier, los zapatos de tacón negros, se peinó con una cola alta, adornó su cuello desnudo con un collar pequeño de plata y sus orejas con unos aretes en forma de gato. Levantó el vestido y metió entre su pubis y la tanga un frasquito donde llevaba un veneno que su papá usaba para matar los parásitos de las vacas. Salió para la cita que programó por teléfono con Hernán. En el restaurante le dijo que no podía vivir sin él, que los meses lejos habían sido los peores desde la muerte de sus papás… Hernán sonrió, le dijo que al destino no se le huye y le repitió: «el destino soy yo», la besó en los labios. Ella contuvo las lágrimas y la arcada. «No traje el carro», «Yo te llevo», «Vamos a tu casa, te extraño», «Yo a ti, mi vida.».

En la casa de Hernán todo parecía conservar el mismo aire que ella le había dado cuando estaban juntos: ahí estaban los cojines negros y blancos a juego con el piso de ajedrez. El sillón de cuero negro, la lámpara de mesa con forma del Quijote, los ceniceros hexagonales, las cortinas de terciopelo verde oscuro. La mesa de vidrio y unas magnolias encima metidas en el florero azul transparente. Tan pronto cerró la puerta, se le abalanzó a besarla. La tocaba: la espalda de la que arrancó una mascada negra que le cubría los hombros, las nalgas por encima, luego por debajo del vestido que subía con su antebrazo. Ella contenía el asco, se contenía toda apretando fuerte los ojos y dejando los brazos colgar a sus costados. «¿Tienes algo para tomar?», le dijo en medio de los besos. Él se detuvo y se encaminó a la cocina, Adriana lo detuvo tomándolo del saco. «Yo voy, espérame en la cama».

En la cocina sacó el frasco. Había tenido que empujarlo hacia abajo para que él no lo sintiera en el frenesí de los abrazos y las manos. Derramó una parte del contenido de una botella de vino que encontró en la alhacena por el desagüe del lavaplatos. Vertió el veneno, revolvió y dio un sorbo largo de la botella. Escuchó a Chet Baker sonar y el frufrú de la ropa de Hernán cayendo al suelo. Chet Baker, pensó Adriana y cerró los ojos y sonrío recordando a su papá leyéndole un cuento de Bábel donde un hombre, recostado contra un árbol y con los intestinos colgando, pedía que lo mataran; un disparo en la boca y el cuento terminaba. Me falta un arma, dijo en voz alta, pero ¿dónde? Alguien que me dispare en la boca, mejor. Saliendo de la cocina le pareció oír a su mamá decir un «Sí» como si estuviera escondida atrás de la puerta. Llevaba dos copas en una mano y la botella abierta en la otra. En la habitación sirvió la primera llena para él y la otra hasta la mitad para ella. Chet Baker cantaba:

Let’s tell the world were in that crazy mood… let’s defrost in a romantic mist.

—No soporto cuando cantan, le quitan el picor al piano y lo sinuoso de los vientos —dijo él agarrando la copa sin dejar de mirar a Adriana. Le extendió la mano y ella la asió, se subió a la cama de rodillas. —La tuya está muy bajita —le quitó la copa y equilibró las medidas. —Además, no soy tan tonto, vida, nada se perdona tan fácil ni tan rápido.

Adriana se quitó el vestido luego de tomarse su vino. Regresó a ponerse de rodillas en la cama. Hernán encendió un cigarrillo y cuando vio la copa vacía, ahí sí tomó de la suya. Ella le sirvió más, lo entretuvo desabotonándole el pantalón. Let’s get lost sonó otra vez. Hernán bebió completo. Ella sirvió más, le bajó el pantalón y los calzoncillos. Él bebió. Le sirvió más y feló el pene erecto de Hernán. Se separó, se limpió la boca y le sirvió más. Volvió a chupar. Hernán no bebía, ella lo incitó a tomar separándose. Una calada larga al cigarrillo y el vino de un sorbo, su mano la agarró del pelo, la empujó hacia abajo, ella abrió la boca y siguió. Volvió a servir, ya casi no quedaba nada en la botella. Ella se bebió otro poco de la botella.

Let’s get crossed off everybodys list… to celebrate this night we found each other, mmm, let’s get lost.

Y luego el piano solo… amodorrado, lento como una llovizna. Adriana sonreía y cantó… let’s get crossed off… let’s get lost. La última copa la bebió ella y la mantuvo en su boca y se la pasó en un beso. «Chet Baker es una mierda» dijo Hernán mareado. Buscó el control y cambió la canción. «Evans y su piano…». Adriana volvió a chupar.

Él la tomó, se acomodó sobre ella, dentro de ella. La embistió con fuerza. Escuchó sus jadeos directamente en sus oídos. Adriana lloró. Cuando él termino sobre su vientre, ella fue al baño, se limpió y vomitó. Al regresar, Hernán dormía con una respiración lenta y feliz.

 

El pincel nuevo no pintaba tan bien. Prefería el otro, el que ya había domeñado. Ya estaba tan usado que los pelos se quedaban enredados en las pinturas sobre la paleta. El apartamento era tan pequeño que para pintar, tenía que arrinconar el sofá contra la puerta del baño y meter la mesita de centro en la cocina: sobre el mesón junto a la estufa. Las cortinas siempre cerradas. El silencio absoluto. Había pintado desde que terminara su charla con Matilde, desde que no supo qué más decir y prefirió ejercer su talento antes de dar un paso en falso que la alejara otra vez. La charla fue incómoda, Matilde estaba llena de odio, lo sentía. Lo extraño fue verla tan clara en la quietud de ese cuerpo que nunca se movió. Hablarle con la boca cerrada, con las manos quietas. Santiago, a pesar de todo, estaba feliz y del mismo modo pintaba: con trazos fuertes que caían, trazos largos, vitales; colores oscuros, porque siempre había sido su estilo, pero se atrevió a poner un poco de color escondido atrás de toda la maraña de sombras y claroscuros. Tanta tranquilidad tenía una sola razón: sabía que Matilde, ya no se iría nunca más. Algo de la conversación se lo decía, algo de esa quietud sosegada y la parsimonia para decirle lo que pensaba. Antes, no habría soportado intercambiar dos palabras y habría salido huyendo. Ahora, le dijo estúpido, imbécil, pero no tuvo que perseguirla por las escaleras ni arrodillarse por perdón. No, ya no se iría, nunca, estaba convencido. Tomó el pincel viejo y continuó. Fue a la cocina por agua, cuando cruzó frente a la habitación, vio a Matilde vomitando boca arriba. Corrió a su lado y la puso de costado.

La dejó vomitar, le limpiaba la boca. Las sábanas y el piso se hicieron ocres. Cuando ya no vomitó más, lavó el suelo y trajo un balde por si volvía a pasar. La baldosa estaba corroída y no se le quitaba la mancha. Adriana despertó. Santiago estaba en la cocina lavando el trapeador. Ella abrió los ojos despacio, se sintió confundida en medio de una habitación iluminada apenas por la luz mustia de una lámpara sobre la mesita. Un plato con un tiramisú a su lado. Usaba una bata que le iba grande y nada bajo ella. Vio a Santiago parado bajo el dintel de la puerta: alto, la cara barbada, el pelo largo; vestido de overol gris manchado de colores y un trapeador en la mano.

—¡Matilde, al fin! ¿Tienes hambre? Preparé carne, también hay huevos, pan, café. ¿Te sirvo algo?

Adriana no dijo nada. Miraba confusa a su alrededor. No tenía miedo. Solo sentía una incomodidad en el estómago y le ardía la garganta.

—No te preocupes por nada. Ya estoy limpiando. Necesitas cambiarte la ropa. Espérame —fue al clóset y desdobló otra bata igual. —Guardé tu ropa porque sabía que vendrías. Cambiaré las sábanas. Ponte esto —Adriana permanecía quieta de pie. —Ven, yo te ayudo.

Le permitió tomar el faldón de la bata y levantarlo, alzó los brazos permitiéndole desnudarla. Santiago tomó la bata limpia y se la metió por la cabeza empujándola hasta debajo de sus senos. No tenía fuerza para impedirle nada, le obedeció a los movimientos y pronto estuvo de pie oliendo a ropa guardada, viendo cómo Santiago se apresuraba a cambiar las sábanas y a estirar las cobijas sobre la cama. Todo empezó a girar sin control, sintió como si cayera a un abismo sin fondo. Intentó fijar la mirada en Santiago que le sonreía, pero un manto de luz lechoso lo cubrió de pies a cabeza. Se quedó inmóvil un segundo, luego se desplomó blanqueando los ojos y golpeándose contra el filo de la mesa. Santiago la levantó y la puso en la cama. Esta vez sí se atrevió a darle un beso. No sintió la acritud de sus labios.

Santiago volvió a pintar. Antes tocó la frente y escuchó el latido de su corazón, la besó y le acarició el pelo húmedo. Terminó otro cuadro. Cuatro cuadros en menos de dos días. Ni en el tiempo que estuvo Matilde de forma permanente pintó tanto. Ahora quería demostrar que él sí tenía qué ofrecerle para que ya no se fuera. Se sentó frente a la cama de Adriana y dibujó otra vez. Se quedó dormido. Soñó con Matilde, un sueño extraño que no tenía imágenes sino las voces enredadas de muchas personas que le decían que en esa esquina no llovía desde hace muchos años, solo en esa esquina donde él estaba parado. Escuchaba el aguacero más allá de su esquina. No veían nada. Sólo escuchaba las gotas golpear los tejados, las latas de los carros, la gente correr y el bullicio de la ciudad apresurada para no mojarse. «Solo en esta esquina», decía alguien que podría ser un niño o una mujer de voz extraña… ¿o era Matilde? Soñaba como creía él debían soñar los ciegos.

 

Hernán se despertó con la puñalada de Adriana. No lo despertó el dolor, no le dolió. Lo despertó la presión torpe que ella puso en el cuchillo, la inexperiencia de su ataque. Él, hubiera puesto el cuchillo en el cuello: un corte horizontal, quizás temblando un poco para hacer más dramática la herida, para darle un toque personal. Así hizo con don Manuel, suegro tonto y con ese exnovio incómodo que seguía enviando regalos en fechas especiales. Un corte firme pero simulando miedo, para que no se notara tanto la intención y siempre pareciera un accidente. Sostenía mal el cuchillo, se acomodó mal sobre él, buscó su estómago, en vez de buscar el cuello, la aorta, la arteria femoral, un sitio menos estúpido. Pero qué se le podía pedir a una niñita consentida que ni amar sabía. El amor son trueques intangibles y tangibles, una mesa de apuestas, para al final cada uno quedar con menos de sí. Adriana quería guardárselo todo para ella. Así la enseñó don Manuel y Libia, a ser egoísta, a no entregarse completa. A guardar secretos para luego mentirle e irse a revolcar con el pasado. Ella creía que él no sabía, que no sabía a cuántos moteles la vio entrar de la mano de sus exnovios,  en el asiento del copiloto, en la silla de atrás de un taxi. Él no era tonto, pero la amaba. Ella lo obligó a todo. La sinceridad pudo salvar a todo el mundo. Adriana, tenías mucho miedo de ti, mucha fe en ti. Te sabías hermosa, intocable; yo soy el destino, Adriana. Si te amo, no te vas. De mí no se va nadie. Te conté todo para que vieras que yo sí era sincero, me malinterpretaste y huiste. De mí no huye nadie, yo soy el destino. Já… tonta… la simpleza de un cuchillo de cocina. Una puñalada torpe, sosa.

Hernán la tomó de la muñeca cuando sintió el golpe. La empujó con el peso del cuerpo, estaba un poco mareado por el vino. El veneno no le hizo nada y eso fue lo que la frustró, estuvo varias horas sentada al borde esperando el momento en que dejara de respirar. Trajo el cuchillo y se lanzó sobre él sin pensar en nada. Hernán la sometió fácil, la empujó tirándola de la cama de espalda sobre el suelo. Ella se levantó y quiso emprender el ataque pero ya no tenía el cuchillo. Él se lo sacaba del costado y lo empuñaba ensangrentado, sonreía… «Ven yo te enseño cómo es», lo escuchó decir. Huyó, abrió la puerta y corrió sin mirar atrás. Lo escuchó correr tras de ella, sentía el asfalto mojado bajo los pies descalzos y la lluvia confundirse con las lagrimas. Hasta que ya no pudo más y la agitación del pecho la tumbó sobre la avenida no sabe dónde.

El dolor ahora sí llegó. La mano se le humedecía tibia y ya no pudo correr más tras ella. Además, el piso estaba resbaloso y no tenía agarre. Constantemente tambaleaba sobre sí mismo hasta que se cayó. Con la mano izquierda se hacía presión en la herida. Un hombre salió y la levantó, no se movió de la sombra hasta que no vio dónde la llevó. Luego regresó a su casa y cosió el mismo la herida. Era tan superficial que no quiso hacer mucho aspaviento con hospitales y alharacas. Volvió a dormir. Ya mañana temprano iría a buscarla.

Era domingo. Lavó la herida y la desinfectó. Pasado el mediodía fue hasta el edificio donde vio entrar al tipo de pelo largo y barba. Entró, la portería estaba sola. Una mujer se paseaba llevando un tarro de aluminio, le pidió una colaboración para el ancianato de la iglesia. Aprovechó para preguntarle:

—Busco a un amigo, es alto de pelo largo y barba. Me dijo que vivía aquí, pero olvidó decirme el apartamento —le dijo mientras metía un billete de 50 en la alcancía de aluminio.

—¿El pintor? ¿A ése busca? Muchas gracias, Dios se lo pague —se persignó.

—Sí, el pintor. A él mismo… ¿qué apartamento es?

—Ese señor todo grosero no parece amigo suyo. Si viera, mijo, yo le golpeé hace una ratico, hará una hora, a lo mucho. Y salió con esa cara de comer gente y me tiró la puerta en las narices. No, señor, no, no, una esta es buscando la caridad para salvar a esos abuelitos que no tiene nada, nada, señor. Y la grosería no es de gente educada. De ese señor dicen que es artista y que por eso es todo loco. Una cosa es estar loco y otra ser un patán. ¿Ese es su amigo?

—Sí, señora, ese mismo. Mire, por la falta de cortesía de mi amigo —metió otro billete de 50 en la hendija —¿El 202?

—No, eso es como el 403. Sí, el 403. Es que el portero no está. Pero déjeme un momentico. Espere, venga conmigo —se adentraron por un pasillo y ella golpeó en una puerta. —Doña Marielita, qué pena molestarla, ¿cómo siguió Valentinita? Me alegro, el padrecito le envía saludos, que los espera esta tarde para misa de seis. Ay, mire, aquí don Andrés es el hermano de Santiago, el artista, no sabe el número de apartamento porque le quiere dar una sorpresa. Es el 403, ¿cierto? Ah, el 402, bueno. Muchas gracias, Marielita, dios la bendiga y que la niña siga mejorando. La gracia de Dios llega rápido, Dios todo lo puede, no pierda la fe.

En ese momento Santiago bajó la escalera rumbo a la tienda. Nadie vio a nadie.

—Muchas gracias, señora…

—…Edulvina… dígame Duvita, así me conocen todos. Gracias a usted. Vaya a misa esta tarde y lleve a su amigo, él sí que necesita de Dios en su corazón.

—Le diré, señora Duvita. Le diré. Muchas gracias. Salude de mi parte a los abuelos.

Subió la escalera hasta el cuarto piso. Tocó en la puerta apretando el revólver que llevaba bajo el saco. Tocó otra vez, pero nadie abrió. Dentro, la nota caía al suelo. Esperar era imposible, el pasillo era muy amplio y no veía dónde esconderse. Bajó otra vez y se paró frente al edificio, al otro lado de la calle esperando que regresara. Esperó cerca de una hora pero no lo vio volver. Quiso volver a entrar, pero el portero ya estaba en su sitio y no quería ser visto. Le preguntó por una dirección y se fue.

Al día siguiente regresó. Espero a que la portería estuviera sola y subió. Tocó, nadie respondió. Encontró a Duvita en el rellano de la escalera. Ella le contó que Santiago acababa de salir cargando una carpeta grande. «Iría a vender cuadros», dijo Duvita. «Venga, tómese algo mientras espera», lo empujó dentro de su apartamento. Ahí le habló de la iglesia, del padre, de los años que llevaba al servicio del señor, de la muerte reciente de su esposo, de su hijo el que vivía en Estados Unidos y de su hija que se casó con un señor 20 años mayor, de la soledad y de la compañía de Dios. Fue de noche sin que se pudiera zafar de la anciana que habló cada vez más entusiasmada. Al salir, había mucha algarabía en los pasillos, las personas regresaban de trabajar. Otra noche perdida.

 

—¿Tú quién eres?

—Matilde, soy yo.

—¿Matilde? Me llamo Adriana.

—Llámate como quieras. Adriana te diré, si así lo quieres.

—No lo quiero, así me llamo. ¿Qué hago aquí?

—Te recogí de la calle y peleé con quien te perseguía.

—¡¿Viste a Hernán?!

—Sí, lo vi. No era tan fuerte.

—¿Lo mataste?

—No, fue algo muy de puños y salió corriendo.

—¿Corrió?, no te creo.

—Sí, ya no soy el mismo débil de antes, Matilde… perdón, Adriana. Mira.

—Pues sí, no fue mucho —dijo ella tomándole la mano.

—Tengo que irme.

—Me prometiste que no te irías, me lo prometiste. Viniste para quedarte, ya no te irás otra vez.

—Yo no prometí nada. No te conozco. Gracias por salvarme. ¿Mi ropa? Me tengo que ir.

—Matilde, por favor.

—¡Adriana! Por favor, déjame ir y ya, ¿sí? Tú no eres malo, se te nota.

—No soy malo… te amo.

—¿Cómo te llamas?

—Matilde, soy yo, Santiago.

—Santiago, perdóname. Yo no quería meterte en esto. Te agradezco mucho lo que hiciste. No importa nada, sólo déjame ir.

—Mira, he pintado mucho desde que regresaste —le enseñó un cuadro donde estaba ella, ligeramente distinta, volando sobre un cielo negro y parecía torcerse en el aire. —Se llama La Pirueta.

—Muy lindo. ¿Me pasas mi ropa?

—En el clóset hay mucha ropa tuya.

—Ok.

Adriana se levantó y fue hasta el clóset, revolvió los cajones y encontró unos jeans que se puso por debajo de la bata y una blusa blanca que le quedaba ancha.

—¿Qué hora es? Está muy oscuro.

—No sé, deben ser como las 10 o 11, no sé. ¿Quieres comer?

—No, gracias.

—Un poquito, llevas tres días sin comer. Un poquito.

—No, de verdad gracias.

Santiago fue a la cocina y trajo un paquete de pan sellado y un vaso de yogur. Adriana al verlos dentro de sus empaques, se sintió confiada y comió con voracidad. Entre un bocado y otro, paraba amablemente y sonreía. Masticaba de un lado, del otro, algo armónico, saludable, bovino, envidiable.

Alguien tocó a la puerta. Santiago no esperaba a nadie, así que no abrió. Ella seguía masticando y mirándolo entre agradecida y asustada. No le demostraría miedo, se veía un hombre bueno y confiable. Quizás un poco loco, la llamaba Matilde. Al menos estaba a salvo. Tocaron otra vez.

—¿No abrirás?

—No, nadie viene nunca. Debe ser un vendedor o la señora… bueno, la señora de las limosnas.

Mordió el pan.

—¿Tienes más?

—Claro —dijo Santiago entusiasmado. Fue a la cocina y le llevó otro vaso de yogur, pan y jamón.

—¿Señor Santiago?, ya escuchamos que está ahí. Abra por favor. Venimos buscando una mujer perdida.

La voz de un hombre que Santiago no reconoció. Adriana se quedó con el vaso suspendido frente a su boca.

—¡Es Hernán! No abras.

—¡Señor Santiago! —gritó. —No queremos tumbar la puerta, sabemos que está ahí. Abra.

—No puede ser él, Hernán no sabe mi nombre.

—No abras, Santiago.

—No es nada, a Hernán ya le gané una vez, creo que podré una más. Ya no soy un cobarde. —le sonrío y fue a la puerta.

Adriana escuchó el disparo sentada en la cama. El apartamento era muy pequeño para esconderse en algún lugar. Santiago sólo sintió una pequeña irritación en el pecho y recordó cuando de niño jugaban a lanzarse pedazos de cáscara de naranja seca propulsados por un caucho. Todo era oscuro. Sintió junto a su cabeza los pasos firmes de Hernán que pasó directo a la sala. Se arrastraba por el piso y ahora sí le dolía el pecho, intentaba decir algo, llamar a Matilde, pero no le salían más que escupitajos de sangre. No se oía nada, sólo el taconeo de los zapatos de Hernán entrando en la habitación.

—Adriana, mi amor. Aquí estás.

Como en el sueño todo eran voces oscuras. Santiago se arrastraba por el piso hasta que alcanzó el dintel de la puerta. Quiso ponerse de pie pero le pesaba la cabeza, le pesaban los órganos que antes no había sentido. Balbuceó algo.

—Adriana, tranquila. No va a pasar nada. Ven, vámonos.

Gemidos, lágrimas, la lluvia otra vez en la calle. Sonidos sin imágenes.

—Hernán, por favor. Por favor —Matilde lloraba.

—Matilde, mi amor, perdón,  perdón… te amo, perdón —agarró la bota del pantalón de Hernán. Él giró sobre sí y lo miró, levantó el arma y apuntó, esta vez sí a la cabeza.

 Lo último que escuchó Santiago fue un estruendo de vidrios y el grito de Matilde cayendo otra vez por la ventana. Un sueño sin voces.


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