Revista Literatura

20 Nunca cambiará

Publicado el 04 mayo 2012 por Leon

Siempre me he cuestionado cuál es el resultdo de un cambio. Seguro me dirás que la respuesta es fácil, y así lo han hecho todos, humanos principalmente, para los que el cambio no es más que la restauración de lo que consideran normal, ¿o es todo lo contrario? ¿Qué cambiamos realmente con el cambio, y qué queda igual? Para nosotros no es realmente nada. Las cosas fluyen, se mueven y desplazan, pero siguen ahí, tan solo esperando, y en su conjunto, visto desde lejos, nunca cambian.
Pero visto así no es grato, pues la felicidad no consiste en la ausencia de problemas, sino en la superación de estos. Por eso muchos nos aferramos a los cambios y a los problemas, nos volvemos mortales junto a los mortales, con fatídico resultado para ambos, salvo en contadas ocasiones.
A veces intento recordar cómo llegué hasta ella, o por qué la quise tanto. Fue de casualidad se diría, aunque la suerte es latente cuando imperan los cambios. Yo bajaba por la costa, desde Barcelona, probando distintos modos de vida, con mi apariencia de diez a doce años. Buscaba en realidad mis orígenes: mis primeros recuerdos eran del sur de Portugal, y sabía que antes me habían traído desde Huelva. Por aquel entonces creía que al menos alguien como yo encontraría.
Así llegué hsata Granada, donde viví tres años entre trapicheos y locuras. Antes de marcharme decidí intervenir dándole una paliza a dos matones que le habían robado el dinero y el cerdo a un pobre campesino. Aunque, eso creo que ya te lo conté. Y entonces, vagando de pueblo en pueblo, unos que me vieron, creyéndome un huérfano, me llevaron al San Claire de la montaña, donde conocí a Paula, mi pequeña hermana. Gracias a ella nos adoptaron, nos mudamos a la ciudad y al nuevo colegio, y así la conocí.
Perdona, ya he vuelto a hablar otra vez de Laura. Tan solo repasaba la trayectoria. Después de tanto viajar, buscándola, volví a esta ciudad, y la suerte o los cambios nos unió, y vivimos como mortales, y no me arrepiento. Aunque a veces desearía volver a correr como un niño sin descanso, hay que aceptar que hasta nosotros tenemos nuestras limitaciones, como parte de una perfección aplicada a una imperfección. Y eso es algo que nunca cambia.

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