No sé qué es lo que me das ni lo que has hecho de mí. Soy marioneta en tus manos, ave herida en tus delirios, esclavo de tu arrogancia y de tu manera de amar. Hoy tampoco me libraré de tu hechizo, de tu blanca e hipnotizante piel, del oscuro camino que marcan tus besos. Eres mi perdición y yo acudo a tu llamada cada vez que tienes sed de caricias, tu canto de sirena me destruye y enamora y me vuelve ciego y sordo. Eres caprichosa y hábil entre las sábanas, dominas el juego y mantienes el látigo en alto, dispuesta a magullar mi orgullo si trato de darte la espalda y arrancarte del alma. Vivo aprisionado entre tu perverso escote, a la sombra de tus rojos tacones, a la intemperie de tus sedosos muslos, sin salida posible. Me utilizas a tu antojo, me buscas en tus noches solitarias pero nunca amaneces a mi lado. Eres mujer de todos, entregada a los brazos de otros desconocidos. Eres siniestra, retorcida, fácil pero inaccesible, un laberinto sin escapatoria posible, un beso de carmín y vacío, una bruja que utiliza su escoba para escapar del amor y de sus pretextos. Y sufro porque no me conformo con ser tu amante vagabundo, uno de tantos, uno más en tu colección. Y trato de no verte más, de conocer otros brazos más dulces y comprensivos pero tu silueta me llama y el látigo me condena una vez más. Y aquí estoy, de nuevo dónde tú querías, naufragando entre tus excitantes caderas, saboreando tu fino cuello, a la sombra de tus tacones, a la vera de tu falso abrazo.
