Artistas

Publicado el 29 diciembre 2015 por José Ángel Ordiz @jaordiz

Mi abuelo materno era un contador de historias fabuloso. Apenas sabía leer, apenas sabía escribir, pero empezaba a narrar y todos nos deteníamos a escuchar sus relatos. Nos deleitaba, sí, con las palabras que extraía de la vida y que luego alimentaban su imaginación desbordante. Aseguraba que nada inventaba, que todo había sucedido de verdad. Recuerdo, especialmente, una de sus historias. La del ovni que vio en un valle donde abundan las fuentes y las hayas; una rueda de fuego, más roja que la sangre, de la que él huyó presto. Eran tiempos de posguerra (siempre son tiempos de preguerras o posguerras; cómo somos los únicos homínidos supervivientes, aún en este planeta por algún capricho cósmico), tiempos en los que en las aldeas asturianas solo se veían sombras. Mi abuelo, sin embargo, vio algo más que sombras, al parecer, pues por entonces nada se sabía en mi aldea natal, ni en ninguna otra aldea asturiana, del posterior fenómeno de los platillos volantes.

Así que tengo muy claro de dónde me viene esta querencia por los relatos escritos, por las ficciones que, también a mí, me va narrando la vida; tengo muy claro, sí, de quién heredé la tendencia entera y el talento únicamente en parte (me temo). No obstante, con los años, hay personas que me escuchan, que me leen. Así conocí, mediante una novela que le mandé, a Víctor Pozanco (tan erudito él, poeta, editor, traductor de grandes escritores en lengua inglesa), quien hoy me honra con su amistad. No tan inútil, pues, el arte (como algunos materialistas pregonan) si gracias a él (al arte pretendido o real) puede uno conocer a personas que no deberían morir nunca. Porque Víctor Pozanco transmite, comparte desde su experiencia, desde el trato íntimo que ha mantenido incluso con premios Nobel, y gracias a él he sabido de la existencia de Ángel Orensanz, del escultor aragonés que, como yo, nació en una aldea, oscense la suya, asturiana la mía. Yo vivo en Oviedo (no está mal), Ángel en el mundo, en el lugar que le corresponde.

En la actualidad, y gracias al progreso (del progreso que permiten los tiempos entre guerras), recibo información periódica (vía Internet) de las exposiciones continuas de Ángel Orensanz, ya sean en Nueva York, en Tokio, en Moscú o en Huesca. Arte y denuncia a la vez en muchas de sus esculturas, en muchos de sus dibujos, en muchos de sus murales, en muchas de sus nieves y aguas disfrazadas. Y un ingenio que le capacita para volar en ocasiones su propia creación con dinamita y grabar el acontecimiento para proporcionar más vigor a esas creaciones que para brillar mucho deben durar poco.

Hay artistas, excelentes artistas, que callan. Y hay artistas (como Ángel Orensanz) que no guardan silencio, que hablan a través de su obra y no solo a través de su obra. Ahí la obra, sí, pero también la denuncia de los desmanes de turno, de la idiocia divina y humana, también de manifiesto en las etapas prebélicas o posbélicas.

Desde mi condición de deísta (suelen preguntarme qué es ser eso, deísta; yo respondo que es la pobre creencia de un hombre que ha ido de estrella en estrella buscando al Dios de los católicos, de los musulmanes, de los budistas, sin encontrar a ninguno, que es tener por Dios al Dios de las hormigas), muy a menudo critico a Dios en mayor medida que a los humanos. Sí, tiendo a condenar a ese Dios chapucero e indiferente y a absolver al hombre y a la mujer. Porque nada bueno sé de Dios y porque gracias a uno de los inventos masculinos y femeninos (los antiinflamatorios) puedo escribir aún y porque gracias a otro (la informática) tengo acceso a la obra, ya en la historia, de Ángel Orensanz, quien, a mediados de los ochenta, se estableció en Nueva York y creó la fundación que lleva su nombre en una antigua sinagoga del Lower East Side.

Leer más: La sinagoga de Ángel Orensanz en Nueva York, el refugio de las celebrities. Noticias de Noticias http://goo.gl/zBvKgN