Asesinato-Capítulo 6

Publicado el 13 febrero 2011 por Gfg
Mato era un hombre metódico. Desde su época estudiantil se levantaba pronto, a las seis de la mañana, para estudiar. Equipado de una bata de seda se deslizaba sin apenas meter ruido hasta su despacho, donde encendía una lámpara de mesa clásica y ponía algo de Bach, siempre Bach porque a esa hora únicamente le entraba un barroco muy bajo, muy tenue, y comenzaba su jornada con el análisis de las últimas publicaciones sobre las materias relacionadas con su especialidad, y la preparación de conferencias o artículos.
Antes de encerrarse, se deslizaba hasta la cocina donde su mujer le había dejado preparada la cafetera italiana para que sólo tuviese que dar al botón y esperar a que sonase el borboteo del líquido negro.
Mientras, en un cuartito de baño, expulsaba sentado con parsimonia la orina acumulada por la noche –que machacaba sus partes más íntimas–, dedicando especial atención a las últimas gotas. Odiaba que se deslizasen en el pantalón del pijama. ¡Maldita próstata!, solía comentar enfadado. Cualquier día debería operarme, pero no tengo tiempo material.
Tomaba el café solo, bien cargado, sin achicoria u otros subproductos que tanto había degustado de estudiante, sin azúcar, y se encerraba en su habitáculo bajo una luz adormecida. Después, tras dos largas horas de intenso trabajo sin que ningún ruido de la casa le molestase, se pegaba una ducha rápida con agua fría, se afeitaba con una cuchilla antigua y se vestía de traje, siempre con corbata, puesto que no entendía la nueva costumbre de ir a trabajar informal.
A eso de las nueve se despedía con un beso a su mujer que seguía en la cama, y bajaba al portal donde le estaba esperando su chófer. Mato nunca había sabido conducir. Era algo que le había acomplejado en algún momento de su vida, pero que con la llegada de la vejez le parecía una acertada decisión. Sus reflejos dejaban mucho que desear y un ligero temblor en la mano anunciaba una incapacidad leve.
Por eso, siempre había contado con un conductor a su servicio. En los años de gran actividad, el vehículo se lo ponía la institución de turno. Con la llegada de una vida más apartada de los centros neurálgicos del poder, seguía costeándose ese lujo él mismo, lo que estaba esquilmando sus ahorros a un ritmo más rápido de lo acostumbrado.
El martes 13 tras esa rutina, había abandonado su hogar como siempre. Le había comentado a u mujer que tenía un día ajetreado con muchas visitas y que llegaría tarde. Eso no le extrañó a Mónica Barandiarán, ya que su marido, a pesar de estar jubilado, seguía llevando una vida repleta de compromisos profesionales y sociales, tal era su importancia.
De hecho, le habían nombrado recientemente asesor de uno de los laboratorios más importantes de biotecnología de la zona para que les ayudase a mejorar sus niveles de investigación.
– Nunca regresó a casa –me dijo la viuda triste–, y ahora me encuentro sola y desorientada.
Sin duda debía haber supuesto un gran trauma para una mujer que admiraba tanto a su marido, con el que había compartido muchas estancias en el extranjero y que había dedicado su vida a él en cuerpo y alma.
Antes de despedirse, Malpartida le pidió varias cosas. Una, que le hiciese una provisión de fondos abultada dadas las características del personaje. Otra, que le pasase cuanto antes la agenda de su marido, si es que la tenía en casa. Quizá analizando sus compromisos pudiera averiguar algo. También le insistió en que se concentrara en los últimos días. Le interesaba que recapitulase sobre conversaciones mantenidas, reacciones ante noticias recibidas, comentarios en los telediarios o estados de ánimo divergentes. Todo podía servir. Le preocupaba visualizar al máximo a Mato para comprenderle mejor. Por último, le dio su teléfono móvil para cualquier cosa que necesitara.