Atrapada:

Publicado el 22 junio 2018 por Lauraps


Estaba sentada en el borde de la cama, agotada de ver ante mí un nuevo día sin ningún sentido, mirando a mi alrededor el tremendo desastre que me embriagaba. Aquel sótano olía a moho, lo limpiaba de vez en cuando pero seguía oliendo igual de mal, no podía remediarse, tenía una pequeña ventana donde podía entrar el aire pero nadie se disponía a proporcionarme aquel momento de placentera armonía con el sol, la naturaleza... hacía tres meses que no salía de aquí, al parecer, tenía dieciséis años y no tenía derecho a salir del sótano porque no había sido buena, al contrario que mi hermana mayor, la doña perfecta que tanto adoraba a mis padres y era la viva imagen de la perfección. Siempre habíamos sido muy diferentes, Doria solía callarse todo lo que pensaba y hacía todo lo que le decían con un "sí, señor/a" pero yo, jamás pude hacer algo así y mucho menos en mi condición. Nuestros padres son católicos y no conciben que a una de sus hijas le atraigan personas de su mismo sexo sin darse cuenta de que es algo que no se elige, nadie puede señalar de quién se enamora. Supongo que por eso estoy aquí, un castigo por mi condición pecadora, por no ser la niña perfecta que siempre quisieron que fuera, tratando de evitar el contacto físico conmigo trayéndome la comida por debajo de la puerta, sobras que ni el perro sería capaz de comerse.

Permanezco en la más dura desesperación, cada día estoy más delgada, ni siquiera me apetece comer. Recuerdo aquellos momentos tan felices en la playa cuando jugaba con mi hermana a hacer castillos de arena, era libre, podía sentirme como tal pero, ni siquiera pude llegar a pensar que sería encarcelada por mi propia familia. La luz era tenue, ni siquiera soportaba los rayos de luz que entraban por la ventana, mis ojos se entornaban molestos tras tanta oscuridad, una que ni yo comprendía. Hacía un par de meses me habían dado la posibilidad de reconocer mi error al enamorarme de la vecina de enfrente, querían que negara por completo lo que sentía por ella, querían que simplemente, renunciara a lo que soy y he sido siempre, cosa imposible. Y aquí seguimos ante un nuevo día, viendo pasar los pies de Dora por la ventana, preparada para ir a la Universidad mientras yo, pierdo los mejores años de estudio, de aventuras y experiencias vividas, algo injusto que nadie debería experimentar.

En ocasiones, me siento sola, marginada de la sociedad, apartada de la existencia. Me siento atrapada entre sentimientos que no puedo expresar aunque quiera porque nadie va a poder oírme, los gritos no llegarían tan lejos. No se puede robar un pensamiento, un sentimiento, pretender que deje de ser tuyo para hacer lo que otros quieran o sentirte como ellos quieren que te sientas, es difícil creer en algo semejante, nadie elige por ti, nadie tiene derecho. Las lágrimas corrían por mis mejillas en varios momentos del día, a veces, creo que los recuerdos son mi perdición, me gustaría que desaparecieran de mi cabeza sin pedirme una explicación, sin darme cuenta, solo dejando que se esfumaran... Jamás creí que, personas que dicen quererte te encierran en un sótano donde no puedes hablar, ser tú misma o emocionarte con una película, los miras y piensas en qué podría haberles ocurrido para que sean tan estrechos y perfectos. Es como si sus vidas tuvieran que definir la mía, es como si tuviera que ser una copia de experiencias que no tienen nada que ver conmigo.

El mejor momento del día. Jane viene cada tarde a traerme uno de los mejores sándwiches que hace su madre en casa, sabe de mi situación y quiere ayudarme como puede. Desde que clavé mis ojos en ella que no he podido quitármela de la cabeza, olvidarla sería mi mayor pecado. Sus ojos totalmente negros, al igual que su piel oscura, me tienen embelesada, sus dientes blancos me eclipsan y saben que jamás podrán dejar de sonreír. A esos sándwiches sí que se les puede llamar comida, empiezo a tragar como si me fuera la vida en ello mientras Jane me mira desde arriba, preocupada por mi situación:

- Tengo que sacarte de aquí de una forma u otra, no puedes seguir viviendo así - su voz era desesperada, no podía verme metida en aquella jaula para lobos que me habían montado, era demasiado dulce como para soportar algo semejante - Tus padres son...

- Tengo un plan, tranquila, todo funcionará - la miré con profundidad, esperaba que no se diera cuenta de qué se incluía en ese plan que me había formado en la cabeza - Por fin, seré libre y podremos irnos juntas a donde queramos...

- ¿Qué es lo que vas a hacer? - me preguntó ansiosa, con aquella sonrisa que formaba parte de mí cada día en lo más profundo de mis recuerdos - ¿Puedo hacer algo para ayudarte?

- No, emm... Lo sabrás en cuanto lo veas - saqué las manos por la ventana para acercar su cara a la mía y le di un beso desesperado, notó que estaba algo asustada, así que, separó sus labios de los míos y me miró preocupada -.

- Quiero que me digas qué vas a hacer, por favor - cerré los ojos, sabía perfectamente que no le gustaría y que me instaría a que no lo hiciese, así que, iba a mantener la boca cerrada para que dejara de preocuparse - No irás a hacer ninguna locura... ¿verdad?

- No, solo... solo... Mantente alejada y no te preocupes, sabrás cuándo he salido en cuanto lo veas - le sonreí para que se tranquilizara, aunque por dentro iba a explotar, lo que iba a hacer no era apto para sensibles -.

Diez minutos era el tiempo suficiente que teníamos para vernos, para comprobar que estábamos bien y poder comer algo decente, para variar, esos garbanzos con carne que me habían traído al mediodía me habían provocado serios retortijones, supuse que estaban malos. Iba a salir de este torbellino de situación al día siguiente por la noche, mientras todos dormían, era el momento exacto para escapar, tenía las herramientas y la situación próspera para salir de allí. Tenía tiempo de despedirme de Jane antes de cumplir mi objetivo, antes de dejarlo todo y poder ser libre, aunque ella no debería pasar por todo esto, no me perdonaría cuando se enterara de mi cometido. Quizá me arrepienta cuando inicie el proceso pero, quizá valga la pena salvar a los demás de esta plaga que no me ha hecho nada más que daño.

La cena tampoco me gustó demasiado, me dejé la mitad, no me sentía bien. Los retortijones no cesaban y tuve que acostarme para recuperarme un poco. Recordé aquella cita romántica en la que Jane se puso un vestido rojo despampanante, nos fuimos al bosque, nos tiramos encima de la hierba para ver las estrellas y nos contamos historias, sin nadie que nos interrumpiera, sin nada que perder o preocuparnos. Llevamos comida para pasar la noche y no nos movimos de allí hasta haber visto el amanecer más bonito de todos los tiempos, me terminaron de enamorar sus labios y sus palabras, jamás había conocido a alguien con aquella enigmática expresión. Me sorprendía, se reía conmigo y, por si fuera poco, me hacía feliz, para mí, no había nada que llegase a llenarme tanto.

Pasé la noche despierta, los ruidos que hacía este sótano eran verdaderamente molestos, aunque no era el único motivo por el que no conciliaba el sueño. Vi el desayuno en la puerta, mi madre lo había dejado antes de irse a trabajar, lo que no sabían era lo que se les venía encima. Traté de pasar el resto de día sin llamar la atención, era un día como  cualquier otro, guardando la calma, tratando de relajarme y centrándome en el evento más importante hasta el momento. Jane se asomó a la ventana y, está vez, me trajo un poco de cocido que había hecho su madre, ¡estaba para chuparse los dedos! En cuanto terminé, la miré con cariño, tratando de que entendiera mis palabras:

- Voy a salir de aquí esta noche - sus ojos se ensancharon, sus sonrisa volvió a aparecer - Quiero que no salgas de casa, ni siquiera que mires a través de la ventana, ¿de acuerdo? - ella asintió con cierto grado de preocupación - También me gustaría que leyeras esto tras haberme ido, son algunas cosas que debí decirte y que no dije... Guárdalo.

- Me estás asustando... - sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas, esperaba lo peor, era una persona que sabía cuándo otra le mentía para protegerla - ¿Qué vas a hacer? ¡Dímelo! Tengo una extraña sensación que...

- Eh, eh... no pasa nada, me conoces, no haría nada que te hiciera daño, ¿verdad? - volvió a asentir pero, ya era hora de irse - Quiero que sepas que siempre te he querido. No me olvides, ¿vale?

- ¿Por qué me dices eso? - lo vi en sus ojos, sabía qué me disponía a hacer - ¡Ni se te ocurra! No puedes...

Quiso seguir hablando pero oyó la puerta de mi casa abrirse, así que, tuvo que irse lo más rápido que pudo. Odiaba tener que mentirle de aquella manera pero era mi única opción de mantenerla al margen de lo que estaba a punto de pasar. Tras una tarde agotadora y llena de horas muertas que no supe cómo rellenar a parte de con mis pensamientos, repasando el plan, decidí que la hora perfecta era a las dos de la mañana, el momento exacto para salir de una dictadura que sabía que jamás dejaría de afectarme. Mis padres no entenderían el motivo de mis acciones, seguían tratando de hacerme cambiar de opinión, querían que creyera de verdad que no era la persona en la que me había convertido, odiaba a mi hermana mirarme de esa manera, como si fuese un bicho raro. La religión había hecho mucho daño al país, los ciegos son los que no lo ven, como su palabra indica...

A las dos de la mañana, empezó el principio del fin, jamás creí que funcionaría pero lo hizo, algo que me hizo sentir miedo pero también, cierto orgullo. Cogí el mechero que había debajo de la colcha y una botella de gasolina que encontré entre esa estantería llena de mugre y moho, pude quemar un par de camisetas rotas que había debajo de la cama que me servían para limpiar aquel pequeño tugurio al que debía llamar casa e incendié la puerta que me separaba de ellos, también lo hice a todo mi alrededor. Quizá olvidé comentar que nuestra casa está hecha de madera, es una pequeña cabaña a las afueras, en cuanto el fuego llegase a sus perfectos y católicos cuerpos, ya sería demasiado tarde para escapar. No iba a salir de allí nunca,  así que, ellos tampoco lo harían. No sabría explicar cómo es el quemarte vivo y agonizar poco a poco sin tener control de tu respiración pero, sí que puedo decir que no hay nada mejor que ser libre y escapar del desorden de sentimientos que puede provocarte el estar atrapada.

Por fin podía ver la luz, me decía que me acercara, que por fin sería libre. Mi alrededor iba aclarándose, mi memoria se recomponía, mientras en aquel sótano me quedé inconsciente por la falta de aire y las quemaduras. La sensación de abrazar la libertad no era comparable con nada, me sentía llena de júbilo, en paz conmigo misma, recordando la sonrisa de Jane que siempre permanecería en mí... Por fin podía cruzar, podía convertirme en alguien que había sobrevivido a la violencia familiar, a la tortura psicológica y al dolor que pueden llegar a provocarte los llamados por sí mismos, seres queridos. Por fin pude decir adiós a aquel sótano infernal y podía dar la bienvenida a la luz que empezaba a albergar en mí con una agradable sonrisa...