Revista Talentos
Quizá fuese con ánimo de superación o por envidia o acaso por aburrimiento, pero, en su terca decisión, se engalanó con un fastuoso traje de seda roja. Se observó ante el espejo y, recordando el refrán, comprobó por enésima vez que seguía siendo una primate. Vestida de seda, pero primate.
