Revista Diario

Autoterapia

Publicado el 14 junio 2020 por Vera López Muñoz @vlopmu

Autoterapia

A estas alturas no pretendía engañar a nadie cuando sabía que vivía en un laberinto eterno, quizás con salida pero ella todavía no la conocía. En ese laberinto había muchas cosas, algunas efímeras y otras eternas. Ella caminaba por el laberinto, mirándose en el turbio reflejo del cristal del mismo pues hacía tiempo que no era nítido.

Así había pasado, años contemplando ese reflejo turbio con todos los atenuantes que habían ido surgido. Reflejo que cada vez pesaba más y por mucho que intentara limpiar el cristal seguía turbio porque no era problema de la lente sino de lo que reflejaba. Se había perdido en su camino en pro de fraguar una ilusión que solo tenía fin.

Claro que esta era su versión de la historia pero a fin de cuentas, en estos momentos era la que le importaba pues había pasado demasiado tiempo esperando conocer la otra parte, que le dieran algo donde agarrarse recibiendo conformismo o ausencia de respuesta.  Se aparta el pelo de la cara, recordando como comenzó todo. De la manera que ella no había querido pero que cedió por curiosidad aún cuando sabía que no eran ni las formas, ni el tiempo correcto. No pudo evitar recordar todas esas veces en las que se había sentido sola aún en compañía, las veces que no había entendimiento sino cesión que solo separaba más, las veces que habían banalizado lo que para ella era importante comportándose como un auténtico gilipollas y las otras tantas veces que cuál animal salvaje había tenido su momento de diva. La de tiempo gastado, cuando la base no estaba bien porque la habían acorralado para comenzar y eso, nunca, nunca podía acabar bien.

Una nueva jaula en el laberinto, con purpurina pero jaula a fin de cuentas. El continuo estrés y desazón, el debate eterno de sentirse forzada por hacer cumplir la realidad de otra persona y sus necesidades… No es que no fuese suficiente, ella necesitaba otro tipo de persona. Pero quiso soñar y soñó porque no avanzó, por más que pasó el tiempo no fue capaz de avanzar, se sentía atrapada en una especie de vida que no la identificada y frenada, una cadena holgada pero cadena que no le terminaba de permitir ser ella… por eso, no todo avanzaba como debería porque ella empezó no en su mejor momento, tampoco supieron entenderla ni verla porque a veces, menos es más.

Las de palabras al vacío, las de peticiones de espacio que solo servían para hacer más fuertes los barrotes de la jaula, sintiéndose no suficiente… ¿Vaya tontería, no? En aquel momento, no lo era.  Se sentía atrapada en el mundo de luz y color de otra persona que para nada brillaba con el suyo, un juego de luces y sombras que siguió adelante pese a más avisos que dio. El problema nunca estuvo mientras hablaba, el problema comenzó cuando empezó a callar y tampoco le prestaron atención.

Hasta que llegó el día, tomó la decisión cansada de que no se esforzaran por entenderla, aburrida de no ser suficiente que tomó la decisión y se marchó. Se marchó esperando una reacción, un destello de luz que le hiciera ver que estaba equivocada, pero no. No lo hubo, se encontró lo de siempre la inacción, el silencio que solo mataba, la falta de interés… la rutina, la rutina que los condenó junto con los cambios de conversación sin sentido, los ataques de egoismo al no entender que necesitaba su espacio porque no se lo estaba dando, el querer meterla en una realidad de manera artificial donde jamás se sintió amparada por él… La falta de entendimiento y de interés.

Allí fue, donde se apartó y volvió a su laberinto habitual no sin antes esperar unos instantes, una última esperanza de que reaccionase pero la reacción jamás apareció y ella siguió su camino porque lo entendió, había hecho lo correcto al poner fin porque había quedado clara una cosa, no era suficiente para él porque si así lo fuese, si de verdad le importase más que la comodidad de su costumbre habría hecho algo y no hizo nada. Realmente, sin saberlo le acababa de dar la paz eterna; había tomado la decisión correcta.

Fue al día siguiente y los días venideros que el reflejo, fue tomando su forma original. Ya era nítido. Bien es cierto que no tenía color porque no había terminado de resolver el laberinto y salir, pero su imagen estaba clara. Había entendido quién fue y quién no quería volver a ser… Ahora le tocaba decidir quién es.  No, no tenía miedo por primera vez en demasiado tiempo, de redescubrir y sentirse viva con sus reglas, a su manera.  No guardaba rencor, sino paz. Estaba en equilibrio y había tomado otra decisión:

“Dejaré mi mitad oscura en duermevela
Y a mi otra mitad la haré dueña y señora de mis fiestas
Amaneceré como una nueva versión de humano
Para compensar a este cuerpo poco y mal usado.”

ó

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