Imagine el alivio que causó la llegada del bidet a sus afortunados usuarios.
El conde de “Bidet”, sobreviviente de mil batallas, apenas mantenía el equilibrio a horcajadas del jamelgo que arrastraba sus huesos tras la dura derrota.
El culo tumefacto de hemorroides, del noble caballero, dolía más que el orgullo mancillado en la reciente escaramuza.
Ya en el castillo, de aliviar su maltrecha anatomía se encargaron los criados.
Dicen que el agua tibia de la palangana donde posó su honorable trasero fue la inspiración del aparatejo que ideó poco después, para llevarlo y usarlo donde quisiera que fuere.
Del francés: bidet; jaca-caballo pequeño-.
Este dichoso artefacto, que remoja, lava y entibia culos y aledaños, inicialmente fue una especie de asiento con una cavidad para insertar el traste.
Desde sus albores gran parte de la humanidad sufrió este flagelo, que decreció notablemente a partir de comienzos del siglo XX.
El bidet contribuyó con su grano de arena a la lucha por desterrar la mugre infame.
por algo había que empezar...
...Y fue por abajo, como debía ser.
Parte de Europa, Asia y América latina lo usan, en Argentina, Uruguay y paraguay es un artefacto común, así como en Japón.
En los Estados Unidos no tienen tal costumbre, aunque, como siempre, hay excepciones.
Lo curioso es que son ellos los mayores fabricantes del noble lavatorio... Lo exportan.
Hay teorías y practicidades.
La tarea parece sencilla, pero, dicen mis informantes, que según la posición de las partes pudendas el chorro es más certero para uno u otro órgano, vale decir, habría que montar según las necesidades.
Vale decir, imposible pasar las piernas.