Biografía apócrifa: la próstata de Enrique VIII

Publicado el 25 mayo 2012 por Kirdzhali @ovejabiennegra

Retrato de la próstata de Enrique VIII pintado por Dalí, siguiendo los testimonios escritos por algunos contemporáneos de aquélla, quienes supuestamente la habrían conocido.

La próstata de Enrique VIII vio la luz – expresión que debe ser tomada como un recurso literario porque, para felicidad del monarca, esta parte de su anatomía JAMÁS vio la luz – en el año de 1491. Su infancia estuvo marcada por la inocencia, la equitación, la caza y uno que otro golpe de pelota de royal tennis, que afectó más al resto de órganos genitales que a ella misma.

La joven próstata, testigo del enorme interés que mostraba Enrique por las letras, la filosofía, la ciencia, los idiomas, el deporte y la guerra; jamás supuso que tanto la política como el pudor sexual del siglo XVI se interpondrían en su camino de una manera tan emocionante como cruel e insólita.

♫♪♫ I’m Henry and I’m sexy and I know it! ♫♪♫

Cuando contaba con apenas diez años y aún no había alcanzado la madurez física y psicológica, se enteró que una de sus homólogas estaba a punto de contraer nupcias con un útero de origen español. En efecto, al hermano de Enrique, Arturo, de quince años, le habían arreglado un matrimonio con una joven de la casa de los Trastamara, una familia poderosa que unificó España y que, en ese momento, trataba de perpetuarse políticamente fomentando alianzas maritales con otras monarquías europeas.

Naturalmente, la próstata Enriqueta no dio importancia a la suerte de su hermana Arturina, pues, además de la despreocupación propia de la niñez, su tiempo era absorbido por los deportes, las lecciones de baile, de espada y los molestísimos paseos a caballo que la mareaban demasiado y que, sólo por pudor, no concluían con aquel extraño vómito blanco y espeso que en las caliginosas noches de verano empapaba los calzones de Enrique.

Sin embargo, Arturina y Arturo no pudieron disfrutar de la compañía de Catalina – que era el nombre de la infanta española – y su útero, ya que apenas cinco meses después del enlace aquéllos murieron, dejando aparentemente intacto el cuerpo de la princesa.

Catalina de Aragón era de signo sagitario, adoraba el jamón serrano y el flamenco, aunque prefería bailar salsa con sus amigos, y su pasatiempo predilecto era tomar mojitos durante los calurosos días ingleses.

La política siempre fue un poderoso afrodisiaco para reyes y emperadores europeos, por lo mismo, el padre de Enrique decidió que su nuevo heredero debía ocupar el espacio vacío en el lecho de su hermano e inició, secundado por los reyes españoles, un engorroso proceso, con el fin de asegurarse una dispensa papal para que nadie, en el futuro, pudiese discutir la validez del matrimonio. Hay que tener en cuenta que en el siglo dieciséis la industria del porno no estaba tan desarrollada, razón por la cual la gente no tenía mucha educación y pensaba que acostarse con una excuñada era equivalente a hacerlo con la hermana.

De todas maneras, el tiempo desperdiciado en papeleos, acabó por matar la pasión y el romance, haciendo que Enrique VII desistiera de la alianza con sus pares ibéricos. Enriqueta pudo descansar unos siete años más – con una que otra interrupción de menor importancia – hasta la muerte del rey. Entonces, el joven sucesor se dio cuenta de que una de las formas de asegurar su tranquilidad en el trono era neutralizando a Francia y que el matrimonio con Catalina le garantizaba un fuerte aliado en ese sentido.

El casamiento se efectuó poco antes de la coronación del nuevo monarca y ni las advertencias del papa Julio II acerca de un posible incesto lo detuvieron. Enseguida, el desenfrenado apetito sexual de Enrique hizo su aparición; “yo no quiero otra Guerra de las Rosas, ¡necesito hijos varones, muchos hijos varones!”, exclamaba, zahiriendo a Catalina, su útero, Catalisio, y sobre todo a la próstata Enriqueta, que ya empezaba a figurarse que su vida se iba a transformar en un calvario, propio de culebrón venezolano.

Útero de Catalina de Aragón; Dalí, a falta de fuentes, se inspiró en otro útero para crear este retrato.

Ni Enriqueta ni Catalisio, que entre zarandeos forjaron una hermosa amistad, sabían que sus esfuerzos por complacer a sus amos siempre serían infructuosos, pues una enfermedad, bautizada apenas en el siglo veinte con el nombre de Síndrome de McLeod, habitaba en los genes del joven rey, condenándolo a una pobre descendencia, a la ceguera y a la idiotez.

Los años pasaron y el único vástago que sobrevivió de este matrimonio fue una niña que por su candidez y dulzura sería conocida en el futuro como “Bloody Mary” – sí, el trago que usted toma los sábados lleva ese nombre en recuerdo de su sensibilidad –; situación nada satisfactoria para Enrique, que buscó la solución en los úteros de las damas de compañía de la reina, Isabel Blount y María Bolena, la primera cumplió con los anhelos reales, dándole un hijo que lamentablemente fallecería de tuberculosis diecisiete años después; y de la segunda solamente se puede decir que fue piropeada por Francisco I de Francia, quien la llamó: “una gran puta”, de manera que nadie puede asegurar que alguno de sus hijos no tuviera cromosomas de Enrique VIII.

Ana Bolena apareció en un vídeo de Pitbull; su mal gusto le costó la cabeza.

Mientras en nuestro tiempo el embarazo casi siempre es indeseado, en el Renacimiento era un noble anhelo, por lo que es comprensible la frustración del rey por los constantes fracasos. Harto, se propuso conseguir la anulación del matrimonio con Catalina – ¡casi veinticinco años de felicidad! – para poder desposar a una de sus damas, Ana Bolena, casualmente hermana de la “gran puta”, y de la que se encaprichó como adolescente porque se rehusaba a abrir las piernas cuando a él se le antojaba – al parecer más por ambición que por pudor[1] –.

La próstata Enriqueta, que se había acostumbrado a la tierna amistad de Catalisio, el útero, sufrió mucho cuando, en el parlamento, el tema de la “cuestión real” – es decir el derecho del rey para hacer lo que le dé la gana en la mayoría de aspectos –, quedó resuelto en favor de Enrique y la separación se hubo consumado.

Los eventos se precipitaron de tal forma que la antigua reina no terminaba de recoger sus cachivaches, cuando la Bolena ya estaba embarazándose de Isabel, al tiempo que adquiría un poder tan grande como ninguna otra reina hasta entonces.

La “gran puta” María Bolena. Su falda era el Triángulo de las Bermudas del siglo XVI.

El nuevo útero, X – hemos optado por este nombre para evitar los extraños malentendidos a los que podría conducir “Ano” –, no confraternizó muy bien con Enriqueta, pues era muy presuntuoso, vanidoso, egoísta y, lo peor de todo: testigo de Jehová. Así, mientras Ana y Enrique se la pasaban “de ataque” en alcobas, parques, plazas, caballerizas, etc.; X no paraba de hablar de Dios, la moral, las nuevas ideas de Lutero y Calvino – un viejo antipático que fastidiaba particularmente a Enriqueta – y lo hijo de tuta que era el Papa.

Por más profundos que fueran todos estos temas, le tenían sin el menor cuidado a la próstata de Enrique, ya que mientras ella era víctima de los, cada vez más frecuentes, mareos y vómitos, la filosofía, Lutero, Calvino y la moral podían irse al carajo. Ventajosamente, esta convivencia no supero los tres años y tanto X como Ana fueron a parar en la Torre de Londres y luego en la picota.

El príncipe azul y sus seis ilusionadas novias. Dos murieron decapitadas, una con cáncer al corazón (en serio), otra de infección puerperal y la última probablemente envenenada por su cuarto esposo. (¡Nunca dejen de buscar a su príncipe azul!)

Pocos días después de que la Bolena perdiera su cabeza – literalmente –, Enrique y su próstata consumaban un nuevo matrimonio con Jane Seymour, una dama de la que no hay mucho que decir salvo que fue la única en engendrar un príncipe y, por lo mismo, en convertirse en la más querida de las reinas de este Romeo sádico.

No se sabe con exactitud el momento en que Enrique atrapó la sífilis, pero lo más probable es que fuera entre el período de la “gran puta” y su putísima quinta esposa, Catalina Howard – la cuarta fue una alemana, que por parecer “una yegua” no tuvo oportunidad de disfrutar del “placer conyugal” –, una adolescente atractiva y coqueta con un útero amable, dicharachero y dispuesto a entablar amistad con cualquier próstata que se pusiera al frente. Catarinito, como se llamaba el útero en cuestión, pronto se ganó la simpatía de Enriqueta, contándole chistes de pastusos y políticos ecuatorianos. Lastimosamente, su fin fue el mismo que el de X.

Hans Holbein, antes de empezar este retrato de Enrique, visitó a Botero en Medellín para que éste le enseñase a pintar gordos feos.

Decepcionado de las mujeres jóvenes, Enrique se refugió en los brazos de una viuda madura, muy religiosa y que se escapó de perder la cabeza sólo porque la sífilis, el Síndrome de McLeod y una vieja lesión deportiva – un caballo le rompió los huesos de la pierna en una justa – había suavizado el corazón del brioso rey, aunque también es probable que la ceguera le impidiera firmar el decreto necesario. En cualquier caso, Enriqueta vivió sus últimos años sin tanto ajetreo y pudo descansar en soledad, ya que su amo, completamente chalado, se dedicaba más a quemar luteranos y calvinistas que a perseguir faldas de doncellas.

En 1547, tanto Enrique como su próstata pasaron a mejor vida. La gente lloró, las mujeres respiraron aliviadas, los protestantes y los católicos se frotaron las manos y luego irguieron las lanzas, y el mundo nunca volvió a ser el mismo, porque la próstata de Enrique VIII “eyaculó” una nueva iglesia.

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[1] Con tanta obstinación rechazaba cualquier acercamiento masculino que Thomas Wyatt, poeta de aquella época, escribió: “Whoso list to hunt, I know where is a hind,/ But as for me, alas!  I may no more,/ The vain travail hath wearied me so sore;/ I am of them that furthest come behind./ Yet may I by no means my wearied mind/ Draw from the deer; but as she fleeth afore/ Fainting I follow; I leave off therefore,/ Since in a net I seek to hold the wind./ Who list her hunt, I put him out of doubt/ As well as I, may spend his time in vain!/ And graven with diamonds in letters plain,/ There is written her fair neck round about;/ ‘Noli me tangere; for Cæsar’s I am,/ And wild for to hold, though I seem tame’”.