Revista Diario

Blogonovela: Confesiones de una Esposa Extranjera. Parte XV

Publicado el 13 enero 2013 por Historias De La India @HistoriasIndia

1960

Tierra de Oportunidades

Febrero 1972

A mis veinticinco años, me sentía orgullosa de mi soltería lo que representaba para mis padres un verdadero dolor de cabeza. Mis viajes a Calcutta cada dos semanas, a conocer chicos de familias prominentes, en más de una ocasión espantaron muchas madres  por mis inclinaciones artísticas. Cada cumpleaños solo reducía las posibilidades de conseguir un candidato apropiado para mi estatus social y mis padres no lograban comprender mi renuencia al matrimonio. Veían con envidia a todas las amigas de mi infancia ejercer su papel de esposas a tiempo completo, entretanto yo soñaba por consagrarme como bailarina viajando a tierras lejanas. No alcanzaban a comprender porqué me resistía a ser parte de una sociedad obsesionada con la jerarquía, el poder y los matrimonios concertados.

La noche de mi debut el teatro estaba a reventar. En la nueva India independiente la danza clásica había recuperado el prestigio de antaño entre los círculos artísticos y esa memorable noche representaría el personaje de Sita en la épica del Ramayana. El aroma del jazmín entrelazado en nuestros cabellos flotaba en el ambiente mezclándose con el aceite de coco que hacía relucir nuestras cabelleras color azabache. Espesas capas de maquillaje se iban depositando en la tersura de nuestra pieles hasta que el espejo devolvía un rebuscado acento dramático sobre los rostros.

Los dieciséis bailarines nos inclinamos tocando los pies de nuestro guru antes de salir a escena buscando su bendición para crear magia sobre el escenario. Esa noche bailé como si nadie estuviese mirando, como si la misma Sita se hubiese apoderado de mi alma en trance y cada una de mis extremidades obedecía sólo a sus dictados. Mis dedos dibujaban mudras, flexionaba mis rodillas y la cadera se contoneaba mientras adoptaba la actitud del personaje con la cabeza adornada por la luna en cuarto menguante, recibiendo a Rama en mi cabellera. Las campanillas que llevaba en los tobillos tintineaban armoniosamente con cada movimiento y mis brazos y manos se movían a un ritmo acompasado relatando con gran fervor la popular historia. Entre miradas embelesadas, los vítores y aplausos no se hicieron esperar.

Lo vi por primera vez en la modesta reunión que celebró nuestra primera victoria. Se encontraba charlando con un grupo de intelectuales que brindaban su apoyo en algunos eventos. Vestía de blanco exhibiendo su rizada cabellera abandonado en sus firmes convicciones. Aún recuerdo su fresca sonrisa y sus maneras desinhibidas las cuales acompañarían ese temperamento poco convencional durante toda su vida. Y fue esa misma sonrisa la que cautivó mis sentidos cuando por un capricho del destino nuestras miradas se cruzaron súbitamente. Desde entonces, nunca más nos cansamos de mirarnos. Nos convertiríamos sin  proponernos, en una de esas extrañas parejas que se casaban por amor. 

Vikas era pintor y los entendidos decían que había nacido con la naturalidad de los genios. Había encontrado en la danza clásica una musa de inspiración, razón por la cual se encontraba en Madrás* desde hacía varios meses. Nuestras primeras salidas se convirtieron en largas caminatas por el río Adyar donde disfrutábamos de los atardeceres y entre cada puesta de sol nos fuimos enamorando. Bajo un cielo salpicado en naranja, posé para un retrato con mi traje de Sita, envuelta en satín dorado y motivos en henna…un simbólico presente que sin saber facilitaría la independencia de nuestras almas. La despedida llegó cargada de sollozos y promesas a sabiendas del tortuoso camino que aún debíamos recorrer.

Su familia era de Porbandar , una región costera famosa por ser la cuna del Mahatma y en el año 1960, pasó a ser parte del  recién formado estado de Gujarat…vestigios de la India Británica. Vikas era el menor de tres hermanos y a su vez cuatro años menor que yo, razón suficiente para encontrar resistencia hacia nuestros proyectos. Sus cartas desbordaban pasión y a medida que avanzaban los meses sus letras se inundaron de una infinita tristeza ante el antagonismo hacia nuestros deseos, pero su alma libre nunca se desanimaba impulsado por una determinación que nunca conoció de obstáculos.

El Bharata Natyam había adquirido fama internacional, no sólo porque atraía la audiencia Occidental, sino porque por primera vez era aceptado y admirado por artistas de todo el continente Asiático. En la década de los sesenta, los Estados Unidos experimentaba dramáticos cambios culturales. Su comunidad Afroamericana protagonizaba revueltas reclamando respeto por sus derechos civiles. Había llegado el momento de enfrentar su historia y hacerse responsable de incluir a todos sus ciudadanos equilibrando sus diferencias. Dichos cambios abrieron las puertas a la admiración por las culturas Asiáticas despertando un voraz apetito por descubrir otras maneras de experimentar el mundo. Afortunadamente dicho proceso fue bidireccional y despertó un gran entusiasmo entre la comunidad artística de nuestro país. Los currículos de las universidades Americanas comenzaron a incluir música y danzas no Occidentales desarrollando el campo de la etnomusicología  abriendo asi nuevos caminos y rutas que transitar.

En el año 1961 nuestro grupo de danza recibió una invitación para representar a la India en el “Encuentro de Danzas entre Oriente y Occidente” a celebrarse en Tokyo…finalmente la gran oportunidad había llegado. Las chicas indias eran reacias a abandonar sus hogares y a emprender largos viajes hacia otras latitudes; y los padres tampoco estaban dispuestos a enviar a sus hijas tan lejos, por fortuna, mis padres tenían una visión diferente de la vida, siendo así seleccionada como bailarina principal. Tres semanas más tarde nos encontrábamos en el imponente Metropolitan Hall ante una audiencia de más de dos mil personas. Bailarines del Occidente, Japón, Tailandia y China conformaban parte del espectáculo. Nunca habíamos experimentado el gran reto de  enfrentar un auditorio fuera de nuestro entorno cultural. Durante la presentación no sentimos la calidez acostumbrada del público de la India, ni tampoco nos preparamos para la indiferencia de los Japoneses. Solo aplaudieron al final mostrando unos rostros serios e inexpresivos. Bajamos del escenario desmotivados, arrastrando nuestra pena con los ojos humedecidos de lágrimas. No obstante, los titulares de los periódicos locales nos tomarían por sorpresa la mañana siguiente al resaltar la extraordinaria actuación. Nos habíamos ganado el boleto para continuar nuestra gira hacia Osaka y Yokohama. Tokyo fue un punto crucial en mi destino y en el mundo, al darse a conocer el poder de la danza narrativa…la semilla se había sembrado.

Nuestras cartas cruzaban semanalmente las fronteras inundadas de rebosantes ilusiones. Vikas se encontraba en Londres donde perfeccionaba sus dotes artísticas y al año siguiente la Sociedad Asiática de Nueva York me invitaba  para un tour a todo lo largo y ancho del país. El esfuerzo, la perseverancia y la disciplina finalmente se veían recompensados consolidando un futuro profesional promisorio. Abrí el baúl donde guardaba sus cartas mientras preparaba mi equipaje para el largo viaje. A veces las misivas de Vikas legaban acompañadas de bocetos en carboncillo. Miré con detenimiento los esbozos de mi rostro sonriente o en ocasiones con una expresión melancólica representada en trazos firmes y fluídos. Del fondo del baúl saltó un lienzo cuidadosamente enrollado y cubierto en papel de seda, al abrirlo recordé vívidamente aquella tarde antes de nuestra despedida. Lo volví a empacar con delicadeza y decidí que atravesaría el atlántico en compañía de las figuras de Shiva y Ganesha.

El tour comenzó en Agosto en el Festival de danza de Jacob’s Pillow ubicado en la pequeña localidad de Becket al oeste de Massachusetts. Este importante festival atrajo importantes audiencias de Nueva York y Boston y entre sus participantes se encontraban importantes bailarines de otras culturas y diversas partes del mundo. La elegante limosina nos recogió en nuestro hotel del centro de Manhattan y a través de los cristales observaba maravillada la moderna autopista Taconic State desde la cresta oriental del valle del río Hudson, deleitando más adelante mi vista ante la impresionante escena de las colinas de Berkshire. Al llegar a Becket, el organizador nos recibió graciosamente abriendo la puerta del automóvil y ejecutando la pose de Nataraja*. Al fondo del paisaje, la bandera de la India ondeaba desafiando la brisa de Agosto.

Dias más tarde, continuamos el recorrido hacia la Universidad de Wesleyan en Connecticut donde particularmente mi ejecución dejó una honda impresión. En Septiembre visitamos Washington, D.C.  y nuestra invitada de honor fue la primera dama Jacqueline Kennedy quien manifestaba abiertamente su fascinación por la India. Filadelfia, Nueva Jersey y hasta la Juilliard School en Nueva York abrieron sus puertas para recibirnos. 

Se convirtió en un secreto placer sumergirme en las calles Neoyorquinas. A nadie le importaba mi aspecto, si llevaba o no una dupatta cubriendo mis hombros; si usaba el cabello suelto o recogido; si mi piel era negra o amarilla; caminaba libremente como una más del montón. Gruesas gafas de sol ocultaban el rostro de adolescentes de cabello corto que circulaban a paso apresurado entre las brillantes marquesinas de los teatros. Los edificios tocaban el cielo y los autos descapotables eran conducidos por caricaturas de Audrey Hepburn enfundadas en vestidos negros. El destino quiso que me topara en la quinta avenida con una pequeña galería de arte de paredes blancas apoyadas sobre un brillante piso de madera seccionado en listones. Recorrí con calma todas y cada una de las obras exhibidas y al cabo de una hora, un caballero de mediana edad me abordó con gesto amable elogiando mi elegante vestimenta. El Sr. Steinberg era un judio inmigrante con un triste pasado y una profunda pasión por las artes Orientales. Más tarde en su oficina, ahogados en enormes tazas de café, charlamos sobre la danza clásica, las dotes y los matrimonios concertados y al cabo de dos horas, me animó a regresar al hotel a buscar el lienzo de Vikas. Su ojo experto mostró profundo interés en la obra y antes de retirarme prometí regresar con más pinturas en mi próxima visita. Las semanas posteriores cerramos nuestra apretada agenda en la costa oeste del país con presentaciones en Chicago, San Francisco y Los Angeles. La última parada fue Hawaii donde tomamos el vuelo de regreso a casa. Llegué a Madras plenamente satisfecha de esa gran experiencia y sobretodo convencida de haber encontrado la tierra de las oportunidades.

A pesar de la oposición de nuestras familias Vikas y yo siempre mantuvimos viva la esperanza de estar juntos, la cual se transformó en una fogata de luz cuando recibí una oferta para dar clases de danza clásica en la Universidad de Wesleyan en la cátedra de música étnica. Vikas había establecido contacto con el Sr. Steinberg y sus obras ya gozaban de cierto prestigio entre los círculos artísticos. Así que en el año 1964 decidimos reinventar nuestras vidas y luego de una sencilla ceremonia alrededor del fuego sagrado entre amigos, compañeros y vecinos, tomamos un vuelo rumbo hacia nuestros sueños.

América nos recibió con optimismo como la madre abnegada que mima a sus hijos. La apacible ciudad de Middletown, con sus casitas neo coloniales e inmaculados jardines ofrecía el ambiente perfecto para dos recién casados. Vikas incursionaba en el pop art con el mismo entusiasmo que yo desafiaba los ritmos de la polka y el flamenco y en las calurosas noches de verano saciábamos una voraz aficción hipnotizados frente a las gigantes pantallas de los autocinemas. Las telas de mis saris se transformaron en  modernos vestidos acampanados que bailaban al ritmo de las canciones de los Beatles. Las exposiciones de los cuadros de Vikas cada vez eran más exitosas. Viajamos a todos los rincones del planeta logrando combinar nuestras tradiciones y el modernismo en una lucha para coexistir en completa armonía en este nuevo universo lleno de cambios.

La sociedades evolucionaban, los paradigmas se rompían, pero la mentalidad India seguía sumida en un profundo letargo. Nuestros padres castigaron nuestro atrevimiento al no contestar de vuelta las decenas de cartas que enviábamos mensualmente. Solo mi madre escribía eventualmente algunas líneas breves, tristes y distanciadas. Sin embargo, una calurosa mañana de Junio en 1970 recibí un telegrama que presagiaba malas noticias….mi madre reclamaba urgentemente mi presencia de vuelta en la India ya que mi padre había tenido un accidente y se encontraba agonizando en su lecho de muerte. Era hora de regresar a enfrentar los fantasmas del pasado…

Mi viejo murió antes de mi regreso y solo algunas fotografías en sepia me devolvieron el recuerdo de su sonrisa. Mi madre había envejecido y bastó una dulce mirada para reconciliarnos. Pero la dicha de mi reencuentro duró muy poco al encontrarla dormida para siempre en su cama dos meses después de la muerte de su amado. Nos establecimos en Calcutta y en la parte posterior de mi casa fundé una pequeña academia de danza donde no tan solo enseñaba Bharata Natyam sino también diversos ritmos foráneos. Vikas, al igual que muchos pintores de la época, revivía en sus lienzos el arte popular tan severamente afectado durante el colonialismo Británico con la firme convicción de dejar un legado palpable para las futuras generaciones. Nuestra vida transcurría sosegadamente tratando de perdonar nuestro pasado en una lucha constante contra el obstinado tradicionalismo.

Vikas jamás superó la indiferencia de su familia, salpicando su pena en las expresiones tristes de sus retratos, pero ese año el monzón trajo a Vijay Patel, el padre de Vikas, sellando con un fuerte abrazo casi una década de dolor. El cielo lloró sin parar durante seis noches y seis días como si presagiara tanto resentimiento acumulado por la ausencia. Vijay Patel era un hombre fornido, de pocas palabras, con la piel tostada por el sol y en medio de su entusiasmo, charlaban durante horas como si quisieran recuperar en un solo día el tiempo perdido por la arrogancia y la vanidad. Su padre le propuso regresar a su hogar y participar en el proyecto de construcción de los terrenos de la casa del rio. Su propuesta era inesperada y Vikas le pidió tiempo para pensarlo. Durante meses Vikas y yo discutimos la posibilidad de regresar a su tierra, la sola idea de pensar que perdería mi independencia me causaba escalofríos. Eran muchos años de autonomía y emancipación que se verían amenazados ante la idea de vivir con su familia. Al final, perdí la batalla, invitando a la desdicha a visitar mi porvenir.

Porbandar descansaba frente al mar arábigo abarrotada de calles polvorientas. Las casitas de piedra blanca se mezclaban con los largos minaretes de sus mezquitas. Llegamos a la austera construcción de dos plantas que albergaba a la familia Patel en el centro de un verde jardín custodiado de altas palmeras. Cuatro habitaciones, dos arriba y dos abajo, una amplia cocina y un baño componían la distribución de la casa. Las amplias ventanas con postigos de madera se plegaban hacia dentro de modo que fuera posible abrirlas para dejar entrar la brisa. Estaban protegidas con rejas de hierro para evitar que entraran los ladrones y reforzadas con una malla de alambre para protegerse de los mosquitos y los monos. Los monos viajaban en grandes grupos y si lograban entrar, destrozaban todo lo que conseguían a su paso. Dormíamos en sharpais* sobre un piso forrado de esteras, para suavizar la dureza del suelo.

Mi bienvenida fue desabrida colmada de gestos apáticos e indolentes. Nalini y Meera, las nueras, eran una década más jóvenes que yo y la primera se encontraba embarazada de Rohit, su primer hijo. Me adapté con facilidad a mi nueva rutina, cocinaba y ayudaba en las labores domésticas como toda esposa Hindú. Atrás quedaron mis vestidos, mis glorias y mis modos Americanos y volví a enfundarme en los pesados saris y las tradiciones que demandaba la sociedad local. Nalini nunca me quiso, era una mujer arrogante con un carácter explosivo que se quejaba de su condición y hasta del aire para respirar. Meera, por el contrario era una mujer dulce pero de naturaleza débil. A pesar de mi origen Brahmin, consideraban desdeñoso mi pasado artístico y así comenzó mi condena, al no practicar más nunca la danza que tanto amé.

Me gustaba caminar por aquella tierra llana situada al lado del mar, bañada por el sol y acariciada por las brisas. Los mercados bullían de gente y de aromas penetrantes abarrotados de frutas y escurridizos pescados que batían la cola contra el suelo. No recuerdo exactamente el momento, pero a los pocos meses las cosas comenzaron a cambiar. Hubo instantes de dicha entre nosotros pero las presiones se originaron al percatarse de mi edad y los fallidos intentos por procrear. En el pasado, habíamos intentado tener niños a pesar de nuestras ocupaciones, pero pensamos que el momento adecuado llegaría sin apresurar los designios divinos. La situación empeoraba ante la llegada inminente de un nuevo pequeñín a la familia. 

Dos meses después de mi llegada, supe que estaba encinta y brincaba dando saltos de alegría al saber que el fruto de mi pasión se desarrollaba dentro de mi vientre. Desgraciadamente a las pocas semanas me desvanecí en la cocina y caí en un pozo de debilidad y sueño infinito del que tardé días en despertar. Cuando lo hice, me encontraba en el hospital donde tuve que permanecer muchos días y lloré hasta secarme al enterarme de la muerte del ser que venía en camino. Mi convalecencia  sirvió para poner orden en mis sentimientos y para sopesar el alcance de lo que los últimos meses habían supuesto. 

Vikas me visitaba a diario y me traía comida que fui incapaz de probar, lo único que hice fue llorar. No pensé, no reflexioné, ni siquiera recordé. Sólo lloré.

Lloraba de cansancio, lloraba por mis sueños y odiaba mi incapacidad de enfrentar mi realidad después de haber sido un alma independiente. Temía volver a esa casa sombría, mezquina, llena de envidias e intrigas cuyos ocupantes vivían entre susurros, sumidos en un universo oscuro y abrumador…

GLOSARIO DE TERMINOS:

*Madrás: Actual Chennai. Nombre de la capital del estado de Tamil Nadu durante el Imperio Británico.

*Nataraja: representación del Dios Shiva en su forma del bailarín cósmico.

*Pujas: Oraciones Hindúes

*Sharpai: Cama sencilla formada por un bastidor de madera y una superficie de tiras de cuero.

Continuará…

Historia de Ficción original de:

Lorena Mena

Ilustraciónes:

Lorena Mena


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LOS COMENTARIOS (1)

Por  Dr Mau
publicado el 30 mayo a las 12:28
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Hola Lorena:

Empecé a leer esta Blognovela la semana pasada, y no pude sino leer y leer. Pienso que escribir y publicar es muy interesante, porque no puedes regresar a los primeros capítulos y acomodar la historia de nuevo. Te felicito. Un abrazo latino desde Thailand!