Burbuja: Un entrenamiento para cambiar de vida (III)

Publicado el 07 marzo 2017 por Sara M. Bernard @saramber
Un día especialmente duro en la batalla sangrienta de ideas opuestas. No en vano tengo un remolino en la frente y otro en la coronilla; cuando se sincronizan, son un tornado categoría EF5.
La creación es el único camino, pero gira de un lado a otro con violencia. ¿Vamos al lado luminoso? ¿a un post, a un vlog para Youtube donde respeto mi posición fuera de ninguna parte? ¿al humor y el agradecimiento? O por el contrario me restriego por el lado más tenebroso, por el dedo acusador de una sociedad imbécil que consiguió aplastarme. Por explicar que aquella indefensión aprendida que se empeñó en salir en la introducción de mi libro en realidad -suele pasar que prevea ciertas cosas por escrito- era mi autodiagnóstico, sin saberlo. Recordar al ex jefe que me provocó pánico a una cámara y a los programas de edición de vídeo después de haberme formado específicamente en eso, y el coste interno, personal, completo al fin, del aguante como "adulta responsable" en un ambiente de trabajo en el que todos eran retrasados mentales menos el jefe, en ambientes anteriores donde ser periodista no tenía mérito alguno como carrera porque hasta la bisabuela aporreando un teclado con su bastón también podía hacerlo mejor que tú. Y ser muy oscura, y muy mal hablada, contando que eso es España, que curiosamente alguien con altas capacidades intelectuales acabe por pensar que es inútil hasta, por inventar un ejemplo, impartir sencillas clases de iniciación a la informática como recurso para tener algo que llevarse a la boca. Y acabar arrastrando cajas. O contarlo desde el lado humorístico en vez del borde, porque detesto lo que hizo Lucía Etxebarria en su momento liándola parda con el tema cuando se explicó tan mal. Sí, mejor el tono graciosete. No, mejor echar veneno porque es demasiado kafkiano-deprimente y de tan deprimente, pasa a lo risible. No, mejor música. No, mejor cagarse en la nueva moda de las etiquetas, siguiendo las gilipolleces: soy una millennial-X.
Bum.
Alguien reflexionaba por las redes sobre los cambios en esa generación cercana a los 40 o un poco por encima, el detalle de unos valores en la adolescencia que cambian a otros literalmente opuestos. Me maravillo de la reflexión, porque sigo en mi burbuja pelada. Lo mismo que quería entonces, quiero ahora. Lo mismo que pensaba entonces, pienso ahora. El problema no es la ausencia de evolución palpable, sino que antes pensaba mejor. Y por el camino del tiempo, he sido convertida en pedazos incoherentes separados entre sí como en  un potro medieval de tortura, hasta que el azar ha querido reunirlos, amontonarlos, componer el mismo dibujo. He tenido la suerte de que todo lo que imaginé se ha hecho realidad en una generación posterior. Y lo que surge no es envidia (puedo seguir haciendo y pensando lo mismo que hacía y pensaba) sino el resentimiento de haberme odiado a mí misma porque nadie lo compartía. Eso sí que ha sido perder el tiempo. 
El mismo esfuerzo que hago para hablar de ese Resentimiento en el libro y corregir el tono resentido, usando la distancia, es el que intento forzar hoy. No quiero una úlcera por el veneno, quiero seguir aprovechando el tiempo. 
Sonrío con la casualidad espontánea de la semana pasada, en la Jam, sin prepararlo volvió a tener voz el poema The Rock Is Dead
Si la fuerza se os va por la boca yo
la llevo acumulando años entre mis manos.
Soy la cabeza que manejaba el secreto del humo.
Dame el micrófono que me perteneció
y me quitásteis sin preguntar,
cuando vigilaba el vaso grande en la tierra
donde los ponen de tubo.
No te miento, estoy cansada de esconder
la inteligencia, seguro que estas letras no te
interesan pero reclamo el ahora
de cuando mis 18 y siempre puedo volver a imprimirlo sola
y hacer mis recitales
para invitarte.

Malísimo, pero proverbial. Es de 2012.