
Entonces el gran rabí exclamó: Emeth!
Y La verdad, la vida, sobre el Golem soñaba.
La arcilla tembló, se movió, exhaló y enmudeció de nuevo.
El judío creyó dar vida, quizás fue así.
Pobre rabí nunca lo supo
A la arcilla su verdad llegó,
Al muñeco con la permutación sagrada hizo.
Las manos, para mover el universo,
Los pies para habitar e ir firme hacia el desvelo,
Los ojos como dos océanos llenándose de otros simulacros,
La cabeza, el cabello, el sexo anunciando la prosapia
Y una boca para dejar escapar el alma o el mero viento hipnotizado.
Adán, eso buscaba el rabino y en la roja arcilla
Al hombre lo mezcló con la sangre delirada de su sueño.
Cada noche un número, una letra, un pedazo de corteza,
Una clave agotaba el pobre anciano en su quimera.
Pero el barro, cada día más barro aparecía.
Del árbol de la vida sólo una roja hoja de otoño mantenía
Y de la Torá apenas una esperanza recibía.
Pero un día en que el Sabatt alrededor de la hoguera celebraba
Algo apresuró casi desnudo hacia el taller al distinguido.
Sacó al pavo real para no sentirse vigilado
Por los ojos de un Dios
que en lo alto de los penachos
del ave lo celaba.
Y llorando sobre dos monedas de plata
El juda en los ojos de la arcilla las selló en silencio.
Un círculo de sal en rededor dibujó contrito,
Los amuletos al río los lanzó sin miedo
Y desnudo ante la figura de barro exclamó seguro.
Pero este simulacro,
al ser tierra, como tierra repitió impasible
Y de su eco la palabra muerte rebotó hasta el rostro
Aterrado del judío.
Cada letra de la palabra Meth a los ojos del rabí cegaron.
La arcilla tembló, se movió, exhaló y enmudeció de nuevo,
Luego fue derrumbe,
una baraja de barro desplomándose en silencio.
Todo en polvo se convirtió aquel día.
Emeth gritó el rabino,
Meth le contestó el modelo.
Y al unísono los dos cuerpos fulminados
Por el suelo rodaron repletos de Nada y de ceniza.
