Revista Literatura

Caderas de seda

Publicado el 23 abril 2012 por Elenanura

La seda o gasa que yo de eso no sé, cae y se desliza cadera abajo.  Llevas un vestido fino, de esos de gala, yo un frac prestado con olor a naftalina.
El orquesta suena al fondo. Me apoyó en la barra, de lado, divisando la pista de baile, y al camarero que me pregunta que ¿qué va a ser?, -un ginctonic. Que para empezar, me digo, sienta bien. Prendo mi cigarrillo, sin filtro. Un día de estos dejaré este vicio. Otros no, sólo este. Estoy tranquilo, la noche es larga, no necesito nada, todo está bien, me miento.
Te veo. Bailas con un tipo repeinao, musculitos prieto, de traje de Emidio Tucci y seguramente perfumado con Hugo Boss. Miro de reojo mi frac prestado, aún es pronto, me digo. Aún se puede notar su olor a naftalina. Esperaré a que el ambiente se caliente, a que todo huela a fiesta para salir a bailar. O quizás no, quizás lo haga antes. Sólo un momento, el suficiente para que te fijes en mi. Luego volveré a la barra, a tomar otra copa. Si, mejor así. El musculitos te agarra de las caderas, no hace falta, pero él te hace menear, te sacude, con el estilo de alguna clase de salsa, de la que parece haber aprendido poco. ¡Como si a ti te hiciera falta que alguien te hiciera mover las caderas!
Ahora hay más gente, la pista se llena, pronto darán las doce. Quizás sea demasiado evidente mi plan, aquí solo, apoyado en la barra. Ojeo al resto del personal, y entablo conversación con otro barco encallado que encuentro a mi lado. El tipo me acaba contando su vida, maldigo la hora que le di pie. Me excuso, voy al lavabo, le digo. El tipo se queda mirando al vaso. Y yo te busco. El musculitos se acerca entonces a la barra. Sí, tenía razón, huele a Hugo. Va que revienta el paño con sus bises, a mi me huelga el mío. Camino del servicio, te diviso, caminas delante de mí. Miro tus caderas, son generosas, como siempre, meneas de un lado a otro, no me importaría acercarme, decirte mi nombre, hacer que me veas, pero no encuentro palabras, paso a tu lado con tan solo un disculpe. Y entro en el lavabo, del que tampoco tengo necesidad. Al salir sigues allí, tu cola siempre es más larga que la mía. Vuelvo a dudar, ¿me acerco?, no, mejor no. Disculpa, me dices, pero no como para pedir paso, no, como para hablar conmigo. ¿Tienes fuego?, que tonto, la escusa más vieja del mundo, podía haberla usado yo. Pero bueno, no importa, prendo tu cigarro, humea blanco. Me miras, clavas tus ojos en los míos. Hace rato que me miras, me dices. Sí, no dudo, me doy cuenta que ya no tartamudeo.
Cuando el musculitos apareció con las copas en la manos, las mías estaban en tu cintura, y las tuyas en mi cuello. Lo siguiente que sentí fue su puño prieto como sus bises.   ¿Te acuerdas? -te pregunto.
Ríes. Sí ¿cómo no?
Hace tanto, veinte años hoy ¿no?
Si.
Aún me duele la mandíbula cuando rio. Aunque, ¿sabes qué?, valió la pena.
Lo sé.

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