Revista Talentos

Cafca y pesadilla

Publicado el 07 noviembre 2015 por Sylvia
Ayer vi con B, el comercial japonés que calma el llanto de los bebés [AQUÍ]. Funciona que da miedo. Y es que no "calma" el llanto, sino que lo termina. Empezaba B el lloriqueíto de que iba a llorar, iba yendo a más, cuando pongo el comercial, y no es que haya sonreído y cambiado de ánimo, no, salieron de su ser unas dos o tres expresiones de "quiero llorar", ¡pero no pudo! Se quedó embobada con el video; cuando terminó, volvió su lloriqueíto de "quiero llorar", y ya me parecía a mí que debía darle espacio a su llanto, pero no pude resistirme: volví a ponerlo, y lo mismo, pero más instantáneo y ella embobada. Traté de darle pecho, pero ella volteaba a ver la imagen. Y lo hice de nuevo. Subsumida totalmente. Pero no tenía cara de feliz, complacida o relajada, solo de subsumida en el extraño mundo de Cafca.
No creo que vuelva a hacerlo. Yo creo que el llanto hay que respetarlo. Claro que prefiero que B no llore, por ella y por quienes la oímos; pero el caso no es callarla, sino atender la demanda para que se pase su malestar. No obstante esa intención, los niños, a veces lloran, y en ese caso, pues hay que acompañar. Es increíble que haya que repetirlo, pero: los bebés no necesitan ejercitar sus pulmones llorando. Y no: los bebés no lloran porque sí: lloran porque se sienten mal, aunque eso a veces no sea ni por hambre, ni por frío, ni por dolor... es decir, tal vez se sientan mal por algo tan imperceptible o incomunicable, que hay que decir que se sienten mal porque sí, pero se sienten mal.
El caso es que el comercial me da miedo. Tal vez es la causa de la noche de pesadillas que he tenido (aunque B duerme como la bendita que es).
Me cuesta mucho narrar mis sueños, así que solo mencionaré algunos puntos importantes.
Primero, iba a haber un toque de queda; yo tenía dos opciones de casa para quedarme, una de ellas, en lo que en el sueño era la casa de mi abuela; el papá de mi niña está entre quedarse en un sitio o el otro; al final yo abro muchos gabinetes de la cocina, y él se queda en otro lugar; cuando se va yendo, le recuerdo que hay toque de queda, y empiezo a sentir preocupación. Antes de la hora, salgo al patio de la casa en la que estoy; hay más gente; llegan unos soldados con armas largas, y apuntan a varias personas, con toda calma, como jugando; eso no me gusta y como que voy a irme, pero no puedo; ellos acomodan a las personas para tomar una foto como si fuera un ataque; hay maniquíes; alguien dice "qué fraude"; yo estoy por irme, pero no puedo [debo estar influida por El ángel exterminador]; los soldados hacen que las personas vayan a una esquina, todas juntas, yo voy hacia allá para no significarme, pero ya estoy a unos metros de todos, y se me acerca una mujer que no había aparecido en el sueño, pero es de ellos; va a inyectarme; trato de evitarlo pero no puedo; un hombre negro me hace señas: tengo un hilo largo enterrado de una aguja; no sé si puedo sacarlo. Creo que lo saco pero ya he estado sedada, o no sé qué. Los soldados salen y todo en el patio medio se va recuperando, la gente va despertando; yo salgo también, los veo andar por ahí. Creo que voy a la otra casa donde tenía opción de estar. Falta menos tiempo para no poder estar en la calle. No sé si llegó la hora, pero la gente hace filas para entrar a algún lado; hago una fila, pero están entrando a sitios más oscuros que cualquier oscuridad que haya visto: no se ve absolutamente nada, como entrar a un hoyo negro de oscuro, supongo; así son todos los lugares a los que entran. Ya casi todos han entrado a algún lado, y yo sigo buscando; hay lugares medio no tan oscuros abajo de algo, arriba de algo, y no sé si alguien dice o piensa "aquí es donde primero van a venir", y oigo un gruñido como si ahí estuviera una criatura. [Tal vez es un eco del recuerdo de un león e B, que ríe, gruñe y gatea.] Porque los que "van a venir" son criaturas terribles. Le pido permiso a un oficial para meterme a un coche estacionado. Dice que no necesito permiso y me meto. La dueña está afuera con un arma y de algún modo nos entendemos Yo pongo los seguros por si llegan las cosas esas, y pienso que a ella le abriré rápido, pero los vidrios se empañan de vapor: la yo protagonista cree que ella quiere entrar y la yo espectadora sabe que es ella, pero el monstruo está ahí y si abro, va a entrar. Me parece que la mata porque la he dejado fuera de su propio coche. Ahora estoy en una habitación, con un bebé, pero no soy yo: hago el personaje. Unos tipos vulgares quieren entrar por algo suyo, es como si fuéramos amigos de mucho tiempo; yo pregunto si van a quedarse; quisiera que me protegieran; pero no van a quedarse; entonces quiero cerrar la puerta, pero uno de ellos me hace perder el tiempo sin dejarme cerrar; sé que ya van a llegar los malos y me da coraje. A cada momento, el espacio entre la puerta y el marco de la puerta es más grande. Volteo a ver al bebé que he dejado sobre la cama. Rebobino el sueño para dejarlo más al centro de la cama y que no se vaya a caer. Todo el sueño he estado rebobinando, para tratar de librarla. No tengo puerta, y llega la criatura; sería un monstruo muy serie B, y hasta medio tierno. Tiene el toque de La tiendita de los horrores, con boca del comercial de Cafca. Lleva un arma larga con la que apunta hacia nosotros, pero yo le aviento una silla y le hago perder el arma; le aparece un azadón en lugar del arma larga, y a mí vuelve a aparecerme la silla; él o ella avienta el azadón y yo volteó a ver al bebé, que no veo pero sé que está bien; otra vez le aviento la silla, que al mismo tiempo continúa en mi mano. Lo golpeó con ella y se la entierro en el pecho. Parecía un monstruo lento y bobo, pero tal vez fueran muchos, tal vez fueran terribles, y tenía un arma.
Así que maté a dos seres vivos por la noche. Cuando era más joven pensaba que si estaba en medio de una inundación, me dejaría llevar por la corriente esperando ser rescatada (también solía pensar que con seguridad sería rescatada). Hace un par de años, pensé que no, que intentaría ponerme a salvo. Ahora creo que me pondría a salvo.
Silvia Parque

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