Revista Diario

Cómo conseguí ser profesor de escritura creativa | David Orell

Publicado el 22 noviembre 2017 por Kassius9

Cómo conseguí ser profesor de escritura creativa | David Orell

Todo empezó a principios de octubre, justo después de publicar los 10 errores que debí evitar al abrir el blog. Andaba buscando un taller de escritura creativa presencial, barato, en todo caso, con la intención de compartir con nuevos compañeros el arte de la escritura. El tema es que descubrí que no había nada que hacer, ni una mísera intención, ni el rastro de un cursillo abandonado allá por el año dos mil. Sí, ya sé que en Internet hay mil cosas a las que acceder sin tener que levantar el culo del asiento, pero yo no quería eso, quería compartir mano a mano y hablar con otras personas sobre ideas, avances, y/o trucos de escritura. Y estaba viendo que si quería hacer algo no me quedaba más remedio que subirme al 197.

Entonces hablé con la señora M de la biblioteca municipal, donde me confirmaron que en mi propio pueblo no hay interés en la cultura, lo cual es bastante triste que el ayuntamiento disponga  de presupuesto para organizar actos taurinos pero no para talleres culturales. No es una novedad, ¿verdad? Bien, ambos suspiramos y dijimos algo entre nosotros antes de cambiar al siguiente punto de la conversación, que ya no recuerdo de qué iba porque una voz dentro de mi cabeza trataba de decirme algo.

Rebobinando un poco, una luz parpadeante me despertó en mitad de la noche, cuando fui a apagarla, reconocí esa vieja bombilla que apenas dos años antes me empujaba a emprender.
Y ya no pude volver a echar un ojo. Necesitaba darle vueltas al casquillo hasta lograr encenderla del todo. Dicen que fallarás el 100% de las veces que no lo intentes. Tenía dos opciones: resolverlo o meterle un puñetazo y romperla.

Regresé a la biblioteca al día siguiente con esa bombilla en la mano y le pregunté a la señora M qué tenía que hacer para crear un taller de escritura creativa, o si, en cualquier caso, me daba permiso para crearlo allí mismo. De algo estaba seguro esa mañana, quería lograr mi objetivo sí o sí. Tenía claro que si en mi pueblo no era posible, me iría al otro o al otro. ¡Pelo suelto y carretera!

La señora M recordó que había una asociación cultural donde podrían estar interesados y me sugirió también que elaborase un proyecto de uno o dos folios sobre mi proyecto de  iniciación a la escritura creativa. Si quería convencerlos tenía que estar preparado. Así que volví a casa para desarrollar y redactar ese proyecto. Un par de llamadas más tarde, contactaba con dicha asociación y pedí una entrevista. ¡Con dos cojones! Acabábamos de hablar por teléfono pero yo prefería el modo presencial. Empujado por una energía que ya creía enterrada acudí a la entrevista con un hormigueo que ascendía rápidamente por los pies y con un rotundo NO por adelantado. Justo antes de llegar me repetí que no tenía nada que perder, que era tan solo una puerta de otras tantas que me esperaban por abrir.

Suspiré y me armé de valor. Para mi sorpresa, mi entrevistador leía con atención esos dos folios con mi proyecto y mi currículum que adjunté para tener más fuerza. Vale ―me dijo―, hablemos de esto y más detalles.

Salí de la entrevista con una sonrisa en la cara que brillaba más el sol. Mi proyecto estaba a medio camino de hacerse realidad, tan solo faltaba la aprobación del resto de la asociación antes de poner una fecha de inicio. Subrayo que esto sucedió en apenas dos días, con lo cual, mi pequeño mundo y su ralentizada rotación, aceleró a bote pronto como la USS Enterprise.

Los días siguientes avanzaron a la misma velocidad. Y llegó el día de la presentación del taller de Iniciación a la escritura creativa. A escasos minutos de empezar, se presentaron tres personas más a las dos que ya acudieron bien por curiosidad e interés en escribir algo que no fuera la lista de la compra o una carta a un proveedor.

Si alguna virtud tengo es que cuando empiezo a hablar se me pasa la timidez. Sí, soy tímido, en serio. Nadie me cree, pero es así, soy bastante tímido para muchas cosas.

Comencé con un discurso motivacional, pues aunque todos los presentes tengan entre cuarenta y tantos y setenta y cinco años, todos tienen algo que contar. Les derribé en escasos minutos ese miedo a la hoja en blanco, los animé a escribir con ejercicios divertidos y prácticos. Y ahí estaba yo, impartiendo mi pequeño taller cuando una semana antes pretendía acudir a uno como alumno.

La presentación duró casi dos horas, dos horas en las que ellos se presentaron y me explicaron sus expectativas, sus bloqueos y sus ilusiones. Realizaron en total cinco ejercicios prácticos y se pusieron un nombre de escritor para usar dentro del taller. Al final de la presentación me sentí honrado viendo sus caras de motivación y diversión a partes iguales, porque de eso se trataba, de esa premisa que llevo por bandera de que si yo he podido publicar un libro, tú también puedes. Y eso es lo que quieren ellos y sé que, más tarde o más temprano, lo conseguirán.

Nos vemos los jueves por las tardes, me sorprenden con esos textos (los deberes) que leemos antes de empezar las clases, así observo sus progresos y me encanta ver que poco a poco va creciendo esa misma pasión que tanto tenemos en común.

Mis chicos son mayores de edad y tienen muchas ganas de aprender los tipos de narrador, las descripciones, a crear personajes, escenas, y sobre todo, tienen muchísimas ganas de escribir, de pasarlo bien, que de eso se trata.

Y me siento muy orgulloso de ellos.

Cómo conseguí ser profesor de escritura creativa | David Orell


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