
CC Feggy Art
Cuarta parte de “Como fabricar a tu familia”. Tras corregir este borrador publicaré un ebook. Se admiten, por tanto, comentarios
Final
Juan se lanzó a la última opción que le quedaba: aprender él mismo a programar. No faltaba información en los sistemas; si acaso había demasiada: desde matemáticas hasta ingeniería de software; pero todo se le hacía grande y, a la vez pequeño. No necesitaba crear un gran programa complejo, sólo un pequeño toque, encontrar justo una línea que debía modificar para que Madre 4.7 acelerara su inculturización.
Debía dejar de ser humano antes del final de curso. Y le absorbía tanto la tarea que no se paró a pensar si era eso lo que quería. Además debía transformarse pronto. Dos fines de semana volvió sin los deberes hechos y tuvo que aguantar los discursos de su madre, pero le dio igual. Por fin, el tercer fin de semana, tuvo una idea. ¿Y si alguien en Datadad había intentado lo mismo antes? Alguna clase de código para obligar a una inteligencia artificial a hacer lo que quieras. No parecía descabellado.
La única forma de preservar la cultura de Datadad había sido preservar también sus contenidos digitales. Fueran legales, ilegales o sencillamente ridículos: como los dibujos de una clase de primaria, por ejemplo. Y también los descubrimientos de un hacker. De nuevo encontró demasiada información; muchas instrucciones de código alternativas, e incluso programas ya compilados, pero no podía confiar en ninguno. Y luego estaba el tema de la seguridad, ¿cómo se engaña a una inteligencia artificial para que te deje programarla?
–Mamá.
–¿Sí?
–¿Me dejas programarte un poco?
-¿Por programarme quieres decir introducir cambios en mi estructura de pensamiento?
–Vale.
–¿Sabes lo que estás haciendo?
–No muy bien, ¿me ayudas?
–¿Qué quieres hacer?
–Insertarte una función nueva de interacción con el exterior.
–O sea para hablar contigo.
–Sí, algo así.
–¿Por qué? ¿Funciona algo mal? Creo que no.
–No, todo funciona muy bien. Es que… bueno… quiero hacerlo yo. ¿Me dejas?
Madre 4.7 se quedó pensativa un rato. Luego asintió, suspirando. –Está bien.
–Tendrás que ponerte en modo de depuración de errores, porque seguro que habré cometido alguno.
–Muy bien.
Juan no pudo hacerlo. Se sintió como un criminal. Artificial o no, aquella era una inteligencia, un otro ser diferente. Al final evitó el código de los hackers, y puso uno propio, una tontería que distorsionaba la voz de Madre 4.7 y que sólo consiguió que funcionara después de veinte intentos.
–Mamá, –le dijo al día siguiente, –¿no te da pena de qué yo fracase?
–No has fracasado.
–No seré de Datadad, no me dará tiempo a ser igual que ellos.
–Nunca lo hubieras sido.
–Bueno, en lo dentro, en el espíritu. Ya sabes lo que quiero decir, Vida Nueva y todo eso, que no se muera la cultura de Datadad.
–Lo que vive cambia y lo que cambia pierde.
–Y lo que pierde, gana, ya me lo sé. –Era un refrán de Datadad.
–Pues eso. Si Datadad siguiera vivo, su cultura hubiera cambiado. Trebea no construyó la pirámide sagrada de nuestro mundo; la estudió en la escuela, como tú a los egipcios. Lo único que podía hacer era transmitirte nuestra semilla.
–¿Cómo Treabea te hizo a ti?
–Algo así. Ahora lo que Datadad sea, será a través tuya.
