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Cuando dios descansó

Publicado el 10 noviembre 2008 por Joseantoniogarrido
No cabe ninguna duda de que la juventud no está reñida con la genialidad. Y de dejar constancia de ello se encarga una y otra vez la historia, regalándonos ejemplos de jóvenes brillantes que han aportado al mundo sus más gloriosas obras cuando aún eran adolescentes imberbes en unos casos, incluso pueriles jovencitos, en otros. Pablo Neruda, por ejemplo, apenas había cumplido veinte años cuando se publicó la obra poética más leída de la historia, “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. Miguel Ángel ya había esculpido el “Cristo crucificado” a la edad de diecisiete años, y a los veinticuatro había terminado “La Piedad”, que hoy se puede contemplar en la Basílica de San Pedro, en El Vaticano, y que se erige como obra cumbre de una etapa del artista. Y qué decir de Mozart, el niño prodigio por antonomasia, que publicó sus primeras creaciones a los cinco años y que a los catorce ya había sido nombrado maestro de conciertos de Salzburgo y Caballero de la Orden de la Espuela de Oro, del Vaticano.
La ciencia tampoco está exenta de paradigmas de precocidad. James Watson, por ejemplo, tenía sólo veinticinco años cuando estableció, junto a Francis Crick, su famosa doble hélice como modelo estructural para el ADN. Y un ejemplo, quizá menos conocido, pero igualmente notable, lo presenta el estadounidense Stanley L. Miller.
Miller tenía sólo veintitrés años cuando le propuso a su director de tesis realizar un experimento con el que poder demostrar la teoría propuesta unos años antes por el científico ruso Alexander Oparin. Según esta teoría, cuando en la Tierra aún no existía ninguna forma de vida, se habrían producido una serie de reacciones químicas que dieron lugar a los primeros compuestos orgánicos a partir de compuestos inorgánicos, aprovechando la energía de los rayos ultravioleta que incidían sobre la Tierra, las descargas eléctricas que se producían en la atmósfera y la elevada temperatura a la que se encontraba nuestro Planeta. El director de Miller se mostró un tanto escéptico ya que pensaba que el ensayo no podría mostrar unos resultados concluyentes, pero el joven científico insistió y entre los dos diseñaron un experimento cuyo objetivo era simular las condiciones de la atmósfera primitiva. Así, introdujeron en un recipiente cuatro de los que fueron compuestos mayoritarios en nuestro planeta hace miles de millones de años como son el metano, el amoniaco, el hidrógeno gaseoso y el agua. Estos cuatro elementos aportan carbono, nitrógeno, hidrógeno y oxígeno, necesarios todos para la síntesis orgánica. Posteriormente, esta mezcla fue sometida a descargas eléctricas de 60.000 voltios para comprobar que se habían formado una serie de moléculas tales como ácido acético, glucosa o algunos aminoácidos. Así quedó demostrado el origen inorgánico de las moléculas orgánicas, adquiriendo aquella mezcla de elementos químicos el nombre de “caldo primordial” o “sopa de Oparin”.
Contrariamente a lo que pensaba el director de Miller, el experimento resultó concluyente. Pero de ahí a demostrar el origen de la vida quedaba un largo trayecto. Establecer la línea que llevó a unas simples moléculas a organizarse para formar una célula implica, necesariamente, la elaboración de una serie de hipótesis que deben ser capaces de ligar la aparición de los ácidos nucleicos a la aparición de las primeras reacciones metabólicas. En la actualidad se acepta como válido el conocido como “modelo del mundo de ARN”. Según esta teoría, el ARN –o algún pariente muy cercado a él- fue el primer ácido nucleico que apareció y lo hizo de forma natural y espontánea, como una simple asociación de moléculas que llegó a adquirir la capacidad de autorreplicarse. Posteriormente, algunos lípidos, dadas sus características químicas –cabeza hidrofílica y cuerpo hidrofóbico- se unieron para formar microesferas, que resultaban estructuras mucho más estables, energéticamente hablando. Cuando estas microesferas captaron en su interior a las primeras moléculas de ARN, se puede decir que apareció la primera protocélula, que pudo crecer y reproducirse gracias a la capacidad que fue adquiriendo de transformar la energía externa en energía interna para dar lugar al metabolismo.
El origen de la vida en la Tierra ha suscitado un gran número de campos de investigación a lo largo de la historia. Y no sólo hablamos de campos científicos. Durante mucho tiempo fue la religión quien impuso su teoría creacionista ilustrada en el libro del génesis. Para ella, el séptimo día Dios descansó. Para la ciencia, fue entonces cuando todo empezó.

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