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CUENTITO: "Los pies salidos de la cortina"

Publicado el 06 enero 2010 por Palitoh24

El maldito gato, embustero y calculador, no emitió ni un sólo sonido la noche en que María y Pedro se dignaban a limpiar el baño recién terminado de "reconstruir".
A Pedro todavía le retumbaban en la cabeza las quejas de su esposa: "que bueno sería tener bañera"... "los azulejos cada día me gustan menos"... "la mampara es imposible de limpiar"... "sale poca agua de la ducha". Pero por suerte todo eso había quedado atrás, y ahora ante sus ojos se erigía una preciosa bañera, acompañada con unos azulejos verde nacarado brillantes y embelezadores. Si a eso le sumaba el hecho de que se animaron a sacarse un ojo de la cara para el sistema de hidromasaje, era el baño de sus sueños, digno de envidia por cualquier revista de moda que María guardaba debajo de una mesita ratona que en ese momento Pedro no recordaba dónde estaba ubicada.
La casa de los Llamosas no era muy grande. Tenía un patio bien ancho que cubría toda una extensión de césped que rodeaba la casa, que más bien era una cabaña gigante. A María siempre le habían gustado las casitas al estilo Suiza que había visto en su luna de miel, hacía 7 años atrás. Todo parecía tan lejano con el nuevo baño, que la euforia por la casa nueva había quedado archivada en las emociones correspondientes a los dos años anteriores a la noche en que los ruidos inundaban la cuadra.
"Los ruidos"... eso perturbaba a Pedro. Pero María estaba tan ansiosa por sorprender a Micaela y Samanta, sus dos mejores amigas y vecinas, que pidió expresamente cerrar las cortinas y apagar la luz de la galería delantera para que no hayan sospechas de actividad estilística que implique una renovación en el aspecto de una de las casas más codiciadas del barrio Los Laureles.
"En realidad, no había pasado mucho tiempo desde que empezó el bochinche", pensó Pedro. Ahora que lo notaba, no hacían más de veinte minutos desde que le pareció escuchar algo en la televisión, similar a una risita cómplice, para luego darse cuenta que el aparato estaba apagado al ir a corroborar la procedencia del sonido. Ni hacían más de diez minutos desde que la vereda había empezado a tener mucha concurrencia, y que, de hecho, hasta le pareció que arrojaron cosas hacia su patio lateral (una suerte de garaje improvisado en los días sin lluvia).
Pero eso no importaba. El baño. El baño. María rebosante de alegría. La bañera rebosante de agua, y María insinuando probarla juntos, con un champagne y un buen baño calentito ni bien terminaran de limpiar el enchastre que habían hecho los albañiles al terminar de colocar el nuevo inodoro (ya que estaban, la hicieron completa, porque no iban a dejar ese Traful viejísimo que vino con la "choza", como le decía María). "Eso. Hay que celebrar", pensó Pedro, a quien la idea de pasar la noche en la bañera con su esposa lo atraía tanto como la primera vez que habían estado juntos cuando eran novios: en una bañera.
La cabeza del matrimonio estaba en cualquier parte, cuando por fin el gato se movió. Dio un leve saltito para cruzar la pila de libros de Física que horas atrás Pedro había dejado tirados para ir a ayudar a María, que se encontraba en aprietos con el mueble que iba encima del lavabo. Luego rodeó la mesa del comedor; la cocina; pasó por al lado de la heladera; hasta finalmente pararse frente a su más entretenido espectáculo de esa noche: las cortinas.
De un verde musgo intenso, elegidas por María, por supuesto, las cortinas reposaban como vigilantes del comedor y el living, altaneras y gruesas, capaces de cobijar al gordo gato de cara chata en esas noches de invierno que la casa no soportaba por su estructura de madera.
Quién se iba a imaginar que las cortinas eran el motivo del despelote que había afuera. Quién se iba a imaginar que el gato era cómplice. Quién se iba a imaginar que si no fuera por las cortinas, el gato nunca se hubiese percatado de que afuera había un boicot contra su empresa. Aún así, no dijo nada. Y con una sonrisa animalezca y maliciosa dirigió la mirada a los zapatos marrón caqui que aguardaban frente a él, impasibles.
- Bueno, que se callen o salgo y los cago a tiros - dijo Pedro, medio en broma, medio en serio. - No soporto ese quilombo que están haciendo. ¿Es San Patricio o qué? Pareciera como que están todos en pedo, gritando y cantando. Y encima nos tiran cosas parece, ¿viste amor? - le preguntó a su señora.
- Si, pero no les des importancia. Deben ser los hijos de Diana, que están de cumpleaños o algo así. ¿Cómo se llama el más grande? ¿Augusto? Ése es un borracho - dijo María, fregando sin cesar el suelo nuevo pero inmundo.
- Agustín - contestó Pedro con el ceño fruncido, queriendo asomarse por la ventanita que daba respiro a la nueva bañera, justo encima de ella, y a unos centímetros del techo.
- Salí de ahí ya mismo, Pedro Llamosas. No me hagas enojar. ¿¡Qué te dije!?. ¡No mostremos lo que estamos haciendo! Si fui clarita, ¿o no? - lo reprendió María.
- Si si, perdón... pero me están hinchando las pelotas, la verdad - dijo Pedro, obedeciendo a su señora y alejándose de la ventana.
- Dejálos y vení a ayudarme mejor, que bastante trabajo tenemos.
Se pasaron las siguientes dos horas terminando de limpiar el que sería el centro de poder y lujuria en las próximas tres o cuatro noches, sin reparar en que el gato pasó seis veces delante de la puerta; dos jugando con una pelota de goma que Tomás, el sobrino de María, se había olvidado en su visita del día anterior. La pelota, al desgarrarse por completo, hizo un ruido espantoso que despertó la curiosidad de María. Pero Pedro le recriminó lo mismo que a él le habían obligado a dejar, así que todo siguió igual.
Por supuesto, no pudieron evitar hablar de la escalofriante noticia del asesinato triple que todos los noticieros regionales pasaron en la mañana. Se trataba de una familia -papá, mamá e hijo de nueve años- sorprendida en su casa por un asesino -actualmente prófugo- que se había pasado todo el día oculto debajo de la cama del matrimonio, acabando con ellos por la tarde del día anterior al del baño nuevo y el gato intruso. Porque ese gordito peludo era un intruso, y la policía también estaba pendiente de él. Pero Pedro y María no se iban a imaginar que el gatito se había escondido en su casa, aguardando el signo para dar la campana de salida a su dueño.
- ¿Un gato adiestrado? Ja ja, por Dios, lo único que me faltaba. Termino esto y me voy a dormir - había escupido Pedro después de ver la noticia, olvidando por completo que había un baño para apreciar.
A María no le asustaban las historias de asesinatos. De hecho, eran sus preferidas. El asustadizo era Pedro. Por eso cuando se hartó de oír a los estruendosos artefactos golpear contra su casa, se levantó sin dar cuenta del salto que había dado su esposa, para dirigirse inmediatamente a la galería de su casa con la idea de agarrar el palo de amasar y romperle la cabeza al mal nacido que esté causando semejante caos en una noche tan especial para él y su compañera. Recorrió el pasillo (el gato se quedó detrás de él, quietito, sorprendido ante el repentino e inesperado movimiento de su presa), llegó a la sala de estar, se asomó por la ventana, y vio como cinco o seis personas imposibles de reconocer se llamaban entre sí, señalándolo a él. Como si hubiesen estado esperando que alguien apareciera por la ventana para verlos. Uno de ellos, aparentemente hombre, de avanzada edad, comenzó a hacer señas con los brazos, agitándolos frenéticamente mientras el que estaba a su lado señalaba el otro costado de la casa, como queriendo mostrar algo.
"Qué imbéciles", pensó Pedro, achicando los ojos para distinguir a sus vecinos: Raquel, Mario, Andrés, el viejo que nunca se acordaba el nombre pero que una vez le había mostrado una foto que se sacó con un pez de un metro y medio de estatura, recién pescado, y el muchacho del almacén de la esquina... Enrique.
Es que el tipo que unos instantes después, y luego de acercarse sigilosamente por detrás, le partió la cabeza a Pedro con un martillo mientras éste escudriñaba la vereda, no se había percatado de que el lugar elegido para esconderse era una suerte de ventana falsa que sobresalía de la casa, mostrando su interior a los que pasaran por la vereda, curiosos o alertas de alguna nueva idea estrambótica que se le ocurriera a la diseñadora de interiores, María del Carmen Espíndola de Llamosas, ahora -a segundos del brinco que pegó en la bañera- viuda.
Esas cortinas que ella cerró tajantemente durante los días anteriores, sin reparar en la ventana abierta, con el afán de no develar el misterioso baño ni a Micaela ni a Samanta, fueron las que cobijaron al gato esa noche. Y las que durante todo el día ocultaron al que después, aprovechando el estruendo y anticipando que la dueña de casa iría a investigar qué había pasado con su esposo, se ocultó en la cocina, para luego atizar un sorpresivo golpe seco y frontal con el martillo, directo al cuello de María, quien sólo alcanzó a ver por unos segundos los pies inmóviles de su marido en el living, para después ser tapada por un manto negro que todo lo oscureció, mientras el gato se acercaba a lamer la sangre que ahora decoraba el suelo de la casa.
PM

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