Revista Diario

Cumpleaños

Publicado el 08 abril 2011 por Menagerieintime
Hubo un aspecto que en los cuatro meses y medio que pasé entre la cárcel y la comunidad en la que me tuvieron en arresto domiciliario, esto es, entre el 15 de junio y el 29 de octubre, me agobió mucho. La verdad es que fueron varios los momentos en que me agobié, fueron varios los momentos en los que sentía, aún con más fuerza, el dolor por esta detención sinsentido. Ahora me acuerdo de esos momentos con rabia, con la misma rabia contenida que tenía mientras pasaban los días.
En la celda teníamos un calendario común colgado en la pared. En ese calendario cada uno apuntaba lo que quería, los días significativos para él. Así, por ejemplo, Rolando tachaba los días, uno a uno. Sebastián hacía la cuenta atrás de los días que le quedaban para el juicio. Ramírez apuntaba los días que podía pedir llamar a su familia (dos lunes al mes, alternos). Yo, que no soy ni más ni menos familiar que cualquier persona, pero si hay una cosa que siempre he cumplido, estuviera en la parte del mundo que estuviera, es pasar los cumpleaños de mis familiares y de mis amigos con ellos, apunté los cumpleaños que me iba a perder cada semana. Así, resultó que me perdí 18.
He faltado al cumpleaños de Fran, al de Pepita, al de Christopher, al de mi tía Tani, al de mi hermano Miguel, al de Sarit -por entonces mi pareja o ex pareja o lo que fuera en aquellos momentos-, al de mi hermano Alfonso, al de mi tía Alfonsi, al de Carla, al de mi tío Rafael, al de David, al de mi hermano Antonio, al de Dean, al de mi tía Isabel, al de mi madre, al de Israel, al de mi amigo Dani y al de Alba, mi sobrina, y al de Noa, mi hija.
18 cumpleaños saltados. 18 cumpleaños en los que he estado ausente, en los que no he podido ni siquiera llamar para felicitar, para explicar mi situación. 18 cumpleaños y entre ellos los más importantes. Sin duda lo que más me dolió, lo que más me agobió fue no estar en el tercer cumpleaños de Noa. Faltar al de todos mis hermanos y al de mi madre también fue muy duro.
A pesar de estar esos días bien bajo de moral, bien agobiado, bien jodido, siempre intentábamos hacer algo en la celda para celebrar esos días. En todos menos en el de Fran, que me pilló recién entrado a la cárcel y con esperanza, aún, de que se solucionara todo pronto. Así, el año que viene, cuando esté celebrando el cumpleaños de mi hermano Alfonso me acordaré de cómo les ganamos unos helados jugando a las cartas a los de la celda de al lado y de cómo los disfrutábamos el día 8 de agosto. El 12 de septiembre (dos días antes del cumpleaños de mi madre) recordaré cómo hice paella para 50 personas para celebrar el cumpleaños de mi madre. El día que celebremos el próximo cumpleaños de mi hermano Miguel, no tendré más remedio que acordarme de aquellas pizzas, compradas a precio de oro, que cenamos a su salud. Pizzas congeladas echas en sartén, pero a su salud. No podré evitar sonreír cuando, celebrando el cumpleaños de mi hermano Antonio, piense en cómo nos bebimos el alcohol puro que hicimos, un chupito a secas y otro con café. Ese alcohol casero que a pesar de saber a rayos y de rasgarnos todo el esófago nos aportó unos minutos de felicidad. Recordaré cómo una de las primeras entradas de este blog estuvo dedicada a mi amigo Dani por su cumpleaños. Porque yo ya estaba en la comunidad y porque no podía estar con él. Del de mi sobrina Alba y del Noa, mi hija, no recordaré nada. Esos fueron los más duros. Y esos días, esos dos días, no se los perdonaré a nadie. No podré olvidarlos. Y prefiero que ese rencor siga anclado en mi. Porque así no me olvido. Hasta las últimas consecuencias.
Hoy, como casi de costumbre últimamente, me he levantado temprano. He hecho café. He preparado tostadas con tomate. He esperado a que se levantara mi padre. Y cuando ha entrado a la cocina, me he acercado a él sonriendo, le he plantado dos besazos como los que siempre le doy y le he dicho, a gritos: “FELICIDADES, PAPÁ”.
Hoy, ya, nadie puede negarme lo que durante un tiempo se convirtió, extrañamente para mi, en un lujo.

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