El líquido que llaman café está malo malísimo, pero lo sigo pidiendo todos los días, a veces sin abrir la boca porque ya lo tienen preparado en la barra cuando me ven entrar.
He desarrollado esta costumbre para los diez minutos del desayuno en el trabajo. La bebida portátil. El tabaco. Andar ida y vuelta para desconectar de tanto ruido informativo.
La calle está llena de otros bares, tiendas de ropa que ignoro, una librería (que sí miro de reojo al pasar) y una esquina de la que sale olor a especias que lo impregna todo. "Azafranes Bernard
Es una mezcla densa pero agradable, más que las perfumerías de diseño que, por tanta química, acaban apestando. Hoy he decidido pararme, es la mañana del fin del mundo, el invierno acaba de entrar hace unos minutos y sin embargo, luce el sol y me achicharro con la bufanda al cuello.
Por unos segundos, intento adivinar a qué huele esa espesura, casi como intentar adivinar a qué huelen las nubes. A qué suena una palmada con una sola mano. Esas cosas. Distingo anís estrellado, jejibre, curry. Yo qué sé. ¿Canela? Porque está en el escaparate, eso es trampa.
Las excusas las da él, que si va no sé dónde a hacer no sé qué recados y ya irá luego a la oficina, bla, bla, bla.
El apuro se pasa enseguida. Qué tontería. Qué poca vergüenza: no llevaba carpetas ni documentos. En vez de estar de paseo, debería encargarse de gestionar las nóminas, que es día 21 y tal...
Ni por esas. Estará buscando la lotería de navidad de última hora.
Todo sigue igual.