Revista Diario

De Phineas y la barra ladrona de sonrisas

Publicado el 26 mayo 2010 por Cosechadel66

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Te llamas Phineas Gage y hace 25 años que viniste al mundo. Corre el año 1848 y estás trabajando duro en la construcción del ferrocarril. Tienes, como todo el mundo, tus sueños. Quizás una pequeña casa con jardín en Vermont, donde tu mujer te esperase después del trabajo. Bromeas con ello con tus compañeros. Te respetan, eres capataz. Los chicos pasáis buenos ratos juntos. Alguna que otra vez la Taberna de Jim ha estado a punto de caer por las canciones, después de unas cuantas pintas. Según está el mundo, te dices a ti mismo muchas veces, no tienes mala vida, no te puedes quejar. Y sigues trabajando duro, está cerca la hora del rancho y quieres terminar de colocar las cargas en aquellas rocas cerca de la colina antes de comer.

Quizás por eso, por las prisas, te olvidas de colocar arena entre la polvora y la barra de hierro. Y al introducirla salta una pequeña chispa, la pólvora se inflama, explota, y la barra, de un metro de largo y 3 cm de diámetro, te atraviesa la cabeza limpiamente, entrando por la mejilla y saliendo por la coronilla, y aterrizando 30 metros a la izquierda de tu cuerpo inerte.

Unas horas después, te despiertas en casa del Dr. Harlow. Y la palabra es “milagro”. Vives de milagro. Es un milagro. No hay otra explicación. Y más de un siglo y medio después es probable que lo siguieran diciendo, aunque en ese momento tu no fueras consciente de ello. En dos meses, incluso te dan el alta médica. El susurro al verte por la calle vuelve a ser “milagro”. Tu también lo crees. Has perdido el ojo izquierdo, y has ganado ser conocido y una barra de hierro de un metro que guardas junto a tu cama. Incluso vuelves a trabajar.

Pero algo falta. Tienes la continua sensación de que algo se te ha perdido en el camino. Como cuando ibas a los recados de madre, y sabias que algo se te habia olvidado. Pronto te das cuenta de que lo que falla. No hay sonrisas. No hay sueños. Te has vuelto irascible, inconstante. No hay jardín en Vermont, no hay amigos cerca, sólo curiosos. Aquel cilindro largo y metálico que miras por la noche se llevo algo más que tu ojo. Y no puedes explicarlo. Muchos años más tarde, tu caso será estudiado por muchos médicos y científicos, y lo pondrán como demostración de que los humanos albergamos diferentes funciones en los lóbulos frontales del cerebro, relacionados con las emociones, con la toma de decisiones…. Claro que a ti todo aquello te hubiera sonado como los chinos que trabajaban contigo en el ferrocarril. Lo único que tu sabes es que eres incapaz de sonreir, de llevar a cabo ningun tarea más allá de unos pocos días, que tu mujer te ha dejado porque dices que ya no eres el mismo.

Lo único que sabes es que terminas en el circo, observado como un milagro por niños y madres que lanzan contra ti miradas asombradas y todas las sonrisas que tu jamás tendrás. Lo único que sabes es que a veces, cuando estás solo, tus dedos recorren los 100 cm de hierro intentando encontrar la manera de que te devuelva tus sueños, tu antigua vida. Esa vida que se llevó esa barra a la vez que tu ojo izquierdo.

Pero no volverá, y tan sólo quedará de ti una única foto, ceñudo y serio, agarrado al hierro que te marcó aquella mañana de septiembre. Eso y un montón de artículos en revistas ininteligibles, firmados por Señores con nombres compuestos y extraños, y en los que por ninguna parte aparecía la palabra “sonrisa”.


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