¡Ni me lo creía! Le comí los labios, las axilas.
—Trini, qué buena estás.
Los pechos de pera, los pezones color trigo, duros como timbres de castillos, el ombliguito, el pubis que asomaba...
—¡Niño, levántate ya, que son las siete. Llegas tarde al instituto!
Mierda, mierda, mierda...
