Diario político y literario de Fulgencio Martínez, donde se habla de lo divino y de lo humano / 5

Publicado el 11 febrero 2012 por Agora
UN MARIDO CORAJE
Hace unos días saltó la noticia de una mujer valenciana que donó fondos al Centro de Investigación Príncipe Felipe para que una doctora, cesada por falta de presupuesto de esa institución, pudiera seguir investigando sobre la diabetes que sufre su hija. La solidaridad ayudó en este caso como en otros: son estas las noticias que la gente trabajadora comenta en el bar, a la hora del desayuno. En la madre coraje de Valencia nos reflejamos todos y desahogamos nuestros malestares.
Ese heroísmo de las personas corrientes destaca más aún en el actual panorama de inmoralidad de muchos gestores del poder político y económico. El valor moral de la madre coraje (además de actualizar el título heroico -e irónico- de una farsa de Bertolt Brecht ) evoca la historia del señor Heinz. “Heinz es un también una historia de coraje: un marido coraje”, me dijo mi amigo Alfredo, comentando la noticia que aquí recordamos y que ha pasado demasiado de prisa al archivo de lo anecdotario, sin dejarnos una reflexión sobre su sustancia ética para este tiempo saturado de información.
A mis alumnos de Ética, en cierto momento del curso, les planteo el dilema de Heinz, que les recuerdo a los lectores: Una mujer se encontraba a punto de morir de cáncer. Un farmacéutico de su ciudad había descubierto una medicina que podía salvarla. El fármarco era muy caro: el farmacéutico lo vendía a un precio diez veces superior a su coste de fabricación. Heinz, el marido de esa mujer, recurrió a la solidaridad de amigos y familiares, pero no pudo reunir más que la mitad del dinero; no obstante, le pidió al farmacéutico que le vendiera las dosis a mitad de precio. El farmacéutico se negó alegando que era su derecho obtener el mayor beneficio de su esfuerzo. Heinz, en un acto de deseperación, atracó la farmacia y robó la medicina. ¿Debería el señor Heinz haber actuado así, o no? ¿Por qué?
Lawrence Köhlberg inventó ese dilema moral, un test para descubrir el estadio evolutivo de las personas. El nivel de desarrollo moral se había de ver en las respuestas y argumentaciones.
Mis alumnos, después de pronunciarse a favor de Heinz, consideran los valores de la vida y la salud por encima del valor económico, del lucro legítimo del farmacéutico y del derecho a la propiedad. Para ellos, el señor Heinz hace lo que debe, como aquel que se salta un semáforo para llevar a un herido a un centro de emergencias.
El dilema de Heinz encierra muchas “trampas”: está expresado como un problema económico (de precio justo o precio abusivo), como una transacción que transgrede ciertas reglas; algunos chicos lo visualizan como un problema matemático. Los chicos carecen de la más mínima noción del entorno social en que viven. Es una tarea del profesor hacerles reflexionar en el entorno, estimularlos a que razonen desde otros supuestos; invitarles a enfocar los problemas desde un pensamiento social y crítico. Nadie obligó al farmacéutico a que sacara una carrera y a vender medicinas legalmente, con la licencia que la sociedad le otorgó por su titulación: en ese momento su libertad contrajo también cierta responsabilidad con la sociedad. Lo mismo ocurre en cualquier actividad que persigue un benificio privado: es preciso recordar a los emprendedores sus obligaciones sociales.
Nuestro dilema está mal planteado a nivel individual, y al margen de todo contexto; aparentemente exento de supuestos, asume, sin embargo, el supuesto de que vivimos en una sociedad insolidaria, donde no hay seguridad social, donde el Estado no tiene la salud como servicio básico. En definitiva, da por natural una sociedad de tipo neoliberal, “americana”.
El dilema de Heinz apunta, más bien, al tipo de sociedad que se pretende, no cuestiona su supuesta descontextualización y en realidad es un test sobre el estadio evolutivo moral de la sociedad que lo plantea. No hemos pasado del nivel más primitivo.
El heroísmo ético individual es otra posible respuesta condicionada, como la de Heinz; se aplaudirán todos esos casos de padres, oneges y madres coraje, como el caso de la madre coraje valenciana. Es una noticia humanamente positiva, muy valiosa. Pero cuántas madres corajes¡ hará falta para darnos cuenta de que algo no hacemos bien a nivel de toda la sociedad. Mientras tanto, hemos de decir que el heroísmo y la solidaridad no son la respuesta más racional a los problemas humanos. Que en muchas ocasiones ambos se utilizan como cortafuegos de la crítica que puede hacernos mejorar y recordarnos la responsabilidad de todos con la sociedad. La crítica es otra forma de solidaridad, un heroísmo menor, porque nadie la quiere. Lo hemos visto aquí con el terremoto de Lorca. Todos se llenaron la boca con la palabra solidaridad; todavía espero una crítica y que algún político y algún constructor asuman su responsabilidad.

Fulgencio Martínez