Doscientas rupturas

Publicado el 05 julio 2010 por House

Leo en la prensa de mi tierra una noticia relativa al número de rupturas que se han producido en la provincia de Albacete. Me refiero a las rupturas matrimoniales, claro. Entre los meses de enero y marzo más de doscientas parejas albaceteñas acudieron a los juzgados correspondientes para iniciar la oportuna tramitación del cese de la convivencia (antes se llamaba divorcio, pero da igual). Si esa escalofriante cifra la extrapolamos al total de provincias españolas, puedo asegurar que el número final cuando menos ocasiona un vértigo atroz.

Si bien es cierto que aquella paupérrima frase de que ‘lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’ ya está caduca, también es cierto que atravesamos una época de una tremenda crisis social y sentimental que nos acecha por todos lados. ¿Qué está pasando para que estas cifras golpeen en nuestro dia a día? ¿Qué extraños aconteceres están invadiendo nuestras estructuras hasta fragmentarlas y convertirlas en cenizas?

No voy a entrar en el eterno debate de hombres y mujeres porque me parece una discusión banal y más que manida. Pero el problema no son las diferentes entre hombres y mujeres. La cuestión radica en otra materia mucho más honda y profunda que la anterior. El problema radica en una manifiesta y grave falta de tolerancia en nuestra convivencia diaria. No permitimos ni asumimos el más leve error por parte del otro. Nos creemos que sólo nosotros somos dueños y señores de la verdad más absoluta y a la primera de cambio, ¡zas!

La irrupción en el mundo laboral de la mujer, y la consiguiente independencia que ello arrastra ha favorecido esta situación. No quiero decir que ellas sean las responsables. Ojo. Digo, sencilla y contundentemente, que en la actualidad la mujer es totalmente independiente, y esta independencia ha sido total; es decir, no sólo en el plano económico, sino también incluso en el social, sentimental y, apurando un poco, hasta en el plano sexual. Estos días estamos asistiendo a ello con plena efervescencia: La nueva Ley del aborto.

Pero más allá de eso, lo cierto es que la sociedad rompió su artrítico y tradicional modelo familiar para dar paso a variados arquetipos que abren mil y una posibilidades de modelo familiar. Eso es altamente enriquecedor, pero también tiene sus fallas y algún que otro cráter. Y éste es uno de ellos. Si bien estos nuevos modelos posibilitan un amplio abanico de estructuras familiares, experiencias y recuerdos pasados no sólo nos convierten en exigentes sino, lo más grave, esa exigencia y ese resquemor lo vertemos indiscriminadamente hacía quien tenemos más cerca, aunque luego resolvamos el conflicto entre sábanas…

Enrique Rojas, que no tiene nada que ver con Luis Rojas Marcos, el más prestigioso de los psiquiatras que tenemos en la sociedad occidental, es un gran psiquiatra. Y no se queda atrás si lo comparamos con el propio Rojas Marcos. No es el momento ni la situación para glosar a uno ni a otro. Pero si es importante utilizar la extensa y ríquisima bibliografía del primero. Entre todas sus obras publicadas tiene dos obras que son la verdadera brújula para el tema que nos ocupa: En un de ellos habla de ‘el amor inteligente’, de cómo construir una pareja feliz; y en el otro da ‘remedios para el desamor’ y orienta de cómo se ha de afrontar una ruptura de pareja. Volúmenes que tendríamos que leer y releer cuántas veces fuera necesarias. Mejor iría a todos. Insisto: a todos. Y si alguien duda, basta con que haga la prueba, y ya me contará

Pero dejemos la bibliografía a un lado.

Cierto es que resulta complicado construir una pareja feliz, porque se trata de una enrevesada tarea de arquitectura. Y precisamente por lo peliagudo del proyecto es por lo que debemos cuidarlo y mimarlo con esmero. Dice el propio Rojas Marcos que la convivencia de pareja es similar al trabajo del jardinero… Justamente por eso debemos ser tolerantes y bidireccionales. Quiero decir, el día a día de una pareja es de los dos, y no basta con que uno tire y el otro se acomodé a la espera de que le tiendan la mano para que lo arrastren.

A pesar de las doscientas rupturas con olor a gazpacho manchego, lo cierto es que aún se puede, y se debe, construir una pareja. Pero para lograr este objetivo, ambos tienen que embarcarse a la vez y dirigir el timón al unísono. Por diferentes motivos, uno puede tener más fuerza que el otro para conducir la nave. Y no pasa nada. Todo es aceptable porque el sentimiento es más fuerte que la propia debilidad. Pero lo que no es lógico ni es de recibo es lo que les sucede a muchas parejas: que sólo una parte tira de la relación, mientras la otra se apoltrona a la espera de la energía del primero. Eso no puede ser. Insisto: una pareja debe ser siempre bidireccional. Circunstancialmente, uno puede quedarse en la cubierta de la nave mientras el otro ejerce el timón. Insisto: eso debe ser circunstancial. De lo contrario, se convierte en un lastre para la pareja. Muchas veces abrigamos excusas pueriles para evitar compartir el timón. Eso es un grave error que debe subsanarse si queremos que la nave llegue a buen puerto.

Pero no sólo hay que compartir el timón, hay que compartir otras muchas cosas en el día a día. Dentro de la pareja, los individuos pueden ser diferentes, tener su propia idiosincrasia, su independencia, e incluso su particular manera de pensar, pero hay un espacio común que se debe cuidar y alimentar a diario. Es más, el hecho de que los dos sean diferentes y carezcan de elementos comunes enriquecerá el espacio común y lo hará fuerte y sólido. Pero no cabe duda de que para ello es necesario que ambos sean al unísono el capitán del barco. Esto sólo se puede lograr con dos primeros ingredientes: la tolerancia y el sentido común. A partir de ahí, todo lo demás, vendrá rodado.

Conozco una pareja de casi maduritos que, tras muchas vicisitudes, han logrado envasar una buena porción de tolerancia con otra de sentido común, y tras muchos zigzagueos, han logrado que el barco no zozobré. Me consta que lo pasaron muy mal, pero el sentimiento se impuso a los problemas y hoy, creedme, es envidiable verles. Sería cuestión de que muchos tomásemos las correspondientes notas. Muchos.

Los doscientos albaceteños y albaceteñas que han puesto un punto y a parte en su vida sentimental, seguramente tendrán razones más que sobradas para ello. Pero yo sigo optando por el modelo de pareja, en la variante que sea, como estructura ideal para consolidar la convivencia con otra persona. Tendrá sus grietas, se presentarán vendavales y tsunamis, pero si los dos aferran con la misma energía el timón del barco, la travesía está asegurada. Si alguien duda… simplemente que haga la prueba. Le reto.