El veguer se quedó meditabundo, observando a los soldados que terminaban sus rondas de vino e iban formando de nuevo. —Ninguna sugerencia. No creo que haya otra forma de situar a los hombres. Solo una cosa. ¿Qué pensáis hacer si estos salvajes sobrepasan nuestras líneas? —Llevar las tropas hasta la ciudadela —contestó con el semblante serio—. Resistir a ultranza. Los dos hombres se miraron unos segundos. El veguer, con sus dos manos, cogió por el brazo al capitán. —No tenéis nada que hacer encerrándoos en la ciudadela. Alargar vuestra suerte, a lo sumo —dijo endulzando su voz áspera—. Nada que hacer. La única esperanza es rechazar el ataque aquí, en la brecha. —¿Habéis visto lo qué hay ahí fuera? —Lo sé. Y además, es seguro que nadie vendrá en vuestra ayuda. No, estaréis solo. Completamente solo. —Necesitamos de los recios muros de la ciudadela. Seremos unos pocos. Ya he ordenado el acopio de víveres —contestó el capitán. —Recordad, amigo mío. Por el bien de los que sobrevivan y de vuestra propia suerte. Recordad mis palabras. Si los murrianos nos pasan por encima, si rompen las defensas por algún punto, agrupad a todos los soldados que podáis y marchad hacia el puerto. Recordad, somos las piedras que frenan la crecida del río que nos llega, una vez hayan... —¿Y los hombres, las mujeres, los niños que queden en la ciudad? —cortó Álvaro, mirando con fijeza el veguer. —Botín de guerra. No hay flota en este mundo que pueda evacuar una ciudad. Bien lo sabéis. Vuestro deber es ver más allá de nuestro horizonte —sentenció el veguer con frialdad, sosteniéndole la mirada. —¿Y vos? ¿Qué pensáis hacer cuando tengamos que recular? ¿Correr hacia los barcos? —Yo, capitán... Mirad. Hace tiempo que os vigilo. Siempre me ha sorprendido vuestra falta de ambición política. Seríais un cortesano nefasto, nunca os he visto entre los nobles, sí, pero sois un buen militar y de alguna manera la tropa os sigue. —El veguer lo miró con una expresión divertida—. Allí, al otro lado del mar, lejos de aquí, quizá un día alguien os necesite. Quizá os necesiten los que salgan vivos de todo esto. El capitán Álvaro lo miraba sorprendido y algo nervioso. El enemigo avanzaba paso a paso y aquel hombre le hablaba de lo hipotético, del día de mañana que ni los más poderosos dioses conocen. —Llevo unos días rumiando —prosiguió el veguer con calma—, sobre la mala hora que nos crucifica. He visto batallas como una gran red que se lleva a los hombres, he visto crecer este condado que amo... El hierro de mi espada ha cortado cuellos, muchos, y he visto morir a tantos… No creo que Vamurta pueda frenar esta crecida. Soy viejo y he perdido casa, mujer y dos hijos jóvenes. —Miraba, absorto, las llanuras del gran valle—. ¡Capitán! Es poco lo que me ata a este mundo. Escuchad, reagruparé a los hombres más viejos y a los más desesperados si el enemigo nos supera. ¡No digáis nada! Cubriré vuestra retirada. Ninguno de los dos habló durante unos instantes. Ya no había tiempo para más. El capitán recordó al Heredero, pero el veguer no sabía gran cosa. —Dicen que agoniza en su cama. No debéis contar con su lanza. A pesar de que su sola presencia espolearía a los hombres.
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