Ejercicio no. 5 - escuela de escritores - tres espacios diferentes

Publicado el 05 noviembre 2016 por Licomanuel

ESCUELA DE ESCRITORES
EJERCICIO NO. 5
Andres Jesus Mena Gallego
“COLEGIOS DE AGUA”

   El colegio al que iba cuando era chico estaba en cuesta. Era un bloque rectangular largo y de paredes blancas. Fuera de la estructura blanquecina había cuatro cubículos de paredes altas (para mi estatura y edad), rodeadas por tierra fina que al llover impregnaba el ambiente e inundaba el olfato de los que jugaban al frio de la intemperie. Escalábamos los claros muros de aquellas torres, asiéndonos a su filo redondeado y una vez dentro, jugábamos con las piedras que recogíamos del suelo y las cochinillas, negras, que al ponérnoslas en las palmas de las manos, comenzaban a corretear con sus decenas de pies, haciéndonos cosquillas. Cuando los insectos escapaban, por fin, de nuestras zarpas, asaltábamos nuestros bocadillos y pastelitos (phoskitos, tigretones y panteras rosas), oliendo el recreo a una mezcla de chorizo y chocolate. Todo esto acontecía con el runrún de los coches de fondo, coches que atravesaban el pueblo mientras en el aire podía ya olisquearse el pan recién hecho en la panadería de los bajos de la torreta cercana. En media hora, saliendo de una puerta verde con jirones de pintura y manchas de óxido, la profesora con sus gafas grandes y redondeadas nos llamaba para entrar nuevamente.
“LO INTANGIBLE”
   Los vaults de Edimburgo, repletos de oscuridad y olor a humedad,conforman una serie de habitaciones a lo largo de los diecinueve arcos del South Bridge. Desde la primera sala, la ausencia de luz es total, salpicada la ceguera por los faroles colgantes que apenas las iluminan. A partir de ahí, estancias cada vez más opacas se van sucediendo y el olor a madera vieja junto al frio se van apoderando de los sentidos. Las paredes laberínticas y rocosas se abrazan a cualquiera que se apoye en ellas. Poco a poco, te sumes en una oscuridad donde el único vestigio de humanidad es el sonido de las pisadas de los otros y te preguntas si no será el señor Boots, uno de los fantasmas locales, el que te está siguiendo. Entonces, llegas a la última sala donde el guía apaga las linternas y sientes tu respiración agitarse. La de los demás se siente misteriosamente cerca. Sientes la necesidad de echarte la mano a los bolsillos para ver si Jack, el niño “eterno” de aquella galería, no te ha birlado nada. Las tinieblas pastosas y pegadizas como brea, intensifican la tensión que sientes en el eco de los lamentos de los que allí murieron.
“LA HABITACIÓN”
   La astronauta, Eva, que había recorrido todo el camino hasta allí, entro en la sala y cerró la puerta haciendo desaparecer el marco. Las paredes, de una claridad infinita, no podían distinguirse. Todo era blanco y reluciente, incluyendo una silla de la que solo se distinguían los salientes y soportes metálicos. Había también una gran pantalla negra. Se acercó al monitor y vio que estaba lleno de varillas concéntricas y negras. Vio un mando. Lo cogió y se sentó. Entonces, reparó en que no había olido ni oído nada desde que entro. Estaba empezando a sentirse nerviosa. Miró el mando. Tenía un solo botón. Lo apretó y de repente, todas las barras se alinearon para dejar un fondo plano. El cubo entero se volvió negro, sin fin. La oscuridad era total. Cuando pensó que era una trampa, una palabra, en grandes letras verdes y electrónicas, apareció flotando. Decían: “ORIGEN”. Sin ningún interfaz con el que teclear, dijo “TIERRA”. Sonó con un eco que llenó la estancia. Acto seguido, los caracteres desaparecieron. Un súbito ruido de motores estalló. La temperatura del lugar aumentó y el letrero de nuevo se iluminó en medio de la estancia. Decía “DESTINO”. Como antes, observó la pregunta y gritó por sobre el estruendo, “¡¡¡TITÁN!!!”. El destino desapareció. Ahora, la pared lateral se volvió transparente, mostrando una miríada de estrellas, cuyo brillo inundó el cubículo. 
Aquella caja iba de vuelta a casa.