Revista Literatura

El año del pensamiento mágico

Publicado el 27 diciembre 2019 por Sara M. Bernard @saramber
El año del pensamiento mágicoNo sé si he escrito menos que nunca en el blog y por eso me he despistado, o primero me despisté y por eso he abandonado esta casa, cuando antes era el único lugar posible. Incluso he mandado a la carpeta de borradores despublicados una serie correlativa de posts (acción nunca antes vista aquí) porque no era su lugar ni momento. Pero regreso, como viejos amigos que se encuentran y reconocen después de viajar por todo el mundo.
¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho allí?
Aparece el resumen perfecto en cinco palabras, el año del pensamiento mágico, una obra de Joan Didion aunque no la haya leído, pero es ese título, esa sería la frase perfecta con sus cinco palabras, y por qué no encuentro más y por qué ya está inventado si ni siquiera lo he leído, barrunto, hasta que la causa de la idoneidad aparece: en las redes he visto demasiadas veces, con atención oblicua, el anuncio con la reedición del libro acompañado de la ilustradora de moda, Paula Bonet, justo cuando pienso en retrospectiva para este resumen de año.
Por eso una frase ya escrita por otros encarna la perfección poética absoluta para explicar torbellinos. Podría ser cualquier otra frase, no entiendo por qué esa, maldita publicidad. Siempre he aborrecido colocar citas de nadie porque, salvo excepciones escasísimas tirando a cero, no decían nada que no pudiera ya decir con palabras propias. Utilizo esta rareza por segunda vez. La primera cita directa que he utilizado (una de H.P. Lovecraft sobre el miedo) se esconde dentro de Bóveda celeste.
Como viejos amigos que se encuentran, permanece un hilo común pero todo ha cambiado. Decía hace mucho tiempo:  
Destruir para unir
las antiguas fuentes del sur
y eso ha sido este año, excavar en la montaña de escombros, reconocerlos, quizás tomarlos entre las manos uno a uno (como un remedo de la flipada Marie Kondo con su método) para charlar con ellos y despedirlos si era el caso.
Todo un año para una larga, larga, larguísima digestión.
¿Sabes, amigo? ¡No tengo ni idea de dónde estuve tanto tiempo!
Es curioso todo lo que reflexionaba en voz alta en este espacio frente al silencio a gritos que ha acompañado mi digestión inmensa. Los antiguos moradores de este blog, si es que sobrevive alguno, han sido testigos de cómo se arrastraba una desesperada y anónima ciudadana (doblemente anónima por permanecer tras un nombre literario) que no sabía cómo salir de una vida que no funcionaba. Si quieres llevar una vida de currante normal y esconder lo que eres y dejarte de cosas no-prácticas como el arte, tienes un problema grave cuando ese sacrificio de jugar al escondite no ha valido una mierda porque los trabajos fraudulentos no te permiten ni respirar. Y así, desde el principio, este ha sido un depósito de lamentos y ansiedades. Sin dinero no se puede trazar ningún plan para el cambio de vida, salir a ninguna parte ni recorrer el mundo.
Y sin embargo, ha ocurrido. Sin trazar un plan concreto. Lentas e ineroxorables coincidencias. Retomar la vida donde la dejé 20 años atrás. Hasta llegar sobre los escenarios de nuevo, a que me inviten a actividades literarias como "escritora invitada", a publicar un libro. No uno en el que tenga que ser, además de escritora, correctora, editora, maquetadora y publicista, sino uno por editorial.
¿Cuántos mimbres de la estructura original siguen en pie?
Diría que ninguno. Es por eso que el árbol morado, que arrancó como símbolo lejano, se ha convertido en una profecía. Viejos moradores, tenéis que entenderlo: faltaba el final de esa historia, no podía dejarlo como un compendio de lamentos infernales.
La inactividad de este año ha sido una digestión larga de rumiante, masticar el torbellino, tomarse quizá en serio el cambio porque la primera vez nadie se lo tomó en serio -ni siquiera la hacedora- ni existía tribu. Como en una película guionizada por Kafka, la irrealidad del cambio o las posibilidades de su naturaleza real de espejismo han protagonizado esta larga digestión angustiosa.
¿Dónde has estado?
No lo sé, pero quiero seguir ahí. 

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