A veces grito. Y amenazo. Y lloro. A veces paso. Y cedo. Y miro para otro lado.
Pero de vez en cuando hay que echar mano del cerebro – que que para algo está – y elaborar una estrategia compleja, pacífica y con visos a una victoria aplastante. Digna de Herr Sun Tzu.
Resulta que al Mayor, ese impertinente con dos dedos de frente, le ha dado por experimentar con armamento psicológico.
Como en esto ha salido a su madre, la cosa se está alargando más de lo esperado y en casa empezamos a parecer todos gilipollas. Pero se dice, se cuenta, que el diablo sabe más por madre que por diablo y en este tranquilo duelo de poder, tengo todas las de ganar porque... lo digo yo y punto.
Todo empezó con un virus estomacal cabrón que tuvo a los polluelen alternando sus cabezas en el váter (y en todas las camas, 2 alfombras, el sofá y el pasillo entero) un fin de semana completo. Unos días más tarde, cuando la cosa había mejorado sustancialmente por arriba, empezó a dar por saco por abajo. Tanto lo dio, que incluso hubo que rescatar polluelen „embarrados“ de la guar(r)dería en días consecutivos.
El Mayor, de salud por lo general envidiable, descubrió el poder de sumarse al canturreo infantil general y quejarse y quejarse y llorar y pedir que venga a buscarle su mamá.
Harta ya del „me duele muuuuucho la tripita“ (con diminutivo incluido, no se crean que el polluelo se anda con tonterías) y viendo que de Pedro y el Lobo sólo concluía lo coñazo que debe de ser la vida del pastor de ovejas, no me quedaban muchas más opciones.
Regañarle me pareció la más adecuada cuando ayer a media mañana me planté en la guardería a recogerlo (porque le dolía taaaaaaaaaaanto la tripita, que llevaba una hora sentado en una esquina) y, nada más verle, supe que era puro teatro.
Pero mis neuronas actuaron rápido y me avisaron a tiempo de la conveniencia de un cambio de estrategia: Según salimos de ahí me lo llevé al pediatra que, después de una exploración cosquillosa ahí donde en teoría le dolía taaaaaaaaaaanto, recomendó (guiño de ojo a madre incluido) dieta estricta.
Tee y Zwieback. Y mucho amor. Ríete tú de la dieta Dunkan.

Así llevamos desde entonces, siguiendóle la corriente al pobrecito y matándole de hambre. Y el niño, a pesar de estar como unas castañuelen y mirar con ojos golositos, larálarálarito, las delicias que engullen sus hermanos, no termina de confesar (aunque sepa que lo sabemos y sepamos que lo sabe) que nos la quiso meter doblada. Todavía. Hua hua hua.
