
Con cautela, amparado por la oscuridad de la noche, el asesino entró en el cuarto de la anciana, sin embargo, muy pronto se descubrió fuera, parado en el pasillo, frente a la puerta. Decidido, volvió a entrar y al instante ya había transitado hacia afuera en un movimiento continuo. Repitió la acción una y otra vez, pero el resultado era siempre el mismo: aparecía en el pasillo, transpirado, cuchillo en ristre, estancado frente a la puerta del cuarto de la maldita vieja que dormía plácidamente. Al final, me di por vencido, dejé el libro sobre la mesilla de noche y apagué la luz de la lámpara, por mucho que me esforzara, el sueño no me permitía avanzar más de una línea.
