
Bibliometro #90. Ya hemos comentado dos novelas de Aki Shimazaki recientemente y de paso mencionamos que esta escritora japonesa radicada en Montreal y que escribe y publica en francés agrupa sus novelas en pentalogías. El corazón de Yamato es la segunda pentalogía, es un libro de poco más de 500 páginas, pero con sus cinco novelas incluidas. Obviamente no íbamos a pasar olímpicamente de este volumen, ¿cierto?

Primero que todo vale la pena señalar que tenemos entre manos cinco novelas perfectamente independientes, que funcionan y se entienden por propia cuenta, es decir si se encuentran con una de las novelas editadas de manera aislada poco importa si es la primera o la cuarta porque cada una responde y remite a sus propias circunstancias, personajes y argumento, si bien, desde luego, la lectura conjunta de todas las partes crea una especie de comunión espiritual entre ellas, un entendimiento más profundo y cabal, cierto, pero en el ámbito emocional. Argumentalmente, si no pueden leerlas en orden o conjunto, no es tan terrible. Es verdad, eso sí, que desde la segunda en adelante todas esas novelas hacen mención a acontecimientos de las otras historias y que dichas menciones son sucintas y concisas, sin embargo, como dije, si no han leído la novela en donde la referencia ocurre igual se entiende el porqué de dicha mención porque lo hace explicando bien su razón de ser. Todo esto lo digo como aviso nada más, a lo mejor ni siquiera los pone tan nerviosos el hecho de leer de manera desordenada una pentalogía. Como sea, El corazón de Yamato no va en orden cronológico y en cierta forma tampoco sigue una progresión causal entre una novela y otra; si bien sus argumentos están cuidadosamente hilados, el interés supremo y primordial de la autora es adentrarnos en la vida y/o psiquis de sus personajes, en el enlace vital más que fáctico, en cómo las cosas pueden cambiar por completo de un momento a otro sin previo aviso, para bien o para mal, para mejor o para peor, y a la larga uno nunca sabe si es para bien o para mal, pero supongo que de eso iremos hablando a medida que lleguemos a las novelas, porque las comentaremos una por una.
Mitsuba es la más potente, la más sorprendentemente rabiosa, una primera novela que da inicio a esta pentalogía como un uppercut directo al mentón, k.o. inmediato e indiscutible. En esta novela la autora construye un feroz alegato en contra de los valores más rancios, retrógrados y machistas de Japón, ese paraíso kawai para turistas pero, a veces, un infierno de reglas y "tradiciones" inamovibles para sus ciudadanos, hombres y mujeres, atenazados por un sistema socio-político espantosamente mecánico, desalentadoramente robótico, asfixiantemente inhumano incluso, que debes seguir a rajatabla a menos que quieras ser un paria, poco menos que un criminal o un terrorista.El protagonista es un adulto joven dedicado, cual devoto, cual creyente, a su empleo de shosha-man en una gran empresa/corporación económica: clientes, especulaciones, inversiones, lo que quieran. El shosha-man es una especie de ejecutivo-para-todo que hace carrera más allá de las horas laborales, ahogado, sumergido en una cultura de la entrega total, más que al empleo como autorrealización, a la empresa misma, como si fuera una iglesia y el capital fuera dios, el presidente el mesías, tus superiores los apóstoles. Cumples tus nueve o diez horas pero si el jefe quiere irse de copas contigo o hacer reuniones hasta bien entrada la noche, se acepta; los fines de semana no existen, si en la empresa te necesitan debes estar listo y dispuesto a dejarlo todo; si los directivos te quieren enviar a otro país, sonríes y te vas a ese otro país, tus superiores lo son todo, tus superiores dictan las leyes de tu vida y si no quieres seguir el juego de las apariencias, si tienes una vida exterior propia o familiar que proteger y enriquecer, o te aguantas y aceptas o te vas, aunque seas un empleado eficiente, porque pareciera que más que la eficiencia lo que importa de verdad es la genuflexión. Cómo será que uno de los personajes, un empleado que cumple con su trabajo pero que luego de la hora de salida se dedica exclusivamente a su esposa e hijos, es poco menos que despreciado por ello, ¡hasta le tienen un mote a los tipos como él! Y no empecemos con los otros tradicionales valores y rituales nipones, que si no nos da depresión...En este contexto, este entusiasta y entregado shosha-man, cuya carrera va viento en popa, comienza a reflexionar en torno al matrimonio, ¿un hombre cerca de los treinta que no se ha casado?, un hombre que no se ha casado no es un hombre confiable, como sea, el protagonista guarda algo de idealismo en su corazón: no quiere casarse por miai (matrimonios arreglados... o mejor dicho "recomendados"), quiere encontrar a la mujer ideal por la que sienta sentimientos genuinos y verdaderos. Y cree conocerla: una recepcionista de su empresa con la que tiene hartas cosas en común. Y puede que este romance vaya bien, tiene todos los indicios de que así sea, pero quién sabe, quizás todas estas tradiciones se entrometan con sus indignantes y repugnantes obstáculos, la corrupción e inequidad, el abuso de poder, señas de identidad de una sociedad menos espiritual de lo que aparenta, ¿y qué es lo que triunfará?, ¿el amor verdadero o ese conservador modelo/juego de apariencias y deberes?Lo dicho, Mitsuba es todo un bajoneante puñetazo en el estómago. Qué digo, un mazazo directo al cerebro.
Zakuro también tiene como elemento central un certero ataque a otro de los aspectos más hipócritas y pusilánimes de Japón: ese obstinado orgullo imperial, histórico, que según la autora no es más que una burda y denigrante fachada que esconde vergonzosas mentiras e ignominiosos episodios, como si no existieran. Como lo de Nanjing, aunque en este libro el contexto histórico es el secuestro por parte de los soviéticos de miles y miles de militares y civiles japoneses, llevados a Siberia para trabajos forzados, lo cual debería ser tema de indignación nacional, sin embargo, tal como se nos cuenta en esta novela, es un episodio que los gobernantes japoneses prefieren barrer bajo la alfombra: la repatriación de japoneses se hizo en silencio y esos presos fueron olvidados, sin ayudas o indemnizaciones ni redes de apoyo, quizás para negar a su modo la vergüenza de la derrota, la vergüenza de verse arrodillado ante otras potencias. Una manera poco gloriosa de enfrentarse al pasado, sobre todo a uno tan reciente, pero eso es lo que nos muestra de manera tan desnuda y despojada la autora: es preferible olvidar y hacer borrón y cuenta nueva, el sol naciente ya se erigirá glorioso más pronto que tarde, iluminando el futuro y sumiendo en las sombras el pasado.El protagonista de esta novela es Tonba, uno de los altos ejecutivos de la corporación, el jefe bueno que tenía el anterior protagonista, pero que acá lo vemos unos años más joven cumpliendo con sus deberes de shosha-man veterano, trabajando para proveer y proteger materialmente a su familia y para ayudar a la reconstrucción económica de su país. Su rutina se ve algo trastocada por dos hechos: la avanzada demencia senil de su madre y la revivida memoria de su padre, uno de esos prisioneros forzados a trabajar como esclavos en Siberia pero que nunca volvió, perdido entre los sucios pliegues de la historia, pero que podría estar vivo, de repente le llega un soplo y nuestro protagonista decide ir de frente, no ignorar ese pasado incierto y brumoso, aclarar los hechos y descubrir si su padre efectivamente murió o si logró sobrevivir, y si es así, por qué nunca volvió, por qué los dejó solos a él, a su madre, a su hermano y dos hermanas, por qué, a merced de la miseria del Japón de post-guerra.La trama, entonces, funciona como un urgente y emotivo retrato/reconstrucción familiar a lo largo de los años así como un frontal enfrentamiento histórico, una manera de denunciar las deudas históricas no saldadas que Japón mantiene con sus propios habitantes. Otro mazazo de Shimazaki.
Tonbo, la tercera novela, está protagonizada por ese empleado que luego del trabajo en la corporación se iba directo a su casa a disfrutar la vida con su familia. Unos años después, la acción transcurre lejos ya de esa empresa tan vil, tan embrujada, ahora dueño de uno de esos institutos o academias con distintos cursos destinados a jóvenes y adultos, un vivir estable y plácido, los negocios van viento en popa y la vida familiar aún mejor. Si bien la trama es más tranquila por así decirlo y de ambiciones más modestas, podemos identificar dos elementos importantes que se desprenden de la trama: la locura económica de Japón, a raíz de una fea crisis económica en torno a la cual giran los personajes con mejor o peor fortuna, y, cómo decirlo, el circo social en que a veces se convierte la cotidianidad, esos pequeños infiernos que no por silenciosos resultan menos dañinos.En la memoria del protagonista le pesan algunas cosas: el suicidio de su padre y el ruido mediático que lo rodeó antes y después de su muerte a raíz de un contradictorio episodio ocurrido en una sala de clases (el padre era profesor, como acabó siendo su hijo, el protagonista) que acabó con la muerte de un estudiante. Un buen día nuestro protagonista, dirigiéndose a su instituto a impartir clases, recibe una noticia interesante de su secretaria: un hombre que conoció a su padre quiere reunirse con él para hablar del pasado, para aclarar las cosas. Y más o menos de eso trata esta novela: la revelación exacta de cómo ocurrieron esos acontecimientos aciagos tanto tiempo atrás, hallar equilibrio y armonía con la memoria propia y de los otros, la verdad te liberará, además de ser otra certera y afilada crítica con ciertos valores sociales japoneses, ciertos rituales, ciertas ideas, ciertas nociones, que parecen ser más bien perjudiciales, si bien todo depende de según qué carácter y qué personalidad, ¿no? Sumisión, debilidad, bravuconería, sensacionalismo...Pero claro, para ser justos, también la autora nos presenta rasgos encomiables: el sentido de responsabilidad, de justicia, de honestidad y honradez, que a la larga acaban por imponerse a las mezquindades pasajeras y efímeras: Japón sí puede ser un país justo si sus individuos son capaces de ser íntegros en sus valores y principios ético-morales aunque el camino esté repleto de sombras y baches. La autora parece señalarnos que hay dos países nipones: ese nuevo sistema de posguerra orgulloso y materialista y consumista, más embobado en el juego de apariencias y el abuso del poder, y aquellas tradiciones pasadas más equilibradas, armónicas, espirituales, en fin... No pondremos las manos al fuego por ningún modelo, pero me parece bastante claro que Shimazaki tiene una visión crítica y desencantada de la sociedad nipona moderna, aumentando el halo romántico de eras menos occidentalizadas, más "puramente" orientales. Como sea, me he alargado mucho para una novela sencilla, minimalista y de una concisión argumental y narrativa y estilística notables. No será la historia más potente e impactante de la pentalogía, pero está bien contada y se entiende su carácter más bien reflexivo...
Tsukushi quizás sea la novela más relacionada con la primera, con la que funciona como díptico aunque tenga su independencia. La protagonista es la recepcionista de aquella historia. Ahora la tenemos post-romance, años después. Comienza mostrándonos su perspectiva, su punto de vista de tan aciagos y desalentadores acontecimientos, y ya por esta parte comenzamos a sentir de manera algo más contundente y desasosegante la propuesta general de Shimazaki, esa mezcla de sentimientos y pesares provenientes de distintas percepciones y perspectivas a lo largo de décadas de argumento. Es una obviedad, claro, pero la autora describe y enlaza personajes y acontecimientos con una maestría sensacional, y muy sutil, casi ni se nota. Lo que quiero decir es que el efecto es raro, pero raro en el buen sentido, porque lo que en una historia vivimos de manera rabiosamente desalentadora, por ejemplo, acá la vivimos con un resignado pragmatismo, pero pragmatismo algo optimista al fin y al cabo: al final nada era tan trágico, tan definitivo: mirando hacia atrás, siempre hay una salida, una solución, las que en cierta forma restan intensidad y emoción a los sentimientos vividos entonces. Como digo, el efecto es bajoneante: ¿el amor no es tan puro entonces, qué tan real y confiable es el amor? ¿Uno era el que estaba equivocado, nuestra pasión rebelde es un juego anecdótico? ¿El maldito sistema es sabio entonces, de verdad funciona aunque tengamos que sufrir sufrimientos que luego, con indulgencia, nos parecen necesarios? ¿Somos meras piezas de la maquinaria, somos más débiles que su mecanismo serial? Gaspar Noé tenía razón: el tiempo lo destruye todo: el tiempo no es sabio, el tiempo es cruel. Lo que en una historia era catastrófico y devastador, en la otra es una bella e inolvidable aventurilla. Hay tantas válvulas emocionales como personajes, como personas, y nada puede ser tan terrible como lo que viva otra persona, nada puede ser tan hermoso como lo que pueda sucederle a otra persona, uno puede creer que lo peor le está pasando pero al mismo tiempo hay muchas historias y dramas interpersonales que alteran dicha percepción. Luego de un quiebre, de un romance malogrado, no todo es infelicidad y perpetua miseria o depresión. No sé si me hago entender: aquella recepcionista ahora tiene otros problemas, otras alegrías.El caso es que la protagonista, lejos ya de aquel amor verdadero, vuelve a sufrir un terrible vuelco en su vida, quizás no tan terrible per sé pero sí es algo que cuestiona y hasta demuele los cimientos de ese resignado pragmatismo por el que se decidió hace tanto tiempo, convirtiendo en cierta forma toda su vida posterior en un sinsentido, en un absurdo chiste de mal gusto. No les destripo nada al decir que la protagonista se entera de que su marido es gay, lo importante de esta novela es el impacto psicológico y vital que tal descubrimiento obra en su psiquis, en su alma incluso: ¿dejó al hombre que amaba por consideraciones materiales y sociales por un hombre que no la quiere, que no la desea? ¿Es toda su vida una mascarada? De paso la autora viene, nuevamente, a meter el dedo en la llaga: otra crítica social, feroz, a cómo ese férreo esquema de tradiciones y apariencias es en realidad una putrefacta prisión que descompone a quienes caen tras sus rejas.De una manera sutil pero lacerante, Tsukushi quizás sea la novela más cruel de las cinco. Pónganse en los zapatos de su pobre protagonista.
Yamabuki, el cierre de la pentalogía, viene a ser la novela más sencilla, más linda y más amable, luminosa, del conjunto. La protagonista es la esposa del protagonista de Zakuro, el alto ejecutivo de la corporación que de repente se lanza tras la pista que indica que su padre largamente desaparecido sigue con vida. En este caso el efecto mencionado arriba funciona desde su propia vereda feliz, acrecentando esa sensación como de desorientación e incerteza moral o vital, porque aquel sistema de tradiciones y apariencias sociales que tan ferozmente critica la autora en las novelas anteriores, sobre todo en Matsuba y Tsukushi (aunque Tonbo también reparta palos a diestra y siniestra) en donde el cumplimiento y ejecución de tales reglas es el declive y final y destrucción de un amor verdadero, ha sido para esta protagonista y su marido, el veterano shosha-man ya plácidamente jubilado, poco menos que una bendición. Es cierto que ambos eran conscientes de los sacrificios inherentes de ese tipo de trabajo y, en consecuencia, de ese estilo de vida, pero para ellos la vida funcionó prácticamente a la perfección. Esta novela no tiene grandes giros argumentales, ni sorpresas ni terribles, descorazonadores contratiempos: es la animosa y cuasi juvenil rememoración que esta anciana evoca de sus años de juventud y temprana adultez, la historia de cómo conoció, más de medio siglo atrás, al hombre con el que actualmente pasea todos los días por el parque o recibe a los nietos en su casa. Esta historia, no carente de ciertas complicaciones menores (y más que nada curiosas), es también una reconstrucción histórica por cuanto la protagonista fue una testigo de primera línea de la devastación de la guerra en Japón, del antes y el después, los cambios, la sanación, la reconstrucción, etc.Puede que no sea tan memorable o poderosa como otras novelas de la pentalogía, pero sin duda es bastante buena y como cierre funciona la mar de bien por ese contraste de tono y de trama más amable, tranquila y conforme, por ese inspirador y apasionado halo romántico de su protagonista, como una abuelita contándole a los nietos historias de su vida temprana pero, sobre todo, una abuelita constatando que sigue viva, por dentro y por fuera, que la vejez puede ser digna, entre otros luminosos aspectos.
Así las cosas, tenemos una pentalogía genial, incluso magnífica, un sólido conjunto de novelas, rotundo, por momentos apabullante aunque en general siempre te mantiene atento, interesado, implicado en las turbulencias vitales de los personajes. Todas las novelas están narradas en primera persona y, como he dicho en este post y en los otros de Shimazaki, aunque su prosa tienda a ser sencilla y minimalista, con retazos de contenida pero expresiva poesía, bajo dicha sutileza subyace una honda y compleja construcción de personajes (a nivel psicológico, personal e interpersonal, a nivel moral y ético, en fin), además de una cuidada y ambiciosa, casi épica (una épica intimista), red de historias y acontecimientos desarrollados a lo largo de décadas, que sustenta y empodera las palabras de la autora. Puede que algunas novelas parezcan narraciones casuales, pero esa es la maravilla: nada es casual en esta pentalogía, cada acto, cada palabra, cada silencio, esconde un mundo y una eternidad de significados, de emociones, de sentimientos. Podemos estar ante una celebración de la vida, del individuo, o de la fortaleza colectiva amparada en un legado y orgullo milenario, también podemos estar ante una mirada fatalista en donde el destino es un peso irrevocable, tanto como lo son las tradiciones socio-culturales. Las historias de estas novelas no se cierran perfectamente, no se explican, simplemente llegan a un punto aparte: el tiempo lo cambia todo, lo destruye todo (diría Noé... Gaspar, claro), lo difumina todo, qué es el presente, qué es el futuro. Insisto, el efecto de la lectura de esta pentalogía es raro y me cuesta definirlo, pero me gusta: le quita peso a los hechos presentes a la vez que retrata dichos presentes con una intensidad arrolladora. Como sea, ya me he alargado suficiente, será mejor que lean ustedes a esta autora y saquen sus conclusiones.Lo cierto, lo más certero que podré decirles de momento, es que es una escritora genial, de sensibilidad e inteligencia incuestionables, de una mirada crítica a la vez que compasiva, y sus novelas están maravillosamente escritas, que son muuuucho más de lo que aparentan.No lo duden, si pueden, háganse con algo de Aki Shimazaki. Si es con una pentalogía entera, mejor aún.

Vaya año de gloria que tuvo el 2023 esta pentalogía: ¡nueve préstamos ese año!, a los que hay que sumar los cinco préstamos del 2024, un préstamo estampado dos veces del 2022 (que por alguna razón se encuentra entre fechas del 2024, quién entiende a estos "bibliometrecarios"), y el préstamo de este año 2025 que, por alguna razón (de nuevo), no está estampado, por lo que bien podría quedármelo ya que al parecer no hay registro de que esté en mis manos, pero obvio, eso no me dejaría muy tranquilo conmigo mismo y qué le vamos a hacer, se devuelve nomás.
