Revista Talentos
El orco bizqueó ante la pequeña criatura alada que yacía sobre el hielo. Acercando su inmundo hocico, le infundió calor con su aliento de cloaca. Despertada del mortal letargo, el hada se iluminó ante la tierna mirada del engendro. Sin dudarlo, le entregó su varita mágica; es decir, su corazón.
