Un simple viaje en metro puede convertirse en la lección más importante de la vida, incluso en una aventura tan trascendental como el paso cambiante de las nubes o la salida del sol. En este mundo subterráneo, tan necesario como gris y rutinario, se manifiesta una y otra vez la condición humana, siempre ligada a emociones y pensamientos de todo tipo.
Hay días en los que, tratando de recuperar a mi niña interior, me dedico a observar —y hasta inventar— historias sobre la gente: aquel parece músico, esa chica maestra, este señor seguro va estresado, ¡ups, qué mujer tan infeliz! En fin, vivo convencida de que el ser humano es transparente y de que emite una energía que constantemente revela sus puntos fuertes, sus debilidades y hasta qué ropa interior eligió esa mañana.
Siempre llego a la misma conclusión: la mayoría, yo incluida, tratamos a menudo de dar la imagen contraria de lo que realmente somos. Es curioso cómo, antes de bajar del vagón, algunos se miran con cierta dureza en el cristal de la puerta y se dan el último retoque al cabello, a la camisa o a la chaqueta mal puesta. Muchos no se gustan; fruncen el ceño o se delatan en la rapidez con que buscan otro rostro, otro aspecto que los salve de aquel reflejo abominable. Quizá sea por ser lunes, quizá por no saber reconocer lo mejor de sí mismos. Se inquietan pensando: «Que llegue ya la siguiente estación, ahí me bajo», y así se vuelven magos, haciendo desaparecer esa imagen por un largo rato.
Pero, tras todo eso, lo que más me impacta y me conmueve hasta las lágrimas es el denominador común de todo ser humano: el amor. Más aún, la necesidad de amor que nos habita y que, alguna vez en la vida, golpea con fuerza.
El amor universal del que hablo es el real, el que mueve y conmueve, el que necesitamos respirar e integrar para vivir y soñar. Ese amor que no entiende de razas, acentos, credos ni religiones, y que tantos mendigan porque lo buscan fuera.
No comprendemos que todos somos hermanos. Quizá no nos una la misma sangre, pero existe un vínculo más allá de lo biológico, invisible pero constante, que nos recuerda que todos necesitamos amor y que estamos sintonizados unos con otros. Si no cedo mi asiento a quien lo necesita más, esa persona probablemente tendrá un viaje incómodo. Al dar ese paso, yo también me sentiré mejor y, lo más importante, habré crecido un poco más como ser humano.
Si alguien me pregunta la hora, algo tan simple y aparentemente trivial, al contestarle le estaré dando la pauta para tomar una decisión: llegar a tiempo o caminar con calma. Dejar salir antes de entrar al vagón, además de ser una muestra de civismo y educación, evita que alguien caiga o sea empujado.
Quien tiene más dinero no está exento de necesitar amor; quizá lo necesite más que nadie, porque tendrá carencias en otros sentidos. Así, esa persona, pese a su poder adquisitivo, necesitará en más de un momento de su vida que otro hermano, con un gesto cotidiano, le resuelva algo del día.
La esencia del ser humano es la misma, porque venimos de la misma fuente de energía y a ella regresaremos algún día.
Sentada en un asiento, respiro la humanidad a mi alrededor y siento compasión por quienes me rodean. Todos tenemos luchas, batallas, enfermedades, decepciones, alegrías, dolor, placer y muerte en nuestras vidas. Cuántas cosas nos unen y qué poco nos comunicamos. Ni siquiera somos capaces de sostener la mirada de alguien que nos dedica una sonrisa. Huimos del amor constantemente, aunque lo pedimos en silencio.
Aquel que peor se comporta es quien más amor necesita; deberíamos ayudarle también. Espido Freire, escritora que admiro, escribió hace poco en un artículo que leí a bordo del metro: «Hay que amar mucho, muchísimo, sobre todo a aquel que no lo merece». Yo digo que sí: todos lo merecemos, aunque a veces duela hacerlo. De lo contrario, ese hilo invisible que nos une comenzará a quebrarse.
¡Buen viaje a todos!
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