Revista Talentos
El filósofo caminaba por una plaza turinesa cuando vio que un cochero daba fuertes latigazos a su derrengado caballo. Para evitar que el castigo continuara, se arrojó sobre el animal y abrazó su tembloroso cuello. Luego, las lágrimas brotaron de sus ojos y resbalaron hasta su negro y abundante bigote.
