Revista Literatura

El mundo de Alberto.

Publicado el 20 diciembre 2012 por Cristina Sanjosé @DecoraDecoraes
Alberto salió de casa subiéndose el cuello del jersey. Era un día que se prometía frío y no quería pagar un descuido en cama, ahora que se acercaba la Navidad.
Relato: El mundo de Alberto.
El joven caminó, como lo hacía todas las mañanas, hasta la oficina donde le esperaba un trabajo que aunque hacía todos los días, nunca acababa.
Pasó el día ordenando papeles, contestando a los correos electrónicos y con alguna escapadita rápida a su cuenta en Facebook.
Cada día, a las cinco de la tarde, Alberto apagaba su ordenador y dejaba su mesa de trabajo lista y con asuntos pendientes, hasta la próxima mañana. Y así lo hizo aquel día también.
Pero este día debía estar más cansado de lo normal, porque tuvo que estirar el brazo más de lo corriente para conseguir alcanzar su abrigo del perchero común de la oficina.
Al salir del trabajo, Alberto pasó el resto del trabajo con unos amigos en el bar en el que se solían encontrar cada tarde.
Finalmente, al llegar la noche, llegó tan agotado a casa, que apenas tuvo tiempo de tomar su acostumbrado zumo y acostarse para en pocos minutos caer en un profundo sueño.
Alberto salió de casa subiéndose el cuelo del jersey. De tanto estirarlo, el cuello del jersey debía haber cedido y ahora consiguió taparse hasta más arriba de la nariz.
El jovén caminó, como lo hacía todas las mañanas, hasta la oficinadonde les esperaba un trabajo que aunque hacía todos los días, nunca ababa. No se dio cuenta, pero Alberto tardó algunos minutos más en llegar esta mañana a su trabajo.
Pasó el día ordenando papeles, contestando a los correos electrónicos y con alguna escapadita rápida a su cuenta en Facebook. Todo parecía costarle un poco más aquel día y todo parecía estar más lejos de sus manos, de su vista, y hasta alcanzar el reposapies bajo su mesa empezó a ser un desafío.
A las cinco de la tarde, Alberto apagó su ordenador y dejó su mesa de trabajo lista y con asuntos pendientes hasta la mañana siguiente.
Jorge, compañero de Alberto en aquella oficina, le descolgó el abrigo y se lo ofreció cuando Alberto se aceró al perchero, al notarle algo más cansado que de costumbre aquel día.
Menos mal que aún tenía pendiente un buen rato con sus amigos en el bar.
Pasó un día más. Aquella noche, Alberto se quedó dormido en el sofá que curiosamente nunca le había parecido tan cómodo y nunca había podido acoplarse en él tan fácilmente.
El despertador sonó en el dormitorio. Alberto se despertó de mala gana y caminó hasta la mesilla de noche, para silenciar aquel sonido que esta mañana parecía sonar más fuerte que otros días.
Cuando llegó al dormitorio, Alberto pensó que aún estaba dormido en el sofá y en medio de un surrealista sueño que le hacía creer que la mesilla había crecido y ahora le sacaba una cabeza.
Tardó unos segundos en girar la cabeza para darse cuenta de que no solo la mesilla de noche había crecido. La cama era ahora casi inaccesible para Alberto, el armario aparecía monstruoso en la parte derecha de la habitación y le resultaba imposible comprobar si hoy también tendría que levantarse el cuello del jersey porque no accedía ver fuera de la ventana.
¡¡El jersey!! Alberto se miró para descubrir que anoche se quedó dormido sin darse tiempo a ponerse el pijama. Dio un respingo y cayó de bruces en la alfombra que cubría un lateral de la cama, al tropezar con las perneras del pantalón que sobresalían unos palmos bajo sus pies. Al levantar los brazos se dio cuenta de que los mismos palmos de jersey no le dejaban encontrarse las manos.
¿Qué había pasado? ¿Por qué todo era tan grande? ¿Acaso estaba en el otro lado del espejo?
Alberto, sin parar de temblar, acertó difícilmente para doblar varias veces los pantalones y sujetar cada pernera con un imperdible. Repitió la operación con las mangas del jersey, aunque esta vez pudo ahorrarse el imperdible, y quiso escapar de aquella gigantesca casa que no reconocía como suya.
Al salir de un empujón de la casa, tuvo que retroceder tras pasos hacia atrás hasta la puerta. Todo, absolutamente todo en la calle, también había crecido desproporcionadamente.
Los semáforos medían 6 metros de altura, los coches irrumpían monstruosos bajo la acera, los árboles que hasta entonces le habían parecido ornamentales plantados frente a su casa, ahora se elevaban amenazantes sobre él, los bancos sobre los que tantas veces había descansado se mostraban entonces como bloques de construcción inalcanzables.
La gente, paseantes sin destino fijo o marchantes con objetivo seguro, pero todos engendros gigantescos, raseaban cerca de él sin que pareciera que percibían su presencia.
Alberto se acurrucó en un rincón de la calle más asustado por ser pisado que por la mala fortuna que había provocado que todo en su derredor creciera de manera tan desproporcionada.
Allí, Alberto se quedó muy quieto. Tan quieto se quedó, que pasó el miedo para dejar paso al sueño. Alberto se durmió y el mundo creció más.
El mundo que había sido suyo creció tanto, que Alberto desapareció para él.
El jersey de Alberto apareció una mañana, vacío y sujeto una rueda de coche, como si alguien se hubiera atrevido a desafiar al frio perdiéndolo. Los papeles que había dejado el día anterior sobre su mesa en la oficina, quedaron allí para siempre, pendientes de que alguien los pusiera en orden. El abrigo de Alberto quedó olvidado y colgado, gigantesco dentro del también gigantesco armario.
Sus amigos, en su bar, preguntaron una sola vez por él, justo en el momento en que el mundo se hacía tan, pero tan grande para Alberto, que lo olvidaron.
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