El museo en el museo

Publicado el 19 julio 2016 por Eduardo Ferrón @eduardoferron

Capítulo 4: El museo en el museo

Capítulo anterior: El museo rojo

A Viviana no le gustaba la sangre. Le producía nauseas tan solo escuchar de ella, así que tomó al guía por el cuello de la camisa y se alejaron a pasos acelerados en dirección a la galería principal.

Era buena haciendo varias cosas a la vez, así que no tuvo problemas en usar su mano libre para tomar el teléfono móvil y localizar el número del capitán Basos, quien contestó con desgana y enfado.

—No es un buen momento ahora, Vivi.

—Tendrá que hacer tiempo, capitán, es importante.

—Eso espero, ¿de qué se trata?

—Estamos en el museo Reveliere…

—¿Qué demonios están haciendo ahí?

—Venga y lo entenderá.

—Está bien, voy para allá.

—Capitán —dice Viviana—, traiga sus chunches.

Colgó el teléfono.

Ya en la galería depositó al hombre en una de las bancas, quien se acomodó y comenzó a frotarse la quijada.

—Señorita, golpea usted como una mula.

—Aprendí de la mejor.

—Tendré sus dedos en mi cara toda la semana.

—Te mereces más. Si quieres, puedes darme la otra mejilla.

—No, así es suficiente —dice el hombre.

—Te dejo mi número por si cambias de opinión.

El hombre la observa, pero no dice más.

Viviana lo observa de vuelta y, tras unos segundos, se da cuenta de algo y le dice:

—Yo… te conozco…

—No sé de qué me habla.

—No te hagas, eres el tipo raro del video en Youtube un par de meses atrás.

—Por favor, señorita, déjeme en paz —dijo el hombre, luego tomó su teléfono he hizo una llamada, dándole la espalda e ignorándola a partir de ese momento.

A Viviana le causaba gracia cuando la gente adoptaba esa postura. Era como si le concedieran el triunfo con ese hecho, por que para ella todo era una constante pelea por decir la última palabra.

Aburrida y sin nada más que hacer, salvo por esperar a la policía, Viviana salió del edificio en busca de una cafetería.

Estaba apenas una calle del museo cuando una serie de eventos la dejaron petrificada: una camioneta blanca se detuvo junto a ella, se abrió la puerta lateral, un hombre corpulento salió, la tomó por la cintura, la arrojó dentro del vehículo, la puerta se cerró y la camioneta continuó su marcha; todo con una rapidez y brutalidad tal, que ni siquiera se le ocurrió gritar.

Al caer en el interior del vehículo, recibió un golpe en la cabeza que la dejó inconsciente por varias horas.

La habitación era amplia y de un blanco lustroso, como el resto del edificio. Había obras de arte en las paredes y estantes, aunque estas eran más pequeñas y menos sofisticadas. Probablemente se trataba de creaciones de artistas menos reconocidos o tal vez de una colección selecta y personal del gerente, algo así como un museo dentro del museo.

En un rincón cerca de una ventana, un jardín Zen pequeño y finamente labrado terminaba de adornar el interior. En él, una fuente hecha con bambú se equilibraba de arriba para abajo, liberando un chorro de agua en un recipiente colocado en la base y luego, al subir de nuevo, golpeaba una placa que producía un sonido dulce, profundo y cadencioso.

En la esquina contraria y cerca de la puerta principal había un escritorio formado con capas gruesas de un cristal casi tan azul como el zafiro. Era una obra maestra en sí misma, adornada con una placa metálica que decía “Gerard Rue, Administrador”.

A un lado, en el suelo, el cuerpo de Gerard estaba desparramado, como una de esas muñecas de trapo que al caer se contorsionan al azar. La sangre, aún fresca, brotaba de la sien y se escurría por el rostro y luego, ahí donde caía, se aglutinaba como un espejo carmesí para después extenderse como raíces de árbol viejo. Una de estas raíces se había extendido tanto, que había alcanzado a colarse por debajo de la puerta.

Jones se descubrió pensando que la sangre sobre el suelo, el cadáver, las paredes, los cuadros, el orden y los aromas; formaban en conjunto una obra maestra que podía apreciar o cuando menos comprender. Era algo que despertaba en él una emoción que hacía que le burbujeara el estómago. Se preguntó si era lo mismo que Viviana experimentaba cuando apreciaba una de esas pinturas famosas.

El sonido de un mensaje en su teléfono lo sacó de sus cavilaciones, pero lo ignoró, necesitaba ponerse a trabajar.

Veamos, sabía que el homicidio había ocurrido hacía poco tiempo y también sabía que era el segundo hombre en pisar la escena del crimen; por tanto, todo lo que encontrara a partir de este momento estaría fresco. Los agentes de la policía no tardarían en llegar, así que se apresuró a realizar el análisis de la habitación.

Comenzaría por enumerar los hechos conocidos:

1) La sangre había salpicado una de las paredes, así que el gerente había estado de pie cuando recibió el golpe.

2) El patrón de sangre en la pared estaba esparcido, era posible que el golpe fuera rápido y contundente, como suele ocurrir en los crímenes de pasión.

3) No había objetos a la vista manchados con sangre, incluso la pintura más cercana no había sido afectada. Era buena suerte para el museo y mala para él, pues era probable que el criminal removiera el arma homicida.

4) Los únicos objetos con sangre, además del suelo y la pared, eran un par de pañuelos desechables en el bote de basura.

5) Todo parecía estar en su lugar, no había rastros de objetos que fueran removidos.

Tendría tiempo para pensar en todo esto. Ahora necesitaba determinar la forma en la que el homicida había abandonado el edificio.

a) La puerta principal estaba cerrada bajo llave, así que quien fuera tendría acceso a un juego de llaves, o tal vez había tomado las del mismo gerente.

b) No había otra forma de acceder al interior, salvo por la puerta principal y otra puerta de vidrio cerca del jardín zen.

c) Esta puerta de vidrio estaba deslizada a un costado en su totalidad y daba salida a un pequeño balcón, suspendido sobre el jardín lateral a un par de metros del suelo.

¡Eureka! Ahora, la evidencia.

Jones sacó del abrigo su teléfono móvil, se acercó al cuerpo de la víctima y grabó en video su trayectoria hacia el balcón, todo en primera persona. Se apreciaba el cuerpo y la sangre, luego se enderezó y caminó hasta la puerta de vidrio, fingió abrirla, salió y examinó el balcón.

Regresó al interior e hizo otro video, capturando esta vez cada detalle en la habitación. Era metódico, seguía un procedimiento que, de alguna forma, en su mente, clasificaba las imágenes en un orden preestablecido. Por último, se acercó al cuerpo e hizo un tercer video aún más minucioso que el anterior.

Finalizaba esta tarea cuando el capitán Basos cruzó la puerta principal, seguido de una docena de técnicos que se aprestaron a fotografiar, etiquetar y embolsar evidencias.

El capitán se paró junto a Jones, levantó el dedo índice e intentó decir algo, pero nada vino a su boca; o tal vez no se le ocurrió algo que fuera seguro expresar, algo que no desatara una de esas conversaciones ridículas de las que Jones parecía disfrutar sin medida.

Un par de minutos después entró el detective Stark, un veterano que había estado de vacaciones desde hacía dos meses y que repudiaba más a Jones,  que trabajar los fines de semana. Miró en todas direcciones, luego se acercó al capitán.

—¿Qué hace él aquí? —dijo, señalando a Jones como quien señala una pila de excremento.

—Jones descubrió el cuerpo —dijo el capitán.

—¿Pero por qué está aquí-aquí?

—Esa es una buena pregunta —dice el capitán, luego, mirando a Jones, continua—, ¿por qué estás aquí-aquí?

—¡Ah! Qué buena pregunta, capitán —es lo único que dice Jones.

Tras unos segundos donde los tres se miran unos a otros, el capitán dice:

—¿Y la respuesta?

—Es usted muy bueno en esto, capitán —dice Jones, luego, mirando a Stark, continúa—, es bastante evidente, pero te lo explicaré de todas maneras: estoy siguiendo una pista.

—¿Cuál pista? ¿De qué habla? —pregunta Stark.

—Nada que te importe —dice Jones.

—Stark, he aprendido que a estas alturas es mejor no darle cuerda —dice el capitán—, cuando esté listo nos lo dirá.

—Gracias, capitán —dice Jones, dando media vuelta y dejando la habitación.

Estaba ya en el pasillo, cuando escuchó la voz del capitán a través de las paredes.

—¡Lleva tu trasero a mi oficina más tarde!

«Mi trasero no será lo único que le lleve», pensó Jones.

Recordó entonces el mensaje que no había leído, así que tomó el teléfono y revisó sus mensajes. Era uno de Viviana que decía con letras brillantes “Estoy en el edificio Murray, ven por mí a las 9pm”.

«Ven por mí a las 9pm» repitió Jones para sí, imitando a Viviana. Luego tomó un taxi de vuelta a su estudio.

Continuará…

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