El ogro sin filantropía

Publicado el 09 julio 2017 por Ivandelanuez

Iván de la Nuez

La imagen del poder ha sido, históricamente, tan mutante como aquello que refleja. Y si hoy tiende a la simbiosis, a esa amalgama en la que política y economía han roto sus contornos, lo cierto es que hubo otras épocas en las que el poder del dinero y el poder del gobierno se diferenciaban, relativamente, en su representación iconográfica.

Tal vez convenga recordar aquella “pirámide del sistema capitalista”, que se hizo “viral” a principios del siglo XX. Con sus roles bien definidos y la bolsa de dinero ocupando el trono, allá en la punta. Desde ahí, la plantilla del expolio al completo: “Nosotros ponemos las reglas”, “Nosotros los atontamos”, “Nosotros los golpeamos”, “Nosotros comemos por ustedes”. Y todos descansando sobre los hombros de los que trabajaban para sostenerlos.

En una línea semejante, tenemos a ese burgués opulento –al que “nada humano le es ajeno”, porque es propietario de casi todo-, tantas veces dibujado por Chumy Chúmez. Y tan desdibujado hoy por la marea de un poder ubicuo al que no siempre conseguimos situar, pero que siempre acaba por situarnos a nosotros.

La tentación de personificar el poder en el Estado y en su condición monstruosa, ha vivido momentos de esplendor. Así el Leviatán devastador de Hobes. O ese Ogro filantrópico de Octavio Paz que, como diría Rubén Blades, “te da y te quita y te quita y te da”.

Hoy, en cambio, el Estado es visto como un elemento más del poder, ni siquiera el más importante, aunque los emoticones insistan, exclusivamente, en representar a la autoridad con la policía.

La que sí se ha actualizado, un siglo después, es aquella pirámide de 1911 con la famosa teoría del 1%, de Thomas Piketty. Desde ahí, se desvela el crecimiento exponencial de la desigualdad en la distribución de la riqueza y, al mismo tiempo, se apunta al pacto concertado entre la política y las finanzas. He aquí el gran cóctel de este capitalismo millennial, consistente en un neoliberalismo de Estado que lo mismo atraviesa el modelo chino que las democracias occidentales, con el autoritarismo salvaguardando el crecimiento del mercado. O el mercado velando por el crecimiento del autoritarismo.

Gracias a esta mezcolanza, se han ido diluyendo las representaciones doctrinarias: la hoz y el martillo, la espada y la cruz o la esvástica han dado paso a los objetos por encima de los símbolos ideológicos. Y la reproducción hagiográfica del poder ha quedado desfasada ante el selfi infinito del dinero: el coche y la casa, los yates diurnos y las fiestas nocturnas; la obscenidad absoluta de los gastos.

El territorio propicio para esta simbiosis es, sin duda, la corrupción, que ha sido atendida por el cine, el teatro, la novela o las artes visuales. Presente en todos los estamentos, esa corrupción ha dejado de ser un fenómeno excepcional para convertirse en un modus operandi que cruza la sociedad y nos enreda a todos, aunque nos guste pensar, como Sartre del infierno, que estamos a salvo o que la corrupción son “los otros”.

Llegados a ese punto, el dramaturgo checo Petr Sourek se inventó un “Corrupt Tour”. Con visitas a los barrios de Praga donde viven los estafadores y mostrando sus malhabidas viviendas como “nuevos monumentos” de la nueva economía. Una forma extrema de patrimonio de la humanidad.

La corrupción ha desatado, por otra parte, una estética que oscila entre el narco y el nuevo rico, con esa repartición de “tequieros” tan propios de la camaradería dopada del atraco, sus vicios privados y sus dineros públicos.

Cuando la revista Forbes decidió incorporar al Chapo Guzmán, y a las ganancias del narcotráfico, en su lista, quedó sellada esta normalización en la que ya no parece haber vuelta atrás. Precisamente, a partir de ahí, la corrupción se convierte en norma, y no excepción, de nuestro tiempo.

Figuras como el hombre hecho a sí mismo desaparecen, entonces, del imaginario colectivo a la misma velocidad con la que queda cancelada la posibilidad de que el tesoro privado nos sirva para contar la historia del individuo en el capitalismo. Ahora el botín se consigue en el erario público. Y el viejo capitalismo en el que el emprendedor conseguía su riqueza a pesar del Estado, ha dado lugar a la figura del corrupto que sostiene su riqueza gracias al Estado.

Poco importa que sean los mismos que predican contra los males del gobierno y que, en consecuencia, se dediquen a achicarlo por la vía rápida del desfalco.

Un Estado al que, eso sí, se le deja la monstruosidad del Leviatán pero se le arrebata su capacidad para repartir algo de riqueza o paliar algo de miseria. Un ogro al que se le mantiene su fase represiva y, al mismo tiempo, se le va despojando de su filantropía.

(*) En la imagen: secuencia de la pieza de Karmelo Bermejo ‘10.000 euros de dinero público enterrados en el punto de coordenadas 42º 50′ 57.2172” Norte y 2º 40′ 5.3688” Oeste’.

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