
El patio era cuadrado, casi del tamaño de cuatro habitaciones. Se diferenciaba de una habitación cualquiera por no tener techo. Las tardes de domingo, el sol entraba por una ventana subdividida en cuadros de cristal situada en la cocina, exactamente por encima de la mesada.
Ese día ella no estaba en la mesada, ni en la cocina, ni en la hornalla, ni en el fueguito del termotanque.
La cocina estaba en un momento íntimo de silencio, con una limpieza casi inmaculada, que había borrado incursiones culinarias del día previo. Tal sólo había quedado la huella de un par de migas de un pan tempranamente desgranado para tirar de pasada en la plaza y dar de comer a los gorriones.
Ella estaba sentada en la plaza, mirando de refilón al sol colarse por la copa generosa de un pino, mientras de fondo, la música estridente de la calesita se iba evaporando como si fuera el chillido de una locomotora que se disuelve a medida que avanza.
El abrió la puerta del patio. El silencio de la casa se quejó ante el ruido de la puerta. Se sentó en una silla de madera que él mismo había pintado en temporadas anteriores. Desde ésta empezó a fijar intermitentemente su vista en esa especie de naturaleza artificial. Un limonero, macetas de colores con tomillo y albahaca en el marco de una ventana, una salamandra oxidada, el rastrillo sosteniendo una pared, flores rastreras en los canteros circundantes, una radio Tonomac sin tapa que testaruda aún repetía frecuencias AM, un ciruelo, un espantapájaros vestido con una camisa que ya no le entraba. Y en otro sector, una quinta improvisada con tomates rojos y pequeños, algo de lechuga, algo de radicheta.
Miró hacia arriba buscando el cielo, y le pareció cada vez más cerca.
Él sabía que la esperanza no es nada más que un engaña pichanga.
Ella sintió un dolor en el pecho mientras aún estaba sentada en el banco rojo de la plaza.
Cambió de posición y el dolor se agudizó perforando su esternón. Tuvo que pedir ayuda para levantarse.
En el patio del tamaño de cuatro habitaciones, con un limonero y una radio tonomac, él decidió dar por zanjada la cuestión de vivir o morir, de esperar o no esperar. Eligió no esperar.
Patricia Lohin
Foto: © Ximo Mingarro Sales
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